El Columnista.net

"El columnismo es la universidad oficiosa del español."

Mes: marzo, 2013

El club del Papa Francisco

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Se lee en los periódicos: “El Papa Francisco lava los pies de doce presos en Roma.” O: “El Papa Francisco reza tumbado en el suelo.”

El Papa Francisco, con su nombre de personaje de cómic, les lava los pies a doce presos y uno no cree que lo haga sólo por ser el doce un número bíblico. Debe haber algo más. No muy serio, de cómic, pero algo más para todo esto.

Yo creo que el Papa Francisco está montado lo que está montando todo el mundo hoy en día: un club de la lucha en el que caerse, restregarse por el suelo y lamerse las heridas, por eso de sentir algo, de sentirse vivos. Lo de menos es el nombre, lo esencial es lamerle los pies y las heridas a un preso para poder luchar con uno mismo (que es lo mejor que podemos hacer según Platón, y según Palahniuk, que en esto es una autoridad genial y gay de primer orden).

Pero sigamos: ¿Qué indica todo esto? Siguiendo las instrucciones de Palahniuk, que es lo que hacemos todos, esto parece indicar que el Papa Francisco no está preparado. Palahniuk lo rechazaría -con lágrimas en los ojos- para ingresar en un club de la lucha. Y diría: “Sí, lo desea, desea tocar fondo para saber quién es, pero aún no ha tocado fondo. No le dejéis entrar.” Y es que no está preparado. Un católico hecho y derecho que en sus primeros tres días de trabajo besa pies y se lanza al suelo es que no lo tiene muy claro, que se diga. Más bien, diría Palahniuk, no tiene ni puta idea de lo que tiene entre manos. Y Wojtila le está mirando con malos ojos desde el infierno eclesiástico en el que esté. Que a ése había que noquearle como a un boxeador para tirarle al suelo. Ése tenía las ideas claras.

Yo les aconsejo a los católicos -en la medida en que tengan algún control sobre el asunto, si no nada, olvídenlo- que vean que tienen un presidente de consejo de administración que se tira al suelo y que es momento -además de por la crisis- de vender las acciones que queden.

Lo que pasa es que eso de vender las acciones de la iglesia es herejía luterana. Que la iglesia sigue igual desde el renacimiento y no hay acciones que vender, sino bulas.

El Papa Francisco -con su nombre de personaje de cómic mal definido- se va a convertir en un personaje de cómic en la vida real como siga tirándose al suelo. Y es que no es normal, en un hombre hetero que viste zapatos de vendedor de seguros, el ponerse una capa blanca y tirarse al suelo. Y cabe preguntarse: ¿Y éste qué hace? Pues fundar un club de la lucha, como todo el mundo. Ayudar a otros y a sí mismo a tocar fondo. Yo formé uno, pero ya es hora de parar. Que la primera regla del club de la lucha es…

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Quadrophenia

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

 

Cada vez que escucho el Quadrophenia me obligo a intentar pensar, aunque sea superficialmente, qué pasaba por la cabeza de Pete Townshend. Me siento delante de los dos vinilos y clavo la mirada en cada una de las fotografías, pasando en silencio las páginas con esa concentrada actitud que parecen exigir las obras sagradas, sin saber por dónde empezar a edificar el pensamiento, perdido en ese laberinto grisáceo y suburbial de sueños rotos, cuerpos de mujeres y mantras que se repiten. A veces creo que las cuatro personalidades del protagonista son los cuatro demonios básicos de Occidente y les escucho emitir tremendísimas carcajadas. En otras ocasiones, me pregunto si Quadrophenia no es la elegía definitiva, una reescritura de la oración final de Alexander Nevsky pero entre los cadáveres de la cultura pop, nuestros cadáveres. En 1973, prácticamente diez años antes de que yo naciera, los Who ya lo habían dicho todo y me habían regalado una scooter pintada de negro para que me arrojara a todos los océanos.

Como a tantas otras cosas, llegué muy tarde a los Who. Mi epifanía tuvo lugar mientras escribía la segunda revisión de Apocalipsis pop! Los tiempos apremiaban y el editor me había mandado ya varios correos preguntándome por el manuscrito. Ya había terminado toda la sección inicial, pero notaba que me faltaban piezas. No lo entendí bien hasta que no volví a ver la película y me topé con la escena en la que los jóvenes mods la liaban parda en una fiesta en la que el resto de asistentes se empeñaban en escuchar Be my baby. Aquella fue la secuencia bisagra, la que me permitió comprender que había un sentimiento de malestar generacional prácticamente de los sesenta que yo había experimentado, muy en lo íntimo, cuando en los garitos de la cosa se escuchaba aquella mierda del Sarandonga y sólo podía pensar en emborracharme y salir corriendo de allí. Los Who lo habían visto claro: la frustración total, el odio, la imposibilidad de la redención. Yo ni siquiera tenía rockers con los que abrirme la cabeza a botellazos. Como mucho, amantes de lo latino que se sacaban un ADE y señoritas bien de una burguesía de mucho pose que coleccionaban los discos de Amaia Montero.

Desde aquel momento, desde que conecté en lo íntimo con el desastre generacional escrito por Townshend, he descubierto que todas las generaciones son cíclicas y autodestructivas, que las fiestas se repiten y las banderas del malestar se enarbolan. Quadrophenia está esperando a más adolescentes furiosos, los amamantará hasta la náusea, hasta la revelación, con ese crescendo terrible que supone su Cara D, esa unión casi perfecta de The Sea/Love Reign Over me, la saeta pop que emitimos los niños descreídos y cansados de nosotros mismos y de nuestras demandas de goce. Hoy, las viejas de mi pueblo se preparan para lucir mantilla y manto negros. A mí me gustaría arrojarme por el balcón gritando que el amor llueve/reina sobre mí, ofrecer mi cuerpo mártir al deslumbramiento de la cultura popular, decirle al nazareno que se sigue repitiendo el antimilagro de las soledades y los laberintos. Townshend, náufrago de irrealidades. San Pete Townshend.

La profesora del maltrato

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN 

Una profesora algo mal ubicada -desubicada porque lo ha dicho en Valencia, ni más ni menos, y casi cuando florece el naranjo y los valencianos pierden su alma de pólvora y muchas cosas más con la primavera- ha dicho a sus (queridos) alumnos que “cuando una mujer es maltratada no debe separarse porque eso es amor”. Y yo estoy de acuerdo, ahora diré por qué. De hecho no puedo estar más de acuerdo.

Lo que parece que es esta señora, es una kantiana en Valencia. Y eso puede ser mala cosa. De hecho puede explicar el maltrato (que acabo de decir hace dos días lo que opino del mediterráneo). Pero, ¿es realmente kantiana? A ver: Kant dijo “haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti” y “no los utilices como medios sino sólo como fines”. ¿Cómo se pasa de todo esto a recibir hostias? ¿Acaso hay un non sequitur? ¿O nos vale el sentido común valenciano que nos dice que la transición a las hostias es de lo más natural?

Desde mi punto de vista el lío no lo generan sólo estas dos frases citadas más arriba -que también se refieren a uno mismo y por lo tanto “cuidan” de ti- sino su combinación letal con dos más: “Las cosas se hacen por deber y no por naturaleza; si no carecen de mérito” y “el hombre como ser vivo es autónomo, tiene fines propios y esa autonomía biológica no se deja explicar científicamente”, lo que por cierto quería decir “newtonianamente” cuando lo dijo Kant.

Entonces, cuando se conjugan las cuatro frases es cuando empiezan a llover las “hostias” (que parece ser quiere decir “puertas” y no obleas consagradas, aunque yo crea que ambas son puertas; la expresión se hizo forzadamente a través de las hostias que te hacían atravesar puertas, no era una expresión anti-religiosa, en principio).

Pero volvamos a Kant. Kant, a diferencia de Spinoza, que parece tratarnos como objetos, cree que la autonomía es algo inherente a los seres vivos. El problema de esta autonomía es que te aísla idiotamente del mundo y luego surge una profesora en Valencia diciendo tonterías y que te recuerda a Kant. Tonterías con mucha razón. Porque el hecho de que la genética, la biología y todo lo demás esté diciendo cosas del hombre lima, perfila, pero sólo para un pésimo filósofo -y hay alguno más vago de lo que se cree por ahí- puede hacer que caiga del todo la autonomía de Kant.

“¡Ay!”, como diría Umbral. Porque el ideal es que nos guiáramos por la ética de Spinoza, que trata a las piedras-hombres, que es lo que son muchos, como piedras-piedras y es una ética dura y clara, para la vida real, como ciertos coches que se publicitan “duros”. Eso o, quita de ahí, “El gen egoísta” de Dawkins; que es Dawkins y ponerse del lado de los que dan las hostias. Pero no. Hasta la célula tiene un autós terco, y la ética de Kant no cae porque la determines en parte. Hasta en nosotros la diversidad tiene -digan lo que digan los enemigos de los multiculturalistas, o quizá habría que decir de los pluralistas- un valor parcial en sí. No nos pueden determinar sólo órdenes. (Tampoco quiero ser reduccionista y poco prágmático y negar que muchos hombres son de hecho psicópatas y sólo órdenes y piedra.)

Spinoza no tiene razón. Kant tiene razón. Y Dawkins la tiene mucho menos que su amigo lejano Spinoza. Hay que seguir con cierto autós, que, aunque es lejano al espiritualismo kantiano, sigue misterioso y ahora corporal, hay que regularlo, pero sigue ahí. Y con él sigue -como posibilidad- el peligro de aislarse de la realidad kantianamente y de confundir que “sólo el deber” -entendido como tal por uno mismo, de forma ilustrada- “tiene mérito” con “hacerse putadas a uno mismo para tener mérito”, que es por donde iba la profesora de Valencia. Es algo así como confundir la frase “a grandes males, grandes remedios” con generar males para que surjan remedios. Así, pero recibiendo hostias. Se lo aseguro: Me ha pasado. Pero seamos optimistas: si la señora profesora de la improbable Valencia quiere salir (y lo inguinal no es un problema), aquí tiene un pretendiente autónomo que podría…

L´age atomique

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

CARTAS DESDE MAHAGONNY

                Helene Klotz ha estrenado finalmente su última película, L´age atomique, que dará mucho ruido y alguna nuez tripada a la chavalada de la cinefilia. La Klotz quiere ser su padre, lo que es algo muy freudiano, pero su padre se partió el pecho con el más radical de todos los problemas (el Holocausto), mientras que la hija ha cruzado a Garrel con los reportajes de desfasados de Callejeros, pasando por una pátina de incorrección política a lo Visconti, pero en lo peor. Visconti pudo rodar El gatopardo con toda la contundencia de cada uno de sus fotogramas, pero la Klotz hace un Gato Micho que se pretende generacional. Y así no se puede. No se puede uno centrar en una película que cada dos minutos te dice:

–          Oye, que yo soy generacional, ¿eh?

Y entonces la cosa fracasa, se hunde estrepitosamente en todo ese pastel saturado de noches parisinas y personajes que hablan así, como muy de dentro y muy a conciencia, porque los franceses en el cine han generado una capacidad apasionante por venderte a gente destrozada como profundos pensadores en la sombra. En Francia, debe ser, todo el mundo es un existencialista afterpop, pero lo disimulan salvo cuando van drogados y entonces les da por demostrar que sí, que se han leído a Rimbaud y a Baudelaire, ahí to ciegos de malditismo y con cosas muy importantes para decir, subidos en azoteas, en vagones de metro, en calles deshabitadas.

Los personajes de la Klotz no saben qué hacer con su vida, así que eso hacen. Nada. Ruido existencialista, cháchara poética por la boca, esas cosinas que dan como vergüenza ajena porque son como de coña. Me imagino el Día de la Música que viene, borracho de cerveza Heineken y con un Fortuna arrugado entre los dientes, diciéndole a una clon de Russian Red:

–          Me dueles. Me duele tu belleza difuminada en código pop. Me duele la esquina triste de tus bragas abandonadas en un acorde de Hola a todo el mundo. Hazme el amor. No me hagas el amor, fóllame. Aliéname y llámame Althusser, diosa, rata, porque te amo y tengo una soledad que –aquí se me va la olla y me pongo a cantar, así, muy bajito, demostrando mi gran sensibilidad- hay un reloj que se para, siempre que tú de mi te separas

La Klotz no se ha enterado, qué imbécil, que los niños pobres que ella pinta como herederos revolucionarios de nosequé enfermedad/sífilis generacional, no escuchan pop electrónico de qualité a piticandemor, sino calorro del bueno, calorrito del guapo pa la peñita del barrio, yo me parto la camisa. La Klotz quiere seguir llorando el Mayo del 68, qué puto coñazo, pero con la idea de que nos salvará la estética. Una estética así como muy de decadente y de ir to ciego con la cámara lenta. La Klotz derrapa y, pensando que se ha inventado lo de la mirada a cámara para interpelar al espectador –no se habrá leído a Casetti, normal, tú me dirás quién se ha leído a Casetti a estas alturas, cuatro mierdas que no hacen la revolución- firma una de las escenas más vergonzosas de la historia. Qué pena lo de la Klotz, que quería ser Garrel y acabó haciendo una peli que ya hemos visto mil veces.

El mediterráneo, quebrado

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

El mediterráneo, así, puesto con minúsculas. Ese mar de mierda y oro. El mediterráneo está lleno de soberbia, la soberbia de los que “nacieron en el mediterráneo”. El mediterráneo se hunde, o pierde agua (y la pierde, ¡pierde hasta agua!). El mediterráneo, terrible desde su fundación catastrófica, ha vuelto a las catástrofes, financieras.

El mediterráneo es un párking azul para todos los yates de la corrupción. Yo he preferido siempre la salud lusa, y gallega y vasca, del Atlántico, puesto así, con mayúsculas. El Atlántico. El mediterráneo fascista y chipriota, cretense y lleno de cuevas, vuelve. El mediterráneo de las cuevas. El mediterráneo de la apestosa familia renacentista. El mediterráneo de la confusión. La Mafia.

Era el centro del mundo. Y ahora da miedo decir su nombre. Está en quiebra: Lleno de Papas, de monasterios griegos y homosexuales, de miedo, de frío en países calientes -el peor tipo de frío-, de bancos, de moda y de farsa. El mediterráneo es una farsa. No: El mediterráneo se ha sumado a la farsa de Heráclito porque el pobre filósofo dijo eso de “todo fluye” y ellos, como dice Trías, han traducido “todo vale”.

“Todo vale.” He ahí la filosofía secreta mediterránea. Tantas columnas para eso. El lío, la falta de claridad, el no se sabe, el arte sin artista, el arte de declararse artista, el arte de no hacer nada, el mediterráneo.

Es un párking azul. Ése es el problema. No corre el aire. Nada se mueve. Cada gota de agua vale una gota de sudor, como decía Lampedusa. Y por eso nada cambia, o cambia para que todo siga igual.

Se está llenando de sal. Ése es el problema. Y pronto hará llorar a las heridas de los niños. Ya lo hace. Hace llorar a los niños, cuando se acercan a él. Está llenándose de sal y de amoníaco. Y de química. No hay quien lo pare. La cuestión ahora no es otra que controlar los puertos. Y no el amoníaco.

El mediterráneo es un labio que nunca se cierra. El norte odia al sur, el este al oeste, las islas al continente, el continente a las islas. El mediterráneo está entero quebrado y lleno de dinero ruso. El mediterráneo es una parada de monstruos. ¡Hasta hay millonarios rusos!

El mediterráneo ha quebrado. Entero o casi entero. Y ahora va a empezar con su labia de oro, con sus estudios clásicos, con sus Antonio Banderas de gomina y sal, a echarle la culpa a otro. Ahora empezará a decir que él es La Democracia, y La Dictadura y Los Higos de la higuera, y todo. Y que le dejen a él. Que quiere volver a ser un mar de mierda y oro. Lo odio.

Bebo Valdés, sin domesticar

MENTE ESPONTÁNEA
IBAN SILVÁN

Bebo Valdés acaba de morir en “la socialdemócrata Suecia”, como dicen las guías, país que, vergonzantemente, nos va ganando en liberalismo, en socialismo y ahora en ecologismo en partidos de fútbol político no televisado y en los últimos doscientos años. Es decir, ya es que nos ganan en dinamismo y nada más. Y algunos siguen sin querer darse cuenta. Y Bebo que descanse en paz, que no se me olvide.

Esto no son, pues, las cartas finlandesas de Ganivet (es de agradecer que el español viaje, porque, como diría Panero, en literatura no viajamos nada y pocos aquí escriben desde fuera y los que lo hacen nos salen maricones) con sus “noticias frescas desde Escandinavia”, como le pedían sus amigos. Esto va de otra cosa, va de Bebo Valdés. Y de cómo Fidel ha ido domesticando a negros de dos metros con milongas bobas de bolero marxista con las que les convence y les pone de rodillas. De bolero de Bebo, que los negros allá deberían saber de qué va el bolero político y ellos -negros de ellos- no lo saben. Fidel ha puesto de rodillas a mucho jazzman con silueta de boxeador. Pero no a Valdés.

A ver, escribamos un poco nosotros también desde fuera, como Ganivet. Porque lo que me correspondería ahora sería decir que las cubanas son muy bellas -Fidel no promueve Cuba como no promueve nada auténtico, que los marxistas no son auténticos de nada sino auténticos esclavos filosóficos -a la sombra de la barba (el carácter algunos lo llevaban en la barba)- de Marx. Pero yo no quiero ser como Fidel, que promueve la cubanidad como Franco promovía la españolidad y no a los españoles, españolidad corporeizada en Andalucía y lo andaluz, como todos los ministerios de turismo promueven los artificial, así, pero Fidel un poco más. Fidel no promueve a los cubanos, sino el havano, la mulata, el azúcar y el ron y pocas cosas más, que con eso ya está todo, ya “lo tiene” todo.

Pero: ¿Y los cubanos? Escribamos un poco desde fuera. Los cubanos son españoles. Lo tienen todo y no tienen nada. Cultura, toda. Política, nada. Jazz domesticado, negros domesticados, gigantes de rodillas delante de un estúpido sueco que no tiene arte, sólo tiene preocupaciones (que la socialdemocracia es eso, preocupaciones pragmáticas y no arte ni filosofía). Y tienen a las negras de Lorca que van por los pisos repartiendo filtro de rata a los niños. Escribamos desde fuera, que a veces es de agradecer.

El escritor es un campeón de la propia cultura. Como Cela, que lo era, pero conviene que se airee un poco, que no todo son letras patrias. Escribamos desde fuera: Hay algo malo en Cuba. Y lo malo es ver que Bebo, el negro de los dedos largos y como insultantes, el artista, el genio se nos ha muerto entre Málaga y Estocolmo y más bien para allá, en Estocolmo. ¿Y eso por qué? ¿Acaso hay negras en Cuba que reparten filtro de rata? ¿Negras resentidas de su propia belleza a las que una revolución insulsa les ha venido como anillo al dedo? ¿Negras para las que todo es un anillo en el dedo y nada más? ¿Gallegos -Fidel no es nada gallego, si algo no es, es gallego- que se creen genios por tener memoria, etc.?

Da miedo escribir desde fuera. Aquí nadie lo hace y los países que no tienen torre de Londres para meter a los traidores es que son enteros ellos una torre de Londres. Yo ya me callo. Pero aquí somos todos un poco cubanos. Aquí no se puede ni rezar por Bebo.

1987

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

Descendía por las barriadas el río sucio de los suburbios de la periferia, los niños vestidos de yonquis que hacían equilibrismos por la cuerda floja del pico, todavía por aquel entonces, cuando España era una puta henchida de glorias transicionales y rosas marchitas. No fuimos felices, antes de que lo preguntes. La felicidad era el exilio de los imbéciles, y aquel año triste yo me leía los libros azules de barco de vapor con la mirada estrábica de quien quiere conquistar otros planetas pero tiene los pies anclados en el fango de cemento, teatro deshabitado, barrio pobre, hermanos mayores que se piraban al centro de desintoxicación. No teníamos coraza ni brújula, y aquel país ya estaba perdido, con todas las clases presididas por el crucifijo y el uniforme remendado y lleno de parches, uniforme de segunda mano como en las calles había un gobierno de segunda mano y en los salones una televisión de segunda mano.
No hubo tregua para los niños de los ochenta, ni la habrá jamás.

Aprendimos que el corazón era una batalla perpetua que se escondía tras las tetas de silicona de las Mamachicho, y nos enamoramos así como un poco de las nínfulas que venían de las chabolas y los techos de uralita del barrio obrero. Hoy, se lo cuento a mis alumnos pero no me creen: cuando iba al colegio tenía que esquivar las jeringuillas y mirar de reojo a los muertos vivientes que dormitaban en los bancos del parque. Siempre había fiesta de cachimba y crack, y a veces se paseaba por las calles mal encaladas del barrio un Ford Capri que había heredado el heredero afortunado de una herencia heredable y sonada.

Algunas noches, cuando leo las noticias de Chipre, me cuesta dormir y tengo alucinaciones de aquella revolución valiente que hacíamos los niños cabrones y rotos de la clase perdida. Pasados los años me encontré con una tipa que había jugado conmigo en la tercera división de los populares y me confesó, en un viaje de metro:

– ¿Sabes, Aarón? Las cosas no me van tan mal. Curro en la tienda de ropa de al lado del Bernabeu y me saco casi mil pavos. Y eso que en el colegio decían que no iba a llegar a nada, ¿te acuerdas?

Y claro, me acuerdo, me acuerdo de aquella manera de pelear la supervivencia entre navajas de mariposa y bakalas con motos ruidosas, pero me siento triste y pienso que aquello fue una mierda de infancia sin gloria y sin literatura, porque la literatura era la biblioteca pobre de las novelas rosa. Pasados los años me cansé de aquello, quemé los puentes, le quemé la mano con un cigarrillo a mi mejor amigo, estuve una temporada enfermo pero no tomé antidepresivos y casi pierdo la cabeza. Pero me gasté toda la munición en el intento desesperado de salir de aquel barrio en llamas, aquel barrio de cementos grises y palomas obesas, un barrio que daba hacia el abismo, un barrio en el que siempre era 1987 en todos los calendarios.

Todos dopados

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

“El príncipe Felipe reafirma ante el COI la voluntad española de luchar contra el dopaje”, se lee en el periódico digital de turno. España tiene al príncipe y al rey para mentir.

Lo del dopaje o doping ya no se lo cree nadie. El dopaje ha llegado a tal extremo que los premios deportivos se dan en concesión de leasing, para devolverlos cuando te cogen. Por ejemplo el Tour de Francia, cuyos ganadores cambian cada cinco años “ex-post”, como faraones del deporte, negándose unos a otros.

El dopaje es el secreto de todo. Somos un país que ha tirado a la basura “La historia de las drogas” -general o no- de Antonio Escohotado y todo el mundo se mete de todo, hasta los deportistas. “A Antonio Escohotado y su hígado santo -que él las prueba y ya va por dos hepatitis (tóxicas, se dice) y media cirroris- que le den, pero yo la droga la quiero en casa y para cuando llegue del trabajo.” Que el español se droga hasta para trabajar. Lo nunca visto.

Y el deportista se droga con más razón. Sobre todo desde que Maradona llegó colocado a un anuncio contra las drogas y dijo eso de “al ver a los pibes me arrepentí”. Pero todos sabíamos, salvo cuatro políticos, que Maradona llevaba razón. Que el deporte, además, no es sino otra droga más. Y Maradona, colocado en ese anuncio, estuvo a punto de decir toda la verdad y mandar la campaña a su mierda ítalo-argentina. Que hasta a los italianos (Maradona es italiano) les asquea el doping su alma de artista-niño, de vez en cuando.

El éxito del deportista español frente al negro del Sur y el rubio del Norte se debe a las drogas. De hecho, eso casi se ve a simple vista y se dice que cuando cogieron a los ciclistas, cogieron también a medio Real Madrid, pero lo pararon. El Real Madrid: La corrupción puede ser blanca.

Pero también han cogido a todos los demás, a vascos, a gallegos y a andaluces. La corrupción golpea a todos los colores de la Liga. (De la liga italiana siempre ha sido mejor ni hablar.)

Nuestros héroes son de barro y anfetamina. Los cromos están trucados. Han estado siempre trucados. Desde la foto. La foto también estaba trucada como los espejos del callejón del gato. Desde benjamines, que ya era bastante asqueroso el nombre cuando lo pronunciaban los padres del colegio. “El mío está en benjamines.” Ya sabemos ahora lo que era eso y el por qué del orgullo del padre hispano. Pero bueno, el buen padre nacional es de suyo pragmático y estas cosas pasan.

Las anfetaminas por lo menos te dan la sensación de estar enamorado. Lo que reciben los Iniestas benjamines son hormonas. Hor-mo-nas. Y luego el padre odia a las drag queens (que ésa es otra liga, llena también de monstruos y fenómenos), “que no son sino maricones, hijo mío”. ¿Maricones? ¿Y el deportista español? A ver si por una vez también sale el príncipe Felipe a defenderlas.

Canción triste para el hombre de azúcar

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

CARTAS DESDE MAHAGONNY

A veces me entristece pensar en la cantidad de basura que se estrena, semana tras semana, convirtiendo las salas de cine en un hervidero de detritus audiovisual, vertedero de imágenes para niños onanistas, señoras bien que van con sus bisones y teens destroyers entre la píldora del día después y el temazo de reagetton en el móvil. Hacer cinefilia, siempre lo he dicho, es un acto de soledad y de lejanías, un malabarismos de tristezas y de ir, como un monje mendigo, de sala en sala, suplicando una emoción por caridad.

Por eso los cinéfilos montamos asociaciones, revistas, saraos, congresos, lo que sea. Para intentar demostrar de cara a los demás que estamos un poco menos abandonados, que somos un poco menos frágiles, que nos podemos quebrar en lo que cambia un plano, en lo que se pronuncia una frase de guión. Pero nos quebramos en una soledad abrumadora, sin poder llorar sobre el hombro de nadie los tres minutos en los que Bonello despliega su Nights of white satin en Casa de tolerancia, o la secuencia en la que Fassbender corre sin rumbo escuchando las Variaciones Goldberg en Shame.

A lo largo del mes, haciendo cálculos, me trago más de un setenta por ciento de lo que se estrena en los circuitos comerciales. Este mes ha sido especialmente desolador, entre azafatos queer sin gracia haciendo chistes de pollas, Tolstois desactivados que no dejaban espacio al verdadero y radical amor y postalitas “íntimas” argentinas de nostalgia psicoanalítica y otras zarandajas. Muchos fotogramas, tantos fotogramas apilados como cajas mohosas, tanta gente maleducada que habla en voz alta en la sala, tanto olor a palomita, tanto ruido saliendo por los altavoces, y al final, ay, tanta soledad como un pozo sin fondo cuando se acaban los créditos.

La soledad es el momento en el que se encienden las luces de la sala y la gente sale en procesión, hablando de otra cosa, ajustándose los abrigos, indiferentes, preocupados por si la chica que tienen en casa les roba o por si su hijo llega a casa oliendo a porro. La soledad es la ciudad, que siempre sigue siendo la misma cuando uno sale del cine con el gesto fruncido, se enciende un cigarro y atraviesa metódicamente las mismas calles y las mismas plazas. ¿Cómo habrá podido sobrevivir el trazado urbano, me pregunto, a tantas proyecciones, tantos años acudiendo religiosamente a las mismas sesiones, los mismos vagones de metro? ¿Cómo puede la ciudad seguir siendo la misma? Ese es el verdadero problema que se establece entre cine y ciudad, aunque casi nunca nos atrevamos a hablar de ello en voz alta.

Claro, a veces la cosa cambia ligeramente y aparece una película que es como un torbellino o una apisonadora o una certera máquina de taladrar que el cinéfilo apoya con exquisito cuidado contra su sien. A veces uno queda atravesado, desgarrado por la película, en tierra de nadie. La última vez que ocurrió, la cinta se llamaba Searching for Sugar man y tenía forma de documental, aunque era una canción de pobreza y redención. Desde entonces, sigo visitando puntualmente las salas de las tres ciudades entre las que vivo, buscando, escarbando, apilando fotogramas.

El cinéfilo es un Sísifo de azúcar, siempre pendiente de un trozo de papel rasgado con una fila y una butaca. Qué otra cosa puede ser. Un payaso, un ermitaño, un loco, un signo de interrogación, un hombre.

El Papa Bergoglio

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN 

A mí me parece algo baboso hablar del Papa. Pero, últimamente, además de esa sensación de baboso, me ocurría que me seguía haciendo las preguntas de rigor, las que se hacía todo el mundo: ¿Habrá cambiado algo esta semana que acabó el domingo?

Ya han elegido Papa. Ya entraron los Ferraris y los Lamborghinis por la puerta de atrás del Vaticano, como Mengeles del oro. (Que Mengele también salió a través del Vaticano con la ayuda de una sociedad agustina.) Ya circularon las coimas -irrequisables- y los móviles requisados. Ya han hecho del móvil una noticia, después de hacer del burro y del buey, otra. Ya se agasajaron. Ya se han paseado con las ropas renacentistas, los zapatos, las capas, los mantos y los gorros. Ya lucieron el rojo, que me dicen que es color del poder papal y yo digo que de cualquier otro poder. Y ahora resulta que les ha salido un jesuita. Sí, argentino. Por un lado es argentino. Pero por el otro es jesuita.

Y los jesuitas son los científicos de la Iglesia. Y de los jesuitas se teme no su ropa negra sino su origen vasco y su maleta. Como buenos vascos tienen una idea muy simple de Cristo y nada teológica: más que hacer el bien, ser bueno. Y como jesuitas tienen una maleta para andar el mundo. Esto es, un espíritu fuerte e incorruptible y un pasaporte a la miseria y a donde están las ideas. Que los jesuitas son vascos que viajan. Y los vascos tiene de malo que no todos suelen viajar.

¿Y por qué un jesuita? Resulta que no nos han contado que Roma estaba llena de mierda. Roma siempre ha estado llena de mierda. Pero la última fue la que sigue: Comprar con un sobreprecio de 11 millones de euros y con dinero de la caridad un edificio de 20 millones en el centro de Roma, al lado de la sauna gay más frecuentada del Lacio. ¡Eso es ayudar a los pobres!

Y entonces resulta que, al parecer, los cardenales sudamericanos se han plantado. Han dicho que no querían ningún italiano. Y han elegido a Jorge Bergoglio.

Y Bergoglio lo primero que ha hecho -él, jesuita- es enfundarse la tela blanca -o más bien amarilla- y punteada, de mercadillo, con la que las mujeres cubren las cómodas. Esas telas hechas con ordenador y en la era del móvil dan que pensar en Roma. “¿Y si a éste le gustan los móviles?” “¡Hasta los móviles!”  Y Bergoglio ha dejado los zapatos con sus juanetes en paz y ha dicho que quiere una Iglesia pobre, de calzado al que se le ve el juanete.

Y todo iba bien. A las mil maravillas. Se ha asomado a la ventana del ángelus y entonces es cuando se ha jodido todo: diez mil tíos abajo y uno vestido de blanco hablando solo. Es imposible que cambie nada. Esto no lo cambian ni los jesuitas. Por eso me quedo con una sensación babosa cuando hablo del Papa.