El Columnista.net

"El columnismo es la universidad oficiosa del español."

Mes: enero, 2013

Viva la juventud, que afortunadamente pasa

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

Como tantos otros, fui educado para ser una herramienta productiva del sistema capitalista. Producir, apenas sin descanso, en cadena, con pasión y con la mayor productividad posible. Freud dijo bien claro que el deseo de los niños es siempre el deseo de Otro, cosa que quedaba perfectamente ceñida en la famosa anécdota de las fresas de Anna. La pequeña Anna se atiborraba de fresas, comía y comía fresas hasta la náusea sólo para conseguir el gesto de satisfacción paterno. Qué lista es mi niña que se come todas las fresas. Yo, como tantos otros, fui educado para ser una herramienta productiva del sistema capitalista en la que lo importante era la producción y no la belleza de la producción. Sobre todo porque en España, en Madrid, en la primera década de los ochenta, la belleza era el cielo grisáceo e inhabitado de San Blas bajo el que se picaban los últimos náufragos de la movida. Movida promovida por el Ayuntamiento, que cantaban los otros.

Soy, por lo demás, un tipo poco nostálgico. El pasado me interesa razonablemente poco, quizá como inventario de errores y guardarropía de cuerpos mal follados, pero con el tiempo y con los años todo ese territorio peterpanesco como de letra de Ismael Serrano me va importando menos. Quizá por eso no comparto con los buenos lectores la pasión por Proust –yo siempre me he considerado un mal lector, un lector pésimo, y eso me ha ahorrado grandes disgustos-, porque por las mañanas, cuando el pequeño Picanto negro y abollado que conduzco me lleva dócilmente a mi taller de productividad económica, pienso casi siempre en otras cosas que no son el pasado, pienso por ejemplo en que dentro de dos meses vendrán las alegaciones de cierto informe, o pienso en las películas que se estrenan este fin de semana y no tendré tiempo para ver, o pienso incluso en qué artículos tengo pendientes de presentar. Todo (los informes, las películas, los artículos) son simplemente acontecimientos productivos, acontecimientos para generar valor y un impacto económico positivo sobre mi empresa, esa desvelada y rigurosa madre que me nutre de pocos billetes que apenas gasto, esa rigurosa madre que, en la lógica freudiana, sabe que mi deseo de Otro es un deseo de máquina registradora y de ofrenda hacia ella, purísima, sabia, desnuda a contraluz del Excel, Dios la bendiga.

Pero la juventud, el territorio soñado de los viajes Beat y las nínfulas ridículas, pasó afortunadamente, y su nómina fue frustrante, y sus lecciones escasas, y su poesía fue pose, y su política fue una enredadera enmascarada que apenas. Apenas, ¿qué? Apenas, en general. Penas de juventud pasada y encerrada en un sarcófago, juventud que no vendrá a juzgar ni a vivos ni a muertos y a la que, qué quieren que les diga, le deseo un largo, discreto y sutil funeral. Pero… ¿cantarla? ¿Cantar a la juventud? ¿Qué habría que cantar cuando lo verdaderamente importante, lo que realmente ha resultado ser crítico, capital y definitivo, ha sido el delicado placer de la producción?

Miércoles, día de fútbol

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Hoy, a pesar de ser miércoles, es día de fútbol. El fútbol se expande hoy por todos los días de la semana y ya hay que parar a hablar de ello. El fútbol ha pasado del domingo de misa -para los obreros urbanos que han perdido contacto con la Iglesia, y con los ritmos del campo- a jugarse hasta en lunes o en martes laboral, comiéndole terreno al trabajo, constantemente, más que los sindicatos.

El fútbol para las estudiantes de arte que yo frecuenté hace más de diez años era ante todo las proporciones humanas de Leonardo da Vinci, cuando el futbolista mete el gol y se estira perfecto. Pero no tiene por qué ser sólo eso. El fútbol es el campo quemado del José Zorrilla de la Valladolid de Umbral, donde no crecía ni la hierba, o el jugador abulense que pierde las fuerzas cuando juega lejos de la sombra de las murallas de Ávila para Cela en “Once cuentos de fútbol”. ¿Un guiño al Athletic o uno de Cela a sí mismo y a su España, encerrado como estaba en ella?

Lo interesante de los juegos es lo que hacen desaparecer. Lo que hacen desaparecer es lo que los juegos son en realidad, sus reglas. Y así el fútbol hace desaparecer todo lo que está fuera del terreno de juego. Hace desaparecer todo lo que está fuera de las reglas tanto como incluye wittgensteinianamente todo lo pragmático que nos hace entender las reglas. “Un juego no son sus reglas, dijo el judío austríaco, un juego es saber jugarlo.” ¿Hay algo más pragmático que eso?, me decía hace poco un filósofo colombiano.

Yo pienso que si Dalí pintara el fútbol haría desaparecer todo lo que se sale de las reglas y del terreno de juego. Y así, cuando un futbolista se acerca a la línea, desaparecería media nalga, a lo Francis Bacon. Quizá porque el subconsciente bondadoso de Dalí quiere, exige cumplir con todas las reglas habidas y por haber. Y niega la trampa y es ciego a la excepción; porque está traumado.

Mi momento preferido del fútbol es el más militar y marcial: la barrera. El más absurdo. Morir por los demás o morir por evitar un gol. Y el más despreciable es cuando se ponen la camiseta en la cabeza después de un gol, para cegarse con el triunfo y con la camiseta a modo de calzoncillo breve en la cabeza. Me desagrada hasta cuando mi equipo se adelanta en el marcador y lo hace, que no es lo mismo marcar que adelantarse en el marcador. Lo peor es siempre el éxito, su festejo.

Otros temas interesantes son el corte de pelo -política tardía, justicia atrasada- de los jugadores (del pelo corto formal de los sesenta a las melenas de los setenta y a las perillas aristocráticas y desagradables de los noventa), las enfermedades de corazón que a veces esconden los jugadores y que les fulminan como el rayo o la repentina timidez de todo entrenador a la vista del micrófono. O la fruición con la que los jugadores de antes se subían las medias, como quien se cortaba la coleta pero antes de tiempo y todo lo contrario.

Yo no soy un espectador neutral ni usual, ni del fútbol ni de nada. El fútbol lleva ahí ya más de cien años y no lo han sostenido nunca los espectadores egoístas ni hedonistas: Lo mejor del fútbol es cuando llueve y que si se mojan los espectadores también se moja el público.

Matemática del cuerpo

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

                Todo era la sensación matemática del cuerpo –el cuerpo es algo apasionantemente destructivo, químico, sobre todo el tuyo, sobre todo la primavera pasada, sobre todo ahora que al caer la noche tengo extrañas fantasías de un erotismo barroco y salvífico con otras mujeres a las que les convalido créditos como el tipo acabado mete dólares en el escote de su stripper favorita-, la sensación misma del au revoir definitivo y llegar a casa con el corazón en guardia y la mala leche de saberte extrañamente feliz, o moderadamente feliz, porque yo hubiera querido –como todos- que no hubieras podido escapar de la precisa y preciosa telaraña de mentiras que ordené con extremo cuidado en la trastienda de la palabra, telaraña matemática que nunca entendiste porque pensabas que la vida era vida y no literatura, y en la literatura hubiéramos podido prenderle fuego a las tardes por debajo de las costuras de la intimidad, pero en la vida tú me querías de presentación oficial y tarde de domingo, novio extranjero de sí mismo y hombre para pasear por saraos, acontecimientos, y finalmente, la prueba de fuego de la mesa familiar, y así recuerdo por ejemplo que en la primera cita me disparaste a bocajarro Yo no podría presentarte a mis padres y la frase se quedó flotando entre los dos en un rincón de la tetería oscura en la que sonaba de fondo una canción de Sylvie Vartan, y entonces sentí miedo de que todas las mujeres al final quisieran presentarme a sus padres, todas las mujeres que me querían pasear por saraos, acontecimientos, y finalmente, la prueba de fuego de la mesa familiar, y puedes llamarlo Síndrome de Peter Pan o puedes llamarlo instinto de supervivencia, o puedes llamarlo, como hizo Sarah Kane antes de colgarse de desesperación pura, proteger mi espacio psicológico, puedes llamarlo sigues siendo un puto crío o puedes llamarlo nadie me ha defraudado tanto en la vida, pero justo hoy he salido a fumar un cigarrillo al callejón de detrás de detrás del basurero y he pensado que todo era la sensación matemática del cuerpo, y he pensado en el número exacto de segundos que estuvimos abrazados y luego he pensado en esa escena de Edipo Re de Pasolini en la que una hermosísima mujer se muestra desnuda en el final de un laberinto, esto es, en la sensación matemática del cuerpo –Sófocles sabía que el cuerpo era una matemática mítica, esto es, el número preciso, exacto, medible de segundos que estuvimos abrazados antes de que yo escapara a toda velocidad para arrancarme los ojos, arrancarme los ojos, arrancarme los ojos-, y luego he terminado el cigarrillo y he mirado las pequeñas letras impresas en la boquilla Marlboro Gold, y he pensado que tenía que entregar un proyecto importante antes del jueves, y

deespués

no he pensado gran cosa en ti.

Venecia en carnaval

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

De todas las fiestas ninguna tan estúpida, decadente y aburrida como el carnaval de Venecia. Y es que lo mejor que se ha hecho en Venecia lo hizo Madonna cuando allá por los ochenta andaba ante todo separándose de su nombre y salió con las medias rotas, una pata a estribor de la góndola y otra a babor, siendo perseguida por los canales de Venecia por un veneciano con careta de león y que luego se la quitaba y resultaba ser poca cosa. Tras tamaña denuncia del amor y del romanticismo veneciano la ocupación -que es a lo que iban los italianos- de Venecia descendió un cuarenta por ciento. Y el alcalde de tanto monumento, claro, quejose. Desde entonces no le he visto una tan buena a Madonna, que últimamente está convertida en Baby Jane.

Las caretas están para ser arrancadas. No hay careta bella. Es imposible. O es una impostura o es timidez, con la que no se va a ningún lado. Y las caretas venecianas son cursis porque la verdadera careta de Venecia es la de las esquinas sucias de peste y el agua mercurial que te impone un espejo que aparece vigente en cuanto el desesperado paseante mira al suelo, presente hasta el delirio. No se puede pasear lleno de remordimientos ante tanto espejo. El símbolo de Venecia es un león alado, tan difícil es escapar al reflejo constante de sus aguas infernales. Venecia es molesta como un pantalán.

Venecia es de Visconti -que la retrató llena de peste y como escenario de una guerra entre Verdi y Mahler-, es de Joseph Brodsky, que soltó de ella que era como ver a Greta Garbo nadando y, más como turistas que como habitantes venecianos, es de Ezra Pound cuando ya estaba mudo y se lo llevaban a la isla de los muertos y de Woody Allen, que retrató sus pocos, decrecientes e inciertos escalones hasta el agua o hasta la muerte, da lo mismo.

Para mí Venecia es bella en la postal, casi imposible, del agua entrando en San Marcos, pero también es falsa y está muerta como todo el mediterráneo. A los latinos se les ve que las fiestas venían puestas por el Papa y salen a ponerse caretas, a enharinarse la cara o a lo que haga falta, que dice la autoridad que ahora toca divertirse. Por eso ponen sonrisas de negro tonto divirtiéndose, porque toca divertirse por decreto eclesial.

Yo, en las fiestas, ni me pongo caretas ni tampoco pongo sonrisa católica y papal mientras me divierto. Me quedo con el theoros griego, que sólo miraba la fiesta, sin participar, porque la fiesta ante todo se siente al verla, sólo mirando ya basta, eres parte, tan fuerte es lo que pasa, tan grande es la tragedia del amor y los sexos en fiesta, la tragedia de lo que está en juego. La fiesta se parece mucho al luto, tiene el luto dentro, como posibilidad. Está en juego la misma comunidad toda, si se lleva bien consigo misma o no. Así que yo hago de theoros y miro, veo. Y veo que en la fiesta los malos se centran en el sexo y los buenos en la comunidad, en hacer comunidad. Y de theoros venía teoría, tan importante era. Pero yo al carnaval de Venecia ni me acerco. En carnaval no me busquen por allá.

Cómo se escribe una columna

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Francisco Umbral decía que lo primero para escribir una columna es enseñar la jeta más o menos al lado de por donde anda el título. Aquí en el WordPress Aarón y yo aún no hemos solucionado cuestión tan principal y embarazosa a la vez. Lo segundo que decía Umbral es que la columna, como la longaniza, debía estar atada al principio y al final. Veamos hoy cómo se hace una columna, según Umbral y según nuestro modesto entender.

Yo creo -y por empezar a disertar como los malos profesores- que las características o elementos esenciales de la buena columna son, lo digo de memoria, como los días de la semana, siete. La columna es una mano de siete cartas: actualidad, anécdotas personales, improvisación, sexo, ser mañanera, aparecer en televisión y, por último -lo menos importante y en lo que nadie se fija- el buen estilo.

La columna debe ser de actualidad. La columna es buena cuando se integra en la actualidad o en el resto del periódico o blogosfera o lo que sea. Si se hace bien, si se practica este arte efímero como pocos, no se han de perder ideas ni para cuentos ni para novelas ni mucho menos para posibles ensayos eruditos. La columna es lo mismo y lo contrario de todo esto a la vez. La columna debe ser improvisación, jazz de estricta actualidad.

Así, la buena columna no debe estorbar otros menesteres. De la misma forma que nadie ha perdido una buena idea en televisión, tampoco nunca nadie ha perdido una gran idea por una columna. La columna, por naturaleza, no debe desentonar en un entorno intelectualmente modesto y hasta poco higiénico, algo así como la textura de una página del Interviú, con la carne desnuda y con grumos de imprenta por el otro lado. La columna no es el lugar para perder la “vuelta del revés” de Hegel por parte de Marx. Si es lugar de Marx, es más bien lugar para hablar de “La saga de los Marx”, que decía Juan Goytisolo.

La columna se hibridiza o se vuelve transgénica, lo quisiera Umbral o no, de la crónica social, que es su hermana pequeña y que ha salido puta. Se debe conocer gente famosa, se deben contar intimidades e infidelidades falsas o inventadas o de cita inexacta y, si se saben, también sexuales. Y deben ser sexuales porque la columna vive de la turgente sexualidad mañanera. La mañana es esencial.

La mañana te coge con hambre no sólo de sexo, también de ideas, y Umbral te hacía desayunar literatura. Y la mejor comida del día es sin duda el desayuno precisamente porque te coge con la espiritualidad crecida de la mañana que consiste en que hace horas que no has comido y si tomas algo es un cuenco de leche pura. Así como Babieca le dice a Rocinante eso de “¿metafísico andas?” y el otro contesta “es que no he comido”, la columna ha de ser mañanera y metafísica, de fecha y hora a respetar tan estrictamente como el Beaujolais nouveau, y más. La lectura a deshora debería estar penada. Estropea la columna. Y el caos de horario de Internet no es más que mala educación desordenada.

La columna debe estar crujiente como el papel, es pan de papel crujiente, planchado por el mayordomo del quiosco, porque la tienes que coger a primera hora del día para ver sus primeras tres o cuatro horas de forma literaria, a ver lo que dura, que viendo quién te jode la columna entiendes luego muchas cosas sobre quién te jode el día. Y la mejor comida del día es el desayuno, precisamente porque es palabra sincera y dice lo que realmente es: des-ayuno y tiene tanto de nutrición como de la espiritualidad del ayuno que decíamos más arriba.

Y la columna, si la cultivas bien, llega un momento en que la máquina de escribir se te convierte en una máquina de acuñar moneda, como la Olivetti de Umbral, a la que ahora le estará quitando el polvo diligentemente su viuda (cosas de mujeres). Y entonces es momento de ir a la televisión, si te invitan, a hacer la columna indigesta de la noche y de vivificar la hora muertísima de después de la cena, que se agradece mucho.

El estilo español de columna es destructivo, moro. Los ingleses son mucho más constructivos. Pero el estilo común a todos, el Estilo, en el fondo es muy sencillo: Se trata de ponerle nombres a las cosas, como hacen los niños. Hay que ponerle nombres a los cachivaches, a las calles, a los lugares, a las organizaciones de sigla difícil simplificarles el nombre y hasta ponerle nombre a los estados del alma. Así la situación terminal de la España de hoy la puedes llamar, por poner un ejemplo, “Finlandia”. Sin vergüenzas, todo está bien, todo vale para la columna. No hay mañana en la que no se aprenda una palabra o un concepto nuevo.

¿Y cuál es el problema fundamental del columnista? Y, por atar la longaniza, ¿qué nombre le pondríamos? En verdad, el único problema real del columnista es el de pegar la foto a la columna. Nada más. Y yo le llamaría, ya que Aarón está con el tema de Bowie y yo con el del buen estilo de la columna y el ponerle nombres a las cosas y a los estados del alma, “el problema de David Bowie” porque David Bowie es famoso y columnable y es el que mejor ha representado eso de dar la cara a que te la rompan y de paso triunfar con ello.

Aarón sabe mucho de Bowie, mucho más que yo, pero para mí Bowie es sobre todo y ante todo un “rubito poca cosa” (como yo por otra parte), un alfeñique inglés en la época de la descolonización y Mohammed Alí y la llegada de los negros descolonizadísimos a cobrarse el imperialismo a la Gran Bretaña. Es un Lord pálido y gay que ya no asusta a nadie. Pero Bowie lo reconoce. Y pega la foto bien alto al lado de su columna tramposa y musical de melodías recicladas y sonidos rompedores. Pues eso. A lanzarse. A poner la foto. Bowie. La columna.

Bowie (IV): The man who sold the world

Bowie, transmutado ya en híbrido de señora, lagarto  e ídolo de masas, desplegado sobre el sillón de una sexualidad entre la inmediatez, el kitsch y los hondos suspiros de la Dietrich, pero pasado todo por la turmix del rock and roll, la turmix de ese invento teenager descomunal llamado Inconformismo (Marca Registrada). “The man who sold the world”, es quizá el primer gran disco del andrógino ser que David Robert Jones cincelaba en sus horas de angustia, semen y teatro japonés, un trabajo exhaustivo, poderoso, con profundas zones de oscuridad y guitarreo, a veces cuento de hadas y a veces montaña rusa. Sólo hay que escuchar ese primer gemido, el zumbido eléctrico de la guitarra de Mick Ronson como buscando a tientas el punteo inicial de “The Width of a Circle”, una serpiente sonora que de pronto tiembla, titubea, se decide y finalmente avanza serenamente acompañado por el resto de la banda, un punteo que de pronto es un ejército y se abre a un tema extrañamente épico, contundente. “The man who sold the world” es un disco dominado por su propia dirección, como si Bowie suspirara aliviado tras despojarse de la coraza acústica y del Comandante Tom y se imaginara vistiendo de música los delirios excesivos y apocalípticos de su propia generación – todas las generaciones, ya se sabe, tienen la extraña intuición de ser la última, la generación del final de los tiempos.

Décadas después, ustedes ya lo saben, otro poeta apocalíptico, otro ángel generacional de iluminaciones pop –Kurt Cobain-, reescribió el tema principal del disco en el filo mismo de su catástrofe. Cobain necesitaba una epifania, un deslumbramiento de coherencia que sólo podia ceñirse en su propia muerte, una reescritura a la inversa. Ciertamente, más de un crítico ha señalado que la canción parecía expresamente escrita para Cobain, imaginada para su voz de títere profético a punto del desplome. La diferencia es que mientras Bowie escribió el tema imaginándose una estrella, soñándose tótem del rock, Cobain la interpretó cuando ya sabia que no quedaba nada de la conexión salvífica de su música. El hijo de puta del instituto zurraba al más débil tarareando “Smell like teen spirit” y con una camiseta de Nirvana bien ceñida sobre su pecho de gimnasio y ciclo.

Paradojas históricas – “The man who sold the world” está lleno de ellas- como en “The supermen”, el tema que cierra el disco y que Bowie ha seguido interpretando, año tras año, en sus actuaciones acústicas. La leyenda dice que fue el propio Robert Plant el que le regaló a aquel chaval desconocido el riff sobre el que se sostiene el grueso de la canción. Bowie amamantó con su delirio el don, nutriéndolo de teoria nietzscheana y de profecia distópica. Nietzsche y Bowie –algún día deberíamos escribir un libro sobre ello- mantienen una extraña relación íntima, como si Zaratustra y Ziggy Stardust fueran, después de todo, el mismo personaje en dos parpadeos distintos.

“The man who sold the world” tiene una extraña energia, una considerable ambición que no volvería a aparecer, quizá, hasta la trilogia berlinesa. Sin embargo, la fuerza desconcertante de su sonido – “She Shook me cold”, como ejemplo clave- es también la soga que asfixia la intuición del Bowie que nacería en sus siguientes surcos. Próximamente, Hunky Dory.

Los médicos

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

No quiero parecer un liberalón de ésos que sólo se levantan de su sillón ilustrado para comprar oro, “que es valor refugio”, y volver a sentarse o para disertar acerca de gastronomía -la famosa gastronomía liberal, llena de manjares- en un mundo para el que el maíz, el maravilloso maíz de los incas que es la prueba más grande que tenemos de la fortaleza de la fertilidad en el mundo, es un combustible. (El maíz de los incas debería estar en todos los símbolos políticos del mundo, en vez del insulso trigo y el invisible y oculto arroz en su cuenco vietnamita y violento.)

Decía que no quiero parecer uno de esos liberalotes. Pero hay que decir que los médicos le han hecho un flash mob a una sanidad pública a la que se han olvidado de hacerle la contabilidad, que era mucho más importante que el flash mob. Y todo ello en medio del barullo de la crisis, que hacía la necesidad de la contabilidad mucho más necesaria, si es que esto cabe; yo ya me entiendo, que decía Francisco Umbral.

Estos médicos que bailan por millares no parecen precisamente científicos que puedan sostener luego una opinión contra viento y marea. ¿Sabrán pensar por sí mismos después de mover el esqueleto por los cientos? Parece más bien que reparten un poco de filtro de rata por los hospitales, que decía Lorca de las negras gordas de Nueva York. (Y callémonos lo que decía de las farmacias.) Parece más bien que se cumple esa eterna sensación del paciente, que le dice que el médico le quiere vivo, vivito y coleando, pero jodido. ¿Nos querrán jodidos estos médicos? ¿Nos estarán liando las cuentas en medio del barullo de la crisis?

Es fácil hacerle la burla a una sanidad privada que pone a los médicos a sacarle dinero al reflejo de la rodilla. Eso ya se ha hecho. Pero yo creo que debe haber una regla esencial que molesta mucho a los filósofos continentales y metafísicos y que es: No meter nunca dinero en algo que no sabemos lo que cuesta. Que todo es ideología, nos dicen, que todo está correlacionado, que todo es metafísica y lisologismos. Sí, es verdad. Pero decidnos antes lo que nos cuesta, so pena que lo liemos más.

Estos filósofos y poetas a un tiempo nos dicen que la contabilidad lo que hace es paralizar lo que fluye, que no es real, que está estancada en aguas turbias. Pero eso no es toda la verdad. Una contabilidad limpia y sana y sobre todo clara -si la hay- contribuye a caracterizar lo que yerra y a caricaturizar lo ridículo, lo que da la risa. En definitiva: La contabilidad le hace el flash mob a la política nacional. La congela, la caricaturiza, la ilustra. Y ese flash mob que no tenemos hoy no sólo nos enseña una montaña de monedas a punto de caer, es decir, la crisis. Nos enseña que no debe haber tasación sin representación. Y algo tiene que leer el representante; así que no debe haber ninguna imposición sin contabilización. Porque lo que nos perdemos es la caricatura, la ilustración, la imagen congelada de tanto médico bailando. Lo que nos perdemos es el flash mob que tenían que haber hecho.

Bowie (III): Space Oddity o la inmolación del Comandante Tom

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

            El cosmos como espacio sugerente del pop, cohetes rusos en la postal nostálgica de la guerra fría, un pequeño paso para el hombre pero un gran paso para compartir este milkshake contigo, mi amor, en la intimidad de este sueño silencioso de ruido cuántico y cúpula relativa. Relativamente los amantes, relativamente el amor y relativamente el ornamento y el delirio de la piel deseada, que siempre es un alucine/alunizaje, un estallido en lo íntimo del orgasmo.

“Space Oddity” es la primera gran canción de Bowie porque funciona como un tremendo encuentro sexual que acaba en un angustioso fundido hacia el silencio. El Comandante Tom es el icono pop que de pronto se convierte y anuncia el giro Afterpop, un apóstol que admite su propia posición crítica frente al universo de consumo –and the papers want to know whose shirts you wear-, pero que también admite con la misma naturalidad la inmolación inmediata, el suicidio ante la fascinación de la nada, una epifanía total que se despliega –como el final de un polvo, queda dicho, un polvo de estrellas- en esas disonancias finales, ese lento cierre que, en el último segundo, parece aumentar levemente de volumen para desaparecer definitivamente, ya de manera irremediable.

En alguna ocasión he cantado el “Space Oddity” en la intimidad del coche, que es el escenario improvisado de los mediocres, casi hasta hacerme daño en la garganta.

En realidad, a quien quería emular no era tanto al Comandante Tom seminal, sino a su fotocopia postmoderna, el Zachary Beaulieu (Marc-André Grondin) de C.R.A.Z.Y., aquel adolescente confuso que se pintaba el rostro como Aladdin Sane y le gritaba al mundo que se fuera a la mierda, que se metiera sus cohetes, sus agencias de noticias, su carrera espacial por el culo. Así de claro. En el Comandante Tom hay un ansia de disolución que la película de Jean-Marc Vallée despreció afortunadamente para proponer, muy precisamente, una lectura a la contra. Y es que, ¿acaso no se han dado cuenta de la inmensa paradoja que anida en el interior de “Space Oddity”? Allí donde Bowie escribió una canción para desaparecer tras una figura imposible, una figura que se suicidaba, o mejor dicho, que desaparecía –volvería, como ya veremos en “Ashes to ashes” y “Hallo Spaceboy”-, desde entonces generación tras generación nos hemos apropiado de su desquiciado evangelio para autoafirmarnos, señalarnos, intentar que no nos hiciera daño la construcción capitalista y definitivamente enferma de nuestro contexto.

(¿Cuántas, de las mujeres amadas, han llorado escuchando el “Space Oddity”? Es una pregunta brutal, una pregunta que me formulé por primera vez con 17 palos, cuando tocaba la guitarra e intenté explicarle a una hermosísima flor con la cabeza hueca que la clave estaba en saber poner el Fa Mayor Séptima, ese acorde que le daba su magia brumosa a toda la primera estrofa antes de la explosión total… y en su mirada bovina y desinteresada descubrí, mierda, que el Fa Mayor Séptima sólo sonaba en el interior de mi cabeza y no en el interior de su ropa interior, descubriendo lo mal conquistador que sería siempre y lo frágil de las pasiones propias).

El Comandante Tom, zombie, esqueleto extrañamente lúbrico y elocuente, hace equilibrismos sobre la cuerda floja de la memoria. Arriba, abajo, a los lados, nunca hay nada. And there´s nothing I can do.

El Oro

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Un australiano ha encontrado una pepita de oro que vale doscientos mil euros. El Oro, así escrito, con su nombre de collar, es uno los dos collares inútiles que rodean el mundo, el grande y el pequeño, el Oro y la política, la política disimula y el Oro gobierna.

La cotización del Oro es más alta que nunca en los últimos cuarenta años. Supongo que es la meada de los dioses, la meada que cae a intervalos regulares sobre los pobres y sobre los trabajadores. El Oro es el collar inútil de la mujer más inútil todavía. El Oro es el abuso del color amarillo, que hace valer su brillo solar hasta extremos inimaginados. El Oro es solar, como el faraón.

Me dicen que el Oro no sirve para nada, que es algo inútil y nocivo. Yo lo pensaré cuando dejemos de orlar los títulos en Oro. Mientras tanto rige El Gran Inútil. En las manos y brazos de los Grandes Inútiles y, peor aún, en las manos y brazos de sus ladrones.

El Oro no es el parné que decía Francisco Umbral para reírse de la ideología marxista de su época, que la estupidez no entiende de ideologías. El capital no es el parné gitano y genial, el dinero no es el modesto parné como decía Francisco Umbral sino en parte; el capital es otra cosa y, como el Oro, está ahí para no agotarse nunca y para no trabajar jamás.

Yo creo que un buen liberal tiene que tener su límite en el Oro, en el oro el vago, en el oro el tribal. Pero, ¡ay!, pocos lo tienen. El liberal, tan trabajador, tan elegante, tan… liberal, se levanta de su sillón ilustrado e invierte en oro. “Es que es valor refugio.” Y para el liberalismo todo es mojarse a la intemperie o estar dentro bien caliente. El oro es hoy una tirita en el mal del dinero que rota, en la mejilla de un mundo enfermo.

La pepita de oro que ha encontrado ese australiano tiene la forma de una muleta blanda de Dalí. Los impuestos están siendo difamados y el mundo se sostiene en una muleta blanda y enferma de Dalí, pero es lo que hay. ¿Nos podemos consolar si este año no hay oro para los españoles? No lo creo. Que este año no tienen ni para castañas.

Las rosas

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVAN

Querido Nuno*:
Hace ya varias semanas que ando perdido y de viaje por los verdes y
suaves montes vascos -resguardándome de la lluvia en los bosques y
parando a descansar en los caseríos- y me ha parecido que te puede interesar
una historia que cuentan las gentes de esta tierra.
La historia se parece mucho a esos sueños que tengo yo cuando duermo con la
almohada de piedra que tengo. Y tú sabes -porque te lo dije yo, y espero que
te acuerdes ahora- que cuando sueño algo en mi almohada de piedra es siempre
cierto. Mi padre me regaló esa almohada y me ha dado los mejores sueños. Así que ahora te contaré lo que me han contado y que tanto se parece a lo que sueño con esa almohada tan dura que mi padre me regaló y verás cómo para soñar hay que tirar todos los almohadones lejos de la cama y tumbarse sobre una tabla, o una piedra, de las que levantan los forzudos vascos. ¡Quién quiere comodidades cuando te impiden sentir y soñar!

Te contaré la historia:
Érase una vez un niño que de pequeño se cayó a unas zarzas que había detrás
de su caserío. Su madre le sacó tirando de una cuerda y no le dio ninguna
importancia y el niño tampoco creyó que fuera algo terrible. Este niño
pronto se hizo hombre y con el tiempo su madre murió. Entonces se sentó a la
puerta de su casa a ver pasar la gente por delante porque supuso que alguien
muy importante -tan importante al menos como lo había sido su madre- habría
de pasar por delante de su caserío. El hombre no hacía nada, sólo se estaba quieto esperando
delante de su casa.
Primero pasó rápidamente un campesino, pero se paró delante de él y, lleno
de desvergüenza, le pidió la madera que recubría la fachada de su bello
caserío.
– Es para calentarme en invierno. ¿Para qué te sirve a ti? Tú no necesitas
calentarte, le dijo. Estás todo el día fuera de tu casa, a la intemperie. A
mí me servirá mejor.
– Te creo, le dijo el hombre que se había caído de niño a las zarzas.
Llévatela entonces.
Y el campesino se llevó no sólo la madera de la fachada, sino que, sin
pedirle permiso, también levantó la madera taraceada del suelo para
calentarse durante el invierno.
Pero nuestro hombre siguió esperando a alguien que no sabía bien quien era,
pero creyendo que sería tan importante al menos como su madre y viendo pasar a la gente
por delante de su casa.
Entonces pasó un albañil, quien le dijo:
– Oye, buen hombre. Quiero las piedras y los buenos sillares de las esquinas
de tu caserío. Es para construirme un palomar. ¿Me los das? ¿Qué bien te
hacen a ti si no tienes palomas?
– Ninguno en realidad, dijo el hombre. No me saben hacer ningún bien. La
madera tampoco me hacía ningún bien.  Llévatelos tú. Será mejor así.
Y el albañil vino con unos amigos y se llevó con una carretilla los sillares
de las esquinas de la casa y los muros falsos dejando poco más de cuatro
piedras sosteniendo el tejado del caserío.
Después del albañil pasó un herrero, que se fijó en las cañerías de su
caserío.
– Me quiero hacer una verja para guardar mi propiedad. Y tú no tienes
necesidad de verjas.  De hecho, no tiene siquiera muros en tu casa… ¿Para
qué vas a querer verjas?
– Estoy de acuerdo contigo. Yo no necesito esas cosas. Llévate tú las
cañerías, le contestó el hombre. Beberé agua de la lluvia.
Y se las llevó, dejando al caserío sin caños para el agua.
Pero el hombre siguió sentado donde había estado la puerta de su casa,
pensando que debía seguir esperando a alguien importante mucho, mucho más
importante de lo que era él- cuando apareció un cura.
El cura se dirigió a él.
– Buen hombre, le dijo. Yo no te pediré nada, que bastante has dado ya.
Tan sólo te pediré tu silencio, que no hables de todo lo que has dado. La
razón es simple: Podrías perturbar nuestra comunidad y deshacer todo el bien
que has hecho, entregando tu casa trozo a trozo. No es bueno que
sepan que has sido tú. Así que: ¿Me darás tu silencio?
– Eso no le cuesta nada a alguien como yo, le dijo el hombre, alegre.
Guardaré silencio acerca de todo lo que me ha pasado. Lo prometo.

Del caserío ya no quedaba más que una pequeña escalera para acceder al
tejado y el hombre -siempre esperando- decidió, esta vez, que no le convenía
desprenderse de ella bajo ningún concepto.
Pero después del cura pasó casualmente un profesor, quien le preguntó muy
educadamente:
– ¿Me daría la escalera de madera de su casa, buen hombre?
– Es para llegar a mi tejado, le avisó educadamente el hombre, al fin
precabido. Y no me gustaría perderla.
– Sí, pero yo la necesito para trepar a lo alto de mi casa y acercarme al
cielo para ver las estrellas con el telescopio. ¿Qué bien te puede hacer esa
escalera a ti?
– Es lo último que queda del caserío, le respondió el hombre. ¿Cómo quieres
que una el tejado con el suelo si no la tengo conmigo?
– ¿Y cómo quieres tú que yo suba a los altos para ver los astros sin una
escalera? Dámela. Soy profesor, un científico, y será por el bien de todos,
te lo puedo asegurar.
Y el hombre se la dio.
Pero al quitar la escalera la casa se vino abajo, sepultando al hombre, que
desapareció bajo los escombros.
Y entonces, detrás de la casa, apareció el rosal más bello que los hombres
habían visto nunca, lleno de rosas de todos los colores. Rosas rojas, como
la sangre, negras, como la noche, y blancas, como la noche más plena de
estrellas.
Nadie sabía cómo, el rosal había sustituido a la zarza y florecía como las
rosas florecen, cuando no se les echa nada, nada, absolutamente nada malo.
Esta es la historia, mi buen Nuno.

Espero que te haya gustado el cuento.
Tuyo siempre,
tu tío
Iban

* Ya sabes que siempre he tenido debilidad por los nombres portugueses.