El Columnista.net

"El columnismo es la universidad oficiosa del español."

Mes: febrero, 2013

La educación cinéfila (o apología de Spielberg)

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

Hoy nos ha amanecido una España gélida, anclada en este febrero anodino y con resonancias siberianas, la misma España de todos o casi todos los febreros con sus trombas de agua y sus conversaciones de café de máquina. Los mentideros de la cinefilia, sin embargo, están ardiendo y en pie de guerra con la inesperada noticia del nuevo Presidente del Jurado del Festival de Cannes, nada menos que Steven Spielberg.

El cortocircuito histórico es de órdago, y los más puristas, sacerdotes godardianos y guardianes del sancta-sanctorum de la herencia recibida (política y formal) de la modernidad andan rasgándose las vestiduras y poniendo el grito en el cielo, un cielo tan alto y tan oscuro como el que atravesaba el bueno de Elliot en su bicicleta. Los más puristas, sacerdotes godardianos, están en pánico porque les han marcado un gol por la escuadra, les han cerrado el chiringuito, les han robado la cartera y les han sacado a la luz la foto siempre bochornosa en la que éramos niños y sonreíamos el día de nuestro cumpleaños. Odiamos esa puta foto, porque nos devuelve la cifra de la maldad en la máxima vinculada con Nicholas Ray: No podemos volver a casa.

No, no podemos.

La educación cinéfila, yo creo, pasa –o pasaba hasta hace poco- en mi generación por varias fases. La primera es siempre la del deslumbramiento en el cine, las cintas vhs y las madrugadas de La 2 –algunos, me consta, confiesan que veían el programa de Garci, yo entre ellos-, una lógica evolución entre Disney, Spielberg, y posteriormente el cine clásico, en la que todo se integró de manera razonada y racional. En la segunda fase –la fase en la que se quedaron nuestros padres cinéfilos- es la del deslumbramiento de la modernidad y la comunión de misa diaria en el altar de Angelopoulos, el ya mentado Godard, Bresson, y la nómina interminable de Nombres Indispensables. La tercera, por la que andamos ahora, tiene ya más que ver con la muerte del cine, las hibridaciones, los experimentos, los cadáveres cinéfilos y las nuevas narrativas tal y cómo las sueñan Desplechin o Assayas. Así vamos y en eso vamos.

Spielberg en Cannes es el retorno de lo reprimido en lo real, la pesadilla que atormentaba a Lacan, el cine que amamos y al que no tuvimos más remedio que prenderle fuego cuando quisimos hacernos mayores. Es lógico que los cinéfilos más revolucionarios y comprometidos no lo toleren: en cada fotograma hay un trozo de su pasado, de su propia Historia, hablando con la claridad nostálgica de una herida que surge en el pecho. Spielberg es lo que había en el interior de aquella caja que nos regalaron el día del puto cumpleaños. Y vuelve. Vuelve con la fuerza, con el trazo, con el mimo de un artesano preciso que esgrime un bordado/fantasía cinéfila. De ahí el odio, y de ahí también, la incomprensión.

Pero pregúntenle a un cinéfilo de mi generación si acaso no disfrutó con las primeras tres películas de Indiana Jones. Antes de que conteste –un “no” categórico o un “si” apresurado-, verán en su mirada la sombra de una catástrofe con forma de parpadeo. No durará ni un segundo. Un tic. Un fantasma. Eso, y no otra cosa, es el cine de Spielberg.

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Marina Abramovic

MENTE ESPONTÁNEA
IBAN SILVÁN

Ahora llega el documental sobre Marina Abramovic titulado “The artist is present”. La Abramovic era odiada en secreto por mí debido a algo muy vulgar: La cola de su vestido en la misma “The artist is present”. Y no se puede odiar a alguien por la cola de un vestido. Es ser demasiado evidente.

Pero la cola era algo así como una aleta de sirena o una caída de cortinón, era como la necesaria amortiguación que necesita el artista para vivir, para hacer, cuando yo estaba con la idea de Thoreau de que todo lo contrario, que el artista debía tener las manos curtidas y trabajar, si no de banquero como Eliot, en la construcción como Bukowski. Bukowski venía a decir que no se podía vivir de ser el propietario de apartamentos, que había que levantarlos, para escribir.

Pero esa cola me obsesionaba. ¡Como si los pintores o los escritores pudieran moverse con semejante artilugio! Era lo que son todos los trajes ahora y lo que es la “cultura psicopática de la moda”: cortinones cayendo. Cotinones y cayendo. Todo son cortinones cayendo hoy. Y me cabreaba. Porque no era sino una forma de aliviar el culo de la Abramovic mientras estaba sentada.

Lo que no sabía es quién era Abramovic. Abramovic vivía su consagración, conservadora como todas las consagraciones. Pero había construido innumerables apartamentos.

De hecho no había hecho otra cosa. Esta “militar yugoeslava” -siempre dijo lo que era- había hecho una performance en Nápoles -la cosa es adrede, ella no se presenta en Estocolmo con algo así, lo hace en Nápoles- “dejándose hacer”. No se defendía. Hubo que parar la obra cuando, después de pintarrajearla y pegarla, cogieron un revólver cargado para finiquitarla. Ya había dejado a todo el mundo católico y su moral violenta en evidencia. La serbia en cinco minutos se había cargado la mitad de Europa, la culta Italia. Éstas son cosas que en los países católicos ni se discuten; se saben.

Marina recorrió, en otra actuación suya, toda la muralla china sólo para romper con su novio. Como la vida misma. Todo el esfuerzo para nada. Otra vez será. Se encontraron, se dieron la mano, se abrazaron y se separaron. En otra se chocaba con su novio alemán, Ulay (siempre hay un novio alemán para estas cosas), cayendo una y otra vez al suelo, y levantándose. La cosa no podía ser mas dura. Y alejada del feminismo histérico. Marina Abramovic no nos enseñaba el género, lo que era la mujer, o el hombre, sino lo que era el amor, la lucha, la espera, el encuentro o desencuentro.

Marina Abramovic, al fin, no tenía nada que ver con la cola de su vestido. Más bien lo había hecho todo poniéndose siempre en pelotas. Más bien había dicho eso tan brillante de que “los curas no necesitan una cruz”. ¿Y por qué ahora, el vestido? Se ve que con la edad a todos se nos acaba irritando el culo.

Lady Schubert

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

Yo andaba hoy pensado en Lady Schubert. No sé si será este invierno puñetero lleno de extrañas satisfacciones, o que el eterno soltero del grupo ha encontrado una pareja estable y dice que es feliz –nada rompe más el karma de nuestras pequeñas e imbéciles vidas que el descubrimiento extraño del amor, o del desamor, el amigo que se enamora o el que se divorcia, manda cojones, apóstoles del caos que no pueden estarse quieto y nos recuerdan que el destino, maldita sea, sigue repartiendo cartas-, pero yo decía, que andaba pensando en Lady Schubert porque Hemingway escribió por algún lado que ser escritor es vivir en un estado de enamoramiento permanente y yo, qué quieres que te diga, me tomo el tema muy en serio.

                La culpa, podríamos decir, es de la literatura, o del columnismo, o el hecho de intuir en lo oscuro –cuidado, llega el bombardeo mayor sobre Desdre con sus arañazos de azufre- que la buena España no hubiera podido llenar ella sola con su amor limitado de mujer los incontables libros de Umbral. El deseo del escritor es un deseo de literatura y conversación entre signos de exclamación y adoración privada del bendito talento que Dios nos ha dado, criaturas elegidas para quitar sujetadores y juntar palabras. Si no es para eso, ustedes me dirán a cuento de qué iban a escribir los escritores, de qué iban a profesar los profesores, siendo como son oficios incómodos y poco compatibles con la utopía y las buenas voluntades éticas. O anda la mujer de por medio o nos hubiéramos dedicado, nos ha merengao, a amasar fortunas y follarnos a prostitutas balcánicas rubias en jacuzzis asépticos. Bote de champú del Mercadona camuflado en el hotel de lujo y mamada, de eso va finalmente el juego de los ricos.

                De Lady Schubert lo de menos era el personaje real –de hecho, juraría que ella no había escuchado nada de Schubert, salvo alguna banda sonora de una película mala o cosa parecida-, porque a mí lo que me gustaba era la timidez, la adicción a la soledad, la manera discreta de quedarse sola en el salón cuando el resto nos salíamos afuera a fumar a la terraza. Aquello me hacía sentir culpable, verla sola con la mirada perdida y silenciosa, con ese rostro hermosísimo, convertida en una suerte de fantasma ruso escapado de una novela de Tolstoi, era una mujer-Tolstoi pero me gustaba más lo de Lady Schubert porque una vez escuchó pensando en mí –y esto me consta- la Winterreise. Eso es más de lo que puedo decir de muchas mujeres, si es cuestión de confesar.

                Con lo que vuelvo al principio como en una cinta de moebius firmada por Hitchcock y descubro que lo que me gustaba no era Lady Schubert sino su fantasma ruso, el enigma, sus extrañas uñas pintadas con arabescos y la noche en la que me confesó, cuando comprendió que quería convertirla en personaje literario: “¿Sabes, Aarón? Yo prefiero la soledad. A mí que no me joda nadie. La soledad es lo mejor que me ha pasado en la vida”. Dios la bendiga. Era más lista que Tolstoi, después de todo.

Tennessee Williams

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Según Nabokov, quien escribió una obra de teatro en la que un personaje decía “no me sé el texto”, el teatro era perfectamente prescindible, quitando el isabelino. Quizá fuera que para la libertad, libre albedrío ausente de crueldad, de Nabokov lo mejor que se podía decir en un escenario era “no me sé el texto”. Hasta tal extremo le resultaba opresor y verdadero el teatro. El teatro es lo que es. Pero Nabokov se declaraba “homosexual en cuestiones literarias” y cabe deducir que le hubiera gustado el de Tennessee Williams.

Yo tenía un amigo que hizo una Antígona en la que los actores estaban atados por cuerdas. El teatro muestra precisamente eso, todas las cuerdas a las que está atado el hombre. Hasta el extremo en que Antígona ya no se puede mover y muere emparedada.

El otro teatro que ciertamente pertenece a la literatura que se puede leer -además del isabelino y la excepción de el del absurdo- es el de Tennesee Williams. Tennessee no fue el último que vendió el Sur, el big South de Estados Unidos, trozo a trozo, azucarillo a azucarillo de sugar sureño. Fue el primero. Por lo tanto, un respeto. Él creó el Sur. Luego vinieron los demás, incluso los muy buenos, como Capote y luego Harper Lee.

¿Cómo cabe describir la obra de Tennessee? Evidentemente el lenguaje ha cambiado, como siempre, como cada treinta años, pero Williams no es una mera descripción realista de la conducta sexual del hombre, o de los exaltados sureños. El problema de lo que ocurre cuando cambia el lenguaje es que “La casa de Bernarda Alba” te parece una violenta riña de mujeres, simplemente porque antes no se podía hacer eso en un escenario y ahora sí. El cambio en el lenguaje hace que sólo se vea lo reaccionario, lo que ya no es noticia. Y se olvida de lo que Lorca dice de las mujeres y lo que Tennessee dice de los hombres. Pero en Tennessee hay muchas más cosas. Y cada uno puede ver casi lo que quiera. Vargas Llosa veía la postura ancilar de la mujer y la dinámica de las grandes genealogías del dinero. Era lo que más le interesaba como liberal, liberal en cuanto a mujeres y dinero, como todos los liberales.

Un psicoanalista puede ver diálogo sorprendente y frustración, un religioso, corrupción inevitable, un demócrata, caciquismo, un homosexual, vejez y decadencia. ¿Y yo qué veo? Veo cuando a Stanley Kowalski, después de pegar a su mujer, Stella, le amenazan con llamar a a policía y “darle con un chorro de hielo”. Y luego el tranvía coge y suelta un relámpago. (Lo mejor de los homosexuales es siempre la expresión cruel, infantil y exacta. En esto estaría de acuerdo hasta Nabokov.)

Leopoldo María Panero

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN 

Le conocí en una de esas absurdas puertas de cristal -una puerta interior al recinto- del Manicomio de Mondragón. Le di la mano con efusividad. Me sorprendió ver que mi alegría no la compartía en absoluto.

Tenía la tez cetrina de los locos, de los sin techo o de los muy golpeados. Cogía las hojas blancas con sus manos negras. Me dijo que tenía diabetes, y que eso era que le habían envenenado. “¿O no?”

Hay locuras que son una bendición, una alegría, y locuras que son una desgracia. La de Leopoldo era un desgracia.

Lo primero que hacía si le dejaban un libro era doblarlo como la guía telefónica. “Como una novela del Oeste”, le criticaba el mediocre Trapiello eligiendo entre padre e hijo y haciendo moralina y jugando a “salchicha indignada”, como dicen los alemanes, ya que aprovechaba que también él era leonés -y por lo tanto, en cierta medida, como ellos- para colocar el discurso del desagravio por el insulto ante la gloria local, pueblerina. Alguna gente es tan ridícula…

Tan bueno es el padre como el hijo. Y además son iguales. Y con los mismos nervios. Seguro que también tenían  los mismos ojos. Pero a Trapiello le da por elegir, ya que prologa a un libro del padre.

Le pedí, por los nervios, que me firmara un libro. No se le entendía ni la letra. Era la dejadez total. “Llueve sobre mi mano que esconde un papel”, escribió, con la letra de un médico que ya no quiere curar. Lo había pensado yo también de niño, corriendo hacia la casa de mis abuelos. Y a partir de entonces todo fue cuesta abajo.

Le invité al restaurante más caro de Mondragón. Comió más con las manos que con los cubiertos. Y allí, contrastando sus palabras con un langostino que había despedazado en dos, me dijo que “Panero” significaba, según un profesor suyo de griego, “el que lo ama todo”. Él, que quizá ya no amaba nada por haber amado tanto, todo. “Ése soy yo”, dijo. Para mí, “panerotización” ya era amarlo todo.

Pero tenía bastantes más cosas. Se vanagloriaba de pensar sin sistema, como si hacerlo con sistema fuera una inmoralidad. Nietzsche opinaba exactamente igual. Y yo creía que, si se podía pensar así, estaban totalmente en lo cierto. Todo sistema lo hundía un poeta, un contraejemplo inteligente.

El tiempo corría tan rápido y triste como con una novia (la que no tenía), cuando las mujeres te recuerdan el sexo y la edad adulta y el tiempo pasa rápido y triste con ellas. Leopoldo también estaba triste; eso me acercó a él. Le había bajado en el coche de mi padre desde el Manicomio a Mondragón, un Seat rojo que mis progenitores achatarraron, inmisericordes. Y había llenado el coche con su olor. Olía a hombre bueno. Los hombres buenos huelen mucho y a calma. Pero yo estaba asustado, me parecía que me estaba aprovechando de él. De lo mucho que él me había dicho. Pues soltó poemas sin parar, desde la puerta del Manicomio a la puerta de la Herriko taberna de Mondragón.

– “No vuelvo”, le dije entonces a mi amigo Ismael Martínez. “Está demasiado mal.” Al día siguiente allí estábamos, a las cinco.

Esta vez le ametrallé a preguntas:

– “Qué opinas de Gottfried Benn? ¿Qué opinas de Joseph Brodsky? ¿Qué opinas de…?”

Alice Glass o el amor en la cultura afterpop

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

CARTAS DESDE MAHAGONNY

Cuando nos golpea lo femenino. Cuando nos golpea la mujer y se encarna en fantasma y virgen y princesa pálida de novelón ruso prerrevolucionario. Por eso, yo creo, nunca he sentido nada leyendo a Proust ni a Thomas Mann –ya lo dije en su momento, casi sin pedir perdón, pero soy un lector pésimo-, porque de todas las cosas que más me interesan en el mundo, la que de verdad me interesa es la mujer desde la mirada del deseo heterosexual. El hecho de ver a Alice Glass en directo este pasado martes en La Riviera me ha confrontado directamente con la reformulación de lo femenino, y por extensión, del amor, que es algo de lo que casi no se habla en las canciones de punk electrónico, pero que en cierto modo resuena en toda esa animalidad y toda esa texturalidad que tienen los temas más desquiciados de Crystal Castles.
Los itinerarios del deseo afterpop son siempre laberintos de extraña confusión en los que tienen que convivir, de alguna manera, los alegres zombis que resurgen por las grietas de los Estudios Culturales, las lecciones aprendidas en nombre de la tolerancia, el impulso primario de dominación sexual, el impulso publicitario de la sublimación constante, la teatralidad sentimental heredada de los vicios burgueses y el arrepentimiento de resonancias católicas. O sea, que enamorarse es una catástrofe de dimensiones cósmicas, incluso cuando se trata de un enamoramiento momentáneo, inocuo y platónico como el que me atravesó el martes de nueve y media a once de la noche. Enamoramiento con tintes de bukkake imposible, ya que en la cultura popular siempre hay algo como malsano en eso de que casi mil tipos en un recinto estén gritando extasiados ante la misma mujer.
Me pregunto quién es Alice Glass y cómo sobrevive. Me pregunto si acaso su cuerpo no es una especie de venganza total contra esta triste condición humana de deseos pobres que vamos arrastrando por la España de después de la transición. Hubiera sido tan hermoso aquello de la libertad de los cuerpos y la destrucción de los vínculos familiares que proponía el comunismo radical si todas las mujeres fueran Alice Glass y nos decidiéramos de una vez por todas a acabar con la humanidad. Acabar desesperadamente con esta condición que se nos pega al cráneo una vez que la música alcanza las posibilidades ofrecidas en “Alice Practice”, en “I am made of Chalk” o en “Insulin”. Si el Apocalipsis fuera una mujer, o un temazo en el que pudiéramos alzar las manos y dejarnos tranquilamente la garganta.

Camilo José Cela

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Recuerdo que estando en la Fundación Gustavo Bueno salió el tema de Cela -que había estado por allí- y de si era bueno o malo. Unos le atacaron, y yo y otros le defendimos. Lo que estaba pasando era que había mucho comunista por ahí, y los comunistas son muy técnicos, pero también muy dados a la moralina. Los comunistas te matan al perro porque come tanto como un hombre. De ahí pasan a la planificación central y declaran irracionales hasta a los geranios (que ahora beben tanto como un niño). Los comunistas son como los creyentes de antiguo: Dejan el mal para más arriba. Para Dios o para Stalin. Ellos en cambio son muy buenos.

Y Cela no era muy dado a sacrificar a sus boxers, ni a sus geranios. Pero por allí se seguía diciendo -lo decía Lasso, un viejo, maravilloso y heroico comunista- que era malo e irresponsable, un “extravagante e insoportable ciudadano”, parafraseando lo que se dijo de otro gallego, Valle Inclán. Entonces fue cuando a mí se me llenó la cachimba.

“¿A quién ha hecho mal Cela?”, pregunté. “Cela no hizo nada mal. Estoy convencido: nunca. A nadie.” Cela sólo se espantaba de encima poetas cursis y comunistas. Publicó lo que tenía que publicar cuando lo tenía que hacer. Y publicó también a los que tenía que publicar. Hizo su fundación. Lo que pasa es que no era bueno “verbalmente”. Era gallego y se escondía. Decía que era malo e insensible. Pero eso también era una pose para los cabrones de verdad, que eran algunos de los que le compraban los libros. Y él lo sabía.

También mostraba en sus libros, un universo, el español, en el que la libertad no existía. En el que se agotaba por completo. Y eso molestaba a algunos afrancesados. Pero eso es más y más decencia, que siempre se puede meter un personaje libre, como hacen los novelistas progres, los cien mil de Carmen Romero que decía Umbral. Los personajes libres te salen gratis. Pero es que un novelista que mete personajes libres, además de que es subnormal, no hace su trabajo. Es como ese horrible pasaje de “Lolita” en el que Nabokov quiere describir a Humbert Humbert como un psicópata y le hace decir que él hace las cosas “porque es así”. Menos mal que eso es una isla de depravación y vagancia literarias y en el resto de la magnífica novela Nabokov trabaja bastante más.

¿Pero cómo hay que entender el desprecio que el nacional, sobre todo si es comunista, siente por la moralidad de Cela? Yo la explico mediante la máxima de que no hay nada que odie más un cínico que el cinismo. Esto es, que el nacional cree, mejor dicho, está seguro de que el cinismo está para hacerlo pero no para decirlo; está para callárselo. El contribuyente medio español es lo contrario de Cela: Lo hace secretamente -el impago- y odia que lo digan. Mientras Cela lo decía y odiaba que lo hicieran.

Y esta patología del significado, como se la podría llamar, está ya en la misma etimología de la palabra “cínico”. ¿Hay algo menos cínico que los filósofos cínicos? Los cínicos pasaron de ser gentes que decían cinismos a gentes que los hacían. Y el crítico de Cela las hacía, y se espantaba cuando las decían.

Ese cambio de significado, esa horrible e indecente transformación, casi única en la historia de las lenguas, es la misma que se le aplica a Cela cada vez que se parece al gran Diógenes. ¿O es que Cela no decía que “no hay manera de encontrar a un hombre honesto”? No, literalmente no lo decía. Lo decía Diógenes. Cela simplemente lo había dejado de buscar. Lo que es exactamente lo mismo.

Cine (Español)

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

Los Premios, así en general, son una cosa que me interesa muy poco. A mi lo que me interesan son las películas, y de común, las películas que me interesan casi nunca son citadas en las galas, o si lo son, aparecen de refilón y como oscurecidas, hijas de los márgenes y poseedoras de un halo underground que no creo que se merezcan. La noche de los Goya yo siento siempre una tristeza de cercanías y me quedo mirando por la ventana, con la luz apagada, igual que se queda siempre el marido engañado mientras su mujer se va a gozar las carnes y las curvas y las erecciones del Otro de turno.

A mi me gusta decir –lo que no deja de ser una estupidez, por otro lado- que estoy completamente a favor del cine español. Pero es un enunciado erróneo, mal formulado y un tanto resbaladizo, y a lo peor acaba sonando por esa prisa con el que el español medio confiesa, sin que nadie se lo haya pedido, que tiene un amigo homosexual, o negro, o del colectivo desfavorecido de turno. Debería reformularlo y decir, más concretamente, que me gusta ir a ver películas españolas, y pagar los siete euros en taquilla, y sorprenderme y emocionarme cada vez que encuentro una joyita patria entre el marasmo de materia fílmica adiposa que uno consume por su profesión. Decir que te gusta el cine español es una cosa tan descabellada como decir que te gusta el cine bosnio -¿recuerdan cuando estaba de moda?-, o el cine rumano, o el cine coreano. Si me gusta radicalmente el cine, ¿por qué no habría de hacerlo el español?

A un imbécil se le detecta temprano. El cine español es, por cierto, un ejemplar detector de imbéciles. El imbécil es el que responde, como un resorte: “Yo, si es española, es que no voy a verla…”. Y, si ensayan la fórmula, descubrirán que España, concretamente, es un país lleno de imbéciles. El que “nunca va a ver” cine español es probable que sea el mismo que corrió a aplaudir a la selección española cuando ganó aquella cosa de los premios mundiales y coreaba, con mayor o menor entusiasmo, los pseudofascistas autohomenajes patrios. El que “nunca va a ver” cine español no sabrá nunca quiénes son Mar Coll, Jonás Trueba, Isaki Lacuesta, Alberto Rodríguez, Javier Rebollo o el Colectivo Los Hijos, lo que no deja de provocarme una inquieta pena penita pena. El que “nunca va a ver” cine español, que esconde un pequeño Carlos Boyero en su interior, esto es, un pequeño pitbull enfurecido de sangre y analfabetismo.

Luego hay otro debate, menos serio, que es el debate de la posición ideológica. Un debate, por lo demás, mortalmente aburrido en que tertulianos y opinadotes varios se dejan la saliva y la bilis. La culpa es de unos y de otros. Los actores, por no asumir con humildad su profesión y pensar que han sido guiados por el Dios del Progreso Social, aunque eso implique expulsar –como ha ocurrido- a media España de las salas. Los opinadores, por dar voz, voto y escandalera pública a los titulares amarillentos y las declaraciones pomposas y descabelladas de sus enemigos. Unos y otros, en lucha a bastonazos fratricida, pero el que realmente sufre es el cine español. Y así, en una cinta de moebius que ya es histórica, ideología, cine, emoción, reacción y funambulismo mortal se configuran en un cambalache problemático y febril.

Y finalmente, claro, están los Goya. Pero esos no interesan –de verdad- a nadie. O a casi nadie.

Los señores diputados

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Los señores diputados, anteriormente, cuando la época del habla recia, llamados procuradores en Cortes, que es lo que son, son motivo de mis pesquisas, que es otra palabra recia y ajustada. Por eso cojo y le interpelo, por un pasillo vacío, a Carlos Martínez de Gorriarán, el de Upyd, antaño miembro de LKI, que todos los de ¡Basta ya! han sido antaño de ¡Algo habrán hecho! (yo siempre dije que lo han hecho pero que no les maten). Por cierto, que la patraña de Savater acerca del grupo de profesores de filosofía de la época “heroica” de Zorroaga se desmonta simplemente remontándose diez años antes: todos estaban relacionados con ETA. Pero dejemos esto porque el mayor problema de ETA es que es nacionalista. Y yo no.

Bien, pues primero me presento como partidario del sistema suizo (un brindis al sol, porque la transición a ese sistema, transición que nunca han hecho los suizos, sí que sería heroica). Pero él también es un héroe. ¿O no? Por eso le pregunto, ya que es diputado, al Gran Gorriarán (impecable de magín, al menos aparentemente) por el “diputado medio”.

– ¿Quién es, señor Martínez Gorriarán? Me refiero al diputado medio.

Pero me llevo la primera desilusión. No hay nada como pensar por uno mismo: No sabe de qué le hablo, a qué me refiero. O al menos no lo tiene claro, fresco, en la memoria, se sorprende una miaja. No lo ha pensado. “¿Eso no cuenta?”

– ¡Ah! No sé… Hay de todo.

– Quiero decir: ¿Son psicópatas?

– Hay muchos que sí. No en el sentido clínico, por supuesto, sino en un sentido laxo.

En un sentido laxo. Esto es, que no les han hecho la prueba.

Vamos, la “patocracia”, ya apuntada aquí. Se lo agradezco y me despido. Cuando avanza por el pasillo, delante de mí, le deseo en silencio corredores vacíos o llenos, pero sin pistolas por la espalda. Pero también deseo diputados sin ellas. Habida cuenta de lo que me dice el mismo Gorriarán. Y vaya si las tienen.

Gorriarán es un hombre exaltado y bueno, estoy convencido. Lo fue y lo es, que rara vez, ¡ay!, se pierde lo que hemos sido, aunque no nos guste. Pero cuando termina la breve alocución -los diputados en mi imaginación siempre hacen alocuciones, hasta en un pasillo- me hace un pequeño asentimiento de burócrata amnésico y asunto ventilado. Se ha olvidado. No volverá a pensar en ello, que él también es diputado y es bueno, un héroe. Se lo agradezco, que ha cumplido conmigo, y me despido.

De ésos burócratas amnésicos que responden, cumplen y se olvidan, según él mismo, hay pocos. Al parecer la mayoría tienen un alma de la que tira un pit bull. Son los que hacen el crucigrama parlamentario que siempre sale bien: el del poder. Almas muertas que desean el hundimiento de un barco, el nuestro. Bastante más que el 15M.

Otra vez el Papa

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Vuelvo con lo del retiro del Papa Benedicto y planteo cuestiones muy, pero que muy sencillas. Y no es que odie al personaje personalmente. Sino que odio lo que representa. Y hay razones para ello.

La primera es que el poder del Papa -dijera lo que dijera Stalin sobre sus batallones el Papa tiene mucho poder- es muy íntimo y muy real y muy cruel. Cuando un español se muere se le mete en una caja y se le lanza rápidamente al subsuelo. O un cura que no le conoce dice algo de él. Y no le conoce porque normalmente él no va a la iglesia. En cambio, cuando un estadounidense da su último suspiro ya están planeando la escritura de su panegírico, vocablo de raíz griega y libre, en una iglesia más libre. En España el panegírico del español lo escribe Benedicto con su cerebro olvidadizo, ausente y cano.

Y me llevan los diablos -luteranos no, más bien decentes- cuando pienso en la cantidad de gente que he enterrado entre lágrimas y méritos ahogados por la burocracia vaticana. Una burocracia que asfixia tanto que ya no tiene remedio ni cuando el cura da la voz a la familia, porque todos son ya de la plebe. Me lleva el diablo cuando pienso que en España le están escribiendo estos días el panegírico sólo a Benedicto. Y a nadie más. Los demás morimos anónimos.

Y vuelvo a lo de hace dos días. La Europa católica admira a alguien que es tan viejo que se caga encima. Y a uno se le llevan los diablos herejes y luteranos. Porque para empezar todo país católico ya tiene un Führer que manda hasta sobre los muertos.

El Papa se retira del mundo, nos dice la Prensa, pero con tres laicas consagradas. Y yo me pregunto otra vez: ¿No es pecado el retiro del mundo y sí lo es el suicidio? El retiro es un suicidio con pan y pasteles. Es todavía peor, todavía más lesivo que el suicidio cuando éste no es malintencionado. ¿Y lo de las tres monjas putas? Se ve que al Papa no le pueden cuidar monjas, sino laicas, que es algo así como una monja con liguero. De nuevo, lo que hace el Papa contrasta bastante con lo que el sentido común dicta que debe hacer, que es otra cosa bastante más natural y que dicen que no hace nunca.

Pero esto, a estas alturas, aún no se dice en la Prensa. En vez de eso todo son elogios. ¡Los católicos tienen un Padrecito de los pueblos! ¡Alabado sea! Cuando lo único que pasa es que el Papa es tan bueno, tan bueno, que se retira.