¡Ay, Paco!

EL ESTILITA Y EL DESIERTO

IBAN SILVÁN

Comienzo esta andadura el día de Los Santos Inocentes -aunque se publicará días más tarde- en lo que ha venido lentamente a convertirse en un desierto de ceros y unos mal utilizado. ¡Ay, el uso! El uso nunca es bueno, pero sobre todo al principio. Y nunca hemos leído peor que desde que se ha inventado este microondas de la lectura que nos deja la comida rápida sobre la mesa, ¡ay!, y que ha hecho desaparecer -por el momento- a los columnistas. De ahí Elcolumnista.

Internet no es serio, es un periódico para leer desnudo, como todo en Internet, que está desnudo y es para desnudarse, y, en mis momentos de extraña sinceridad, y cuando me visto, echo de menos el papel más burdo de nuestra antigua prensa. Es mejor que “reflejarme en un espejo iluso” -donde además todo el mundo está desnudo-, como decía Panero Padre.

Sí, eran mejores las columnas de Cela, de Umbral, las cándidas de Cándido, los suicidios (Umbral dixit) de Albiac, la pura lógica ideal de García-Trevijano, jugando con gobiernos como con juguetes feos y chinos, peligrosos, hechos por mandarines. Nada que ver con, áspera y suave, la nostalgia moral de Cela. Con las invenciones versallescas de Paco Umbral. Con la frase corta como un disparo de Albiac o los silogismos del baúl lógico de Porcia de García-Trevijano (al que yo siempre he visto como un idealista raro, como un rubio de ojos verdes, que dicen en Colombia, y que, como suele pasar, no nos entiende del todo, sólo entiende la maldad de los poderosos, no la del resto, porque es de Políticas).

¡Ay, Paco! ¡Ay, Paco! Hay un momento en el que Luis XIV sólo genera anécdotas, todas maravillosas. Casi se le perdona sólo por las anécdotas. La guillotina está cerca. Y eso no lo valora nadie. Pero Umbral entra a escribir en el mismo momento en el que los políticos sólo generan anécdotas. Y cada anécdota es un clavo en su ataúd o un par de tiros en su barriga de diputado genial y ladrón que Umbral redacta y nos cuenta. Y tuvieron que pasar cien años de Revolución Francesa y Ortega escribir “Mirabeau o el político” para darnos cuenta de que eran importantes las copas hechas con el molde de las tetas de la Pompadour o que el Rey Sol tuviera buen gusto y le gustaran los guisantes. Que el rey Sol trabajaba durmiendo y no era tan fácil de sustituir, como no son, diga el 15 M lo que quiera, tan fáciles de sustituir los políticos.

Otras veces Umbral nos contaba historias en la columna, como en una copla. Ése es Umbral, cogiendo la tinta de los ojos azules de su gata.

Ése es el Umbral nuestro; pocos escritores ha habido tan hegelianos. Umbral es todo él el “/”, la barra, el binomio, la dialéctica hegeliana en donde el primer término antes del “/” se convierte en el segundo, y viceversa.

La lechuza de Minerva umbraliana no emprende el vuelo hasta el anochecer. La verdad se va haciendo y hasta el rabo todo es toro. Umbral sólo cesa cuando hemos entendido los dos términos de su binomio, que no por casualidad es de lo que se hablaba por todas partes en los setenta, de binomios, cuando le estaban viendo el envés a los sesenta. Umbral -“como te digo una cosa te digo la otra”- es bastante más hegeliano y postmoderno- de lo que estamos dispuestos a reconocerle. Pero es que también nosotros somos más postmodernos de los que estamos dispuestos a reconocer.

Umbral murió umbralianamente. La estiró el 28 de agosto de 2007, en su querido ferragosto, -me cogió además en Valladolid- el mismo día que moría un futbolista casi anónimo, del Sevilla, Antonio Puerta. Y es no haberle entendido en absoluto pretender que eran incomparables, él y el futbolero. Lo eran. Todos somos comparables según Paco Umbral. Antonio Puerta, simplemente, era su antítesis. Y a Paco lo que se le daba bien eran las antítesis, no las tesis, que además son siempre mentira.

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