El Columnista.net

"El columnismo es la universidad oficiosa del español."

Mes: abril, 2013

El mercader de los cuatro festivales

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

CARTAS DESDE MAHAGONNY

La euforia del FIB en los años de la postadolescencia, en plan risas y cubatas y subidón ahí a muerte porque el año que no venía Leonard Cohen venía The Cure, o si no era Björk y era el sitio al que siempre iba a la gente guapa a ponerse todavía más guapa, luciendo pulsera indie, aunque yo hubiera debido empezar por confesarte que en ese momento para mí la música funcionaba de otra manera y tardé casi cinco años en iniciar un proceso de autoaprendizaje, pero esa, por supuesto, es otra historia.

                El tema de los festivales es que yo he sido siempre diurno y sedentario, amigo de mi batamanta y coleccionista primoroso de esquirlas en el hogar, una suerte de dandi de domingo después de comer, siempre con la plácida calma de lo cotidiano. Pero los Festivales, ya se sabe, han sido siempre otra cosa desde que Wagner los inventó en Bayeruth y hasta hoy, que se han convertido en felices peepshows para gente que odia la música y va simplemente a pillar cacho, niños desfogados y niñas desfogadas que se acoplan mecánicamente como cucarachas lúbricas a las tantas de la mañana en la tienda de campaña. Es sano. Pero nunca creí en ello, como nunca creí en la Cienciología o en la Modernidad fílmica. De algo hay que descreer, digo yo.

                En 2013 los festivales han aterrizado con el tamiz de la crisis –aunque siguen vendiendo abonos- y quizá me han pillado un poco más lejos, un poco más cansado, un poco más hogareño, si cabe. Me estoy convirtiendo en una momia conservadora que sólo se permite los lujos de la innovación en las playlists del Spotify, pero siempre con el tamiz comedido del descubridor entregado que persigue sombras en los surcos. Pasa el tiempo, ya digo, y vuelve a sonar la campanada de los mercados pop, cuatro mercados como los cuatro puntos cardinales (el indiepop, el poprock, el electrop y los otros pops), miscelánea para vender cosas: cervezas, tiendas de campaña, coches, vinilos. El pop siempre ha sido una estrategia de venta –nada resume el pop como la foto de Phil Spector mordiendo un fajo de billetes-, y no hay elegía más sincera que el crujido al cerrar la caja registradora. Y no es malo. En la sociedad de consumo, somos la pasta sin cocer de los delirios del Mercado.

                Este año, ya digo, los mercaderes del templo del pop andan de subidón pensando que la cosa remontará entre piedras de hachís y condones usados. Eso también es la cultura popular, aunque casi nunca lo formulemos con tanta brutalidad. En el lecho de la radiofórmula hay siempre un dragón dormido con el logotipo del Copyright tatuado en su lomo. Amarlo es amar, en cierta medida, todo  este tifón de acordes mayores y gritos de euforia orgiástica que lo dominarán todo. Si Nietzsche estuviera vivo, hubiera afirmado en su página del Facebook que le gustan Crystal Castles. Por mi parte, la quiniela no ha funcionado y tengo malas entradas para malos conciertos, una debacle musical de lejanías que no me llevará muy lejos ni muy dentro, pero que me permitirá seguir pensando –ay- que todavía puedo subirme a la noria circense de la cultura pop.

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Dennis Hopper

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Ahora abre -que la cultura es como si la hubieran robado los comisarios, la cultura se abre, se cierra, rara vez se deja suelta…-; pues digo que ahora abre el museo Picasso de Málaga una retrospectiva, bastante por debajo de lo que su nombre indica, dedicada a Dennis Hopper.

Yo tengo varias fotos del actor y siempre creo que pone al día al otro Hopper, a Edward, me refiero al pintor. Sí, el otro es el pintor de los bares, de las negras fuertes y por eso solitarias y la incomunicación, de ese “poder hacerlo todo” de Estados Unidos que es como no hacer nada, como no haber hecho nunca nada, puesto que no hay compañía, no hay otro, de la más tremenda desesperación, aunque él dijera que no y que eso era exagerar.

Si Hopper pinta eso, éste fotografía la incomunicación entre jóvenes y mujeres sobre los sillones mullidos y tan comfortables que resultan infectos, de las cafeterías USA. (No hay nada más parejo a la muerte que el comfort del siglo XX.) Si uno pinta un coche blanco, porque el coche está ahí y es americano y además es un coche blanco y un coche fúnebre -que no sé si lo pintó-, el otro se retrata al lado de un coche blanco y parecido porque tener ese coche es lo que es ser norteamericano. Y lo mismo con las cafeterías, la playa, el kiosco de revistas porno, etc., etc, hasta la saciedad. O repite las famosas fotos de la gente jugando al béisbol en ese pueblo que era Nueva York cuando todos iban a misa los domingos y no había mafias ni drogas y existía la “community” que los norteamericanos tanto valoran porque si no acabarían todos en un museo de Hopper, da igual de cuál, de uno de los dos.

Pero lo mismo que el segundo Hopper pone en día al primero, nosotros podríamos poner en día al ya anticuado “segundo” con fotos de los microondas, con pátina, con brillo individual, solitario y comunitario a la vez (en USA hasta lo comunitario es individual y solitario), en que me han dicho que calientan la comida los estudiantes de las universidades norteamericanas, por poner el caso. Que poner al día a otro no es tan difícil.

Hopper no aporta nada a Hopper. Y es que los actores nunca han aportado nada a nadie. Todavía no entiendo cómo no les da vergüenza haciendo de un gran inventor. Carecen de vergüenza.

Ya Easy Rider fue bastante mala. Yo cuando la vi me quedé sin saber bien de qué iba. Todavía la considero la mejor manera de descubrir que alguien es infantil, casi un test de Rorschach, empezando por los protagonistas, pero se convirtió en película de culto por medio de toda esa gente extraña a la que en el fondo lo que le gusta es el culto, lo que sea, que haya alguno.

La clave de la película estaba en que decía sin más que la gente es mala y que el mundo es peligroso, por lo que se aceptó como algo “afirmativo para cada cual”. Para lo que sí sirvió la película es para ver a un Hopper inseguro, actor, frívolo, frío, de personalidad flotante, que yo creo que es lo que es.

Pero que no se piense que yo tengo manía al pobre Hopper actor, al ínfimo, al fotógrafo inseguro como todos los fotógrafos, que nunca saben lo que va a salir, al macho tímido rodeado de mujeres bellas a las que contagia su tristeza de sombrero tejano tímido y gafas de sol feas de hombre desmedrado, a medio hacer, al hombre sensible y a la sombra de Hopper, el grande, y en realidad de todos, de cualquiera. Me gustan sus fotos. No son malas. Me gusta él. Pero no quiero que se valore en mucho a la comisaria o quien sea que haya juntado el fotomatón, las fotos de familia, los christmas veraniegos y californianos de Dennis Hopper. Son California, sin más.

Omar, los Beatles y Rodolfo Valentino

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Resulta que Arabia Saudí -un ejemplo de que tener o poseer sedes religiosas es a largo plazo una maldición, más que un destino turístico glorioso- acaba de expulsar al mazas Omar Borkan Al Gala, con su nombre daliniano y todo, “porque podría resultar irresistible para las mujeres”.

Resulta que vemos que más allá de la desinformación del FBI/CIA, el Islam, extendiendo estas cuarentenas, parece entender la contradictoria naturaleza femenina vagina/clítoris de forma más lamentable que nosotros mismos.

Pero es que quizá no hemos entendido al Islam y a los musulmanes. Yo no sólo les veo como “los machos alfa de todas las religiones”. De hecho, como todos los machos alfa, y eso lo saben bien ellas, entre tras cosas porque les conviene, en realidad son beta o gamma.

Yo veo a los musulmanes como a todos los hombres solos y, por ello, con la palabra “masturbación” en la frente: Son niños. Lo primero que ocurre cuando la mujer desaparece como poder es que el hombre no tiene a nadie con el que medirse. Y surge el niño, el miedo, la insociabilidad, el veneno de las relaciones entre hombres, aún más nocivas que las del gineceo. Lo segundo que ocurre es que la mujer no ha perdido realmente el poder y lo recupera, pero con cortapisas, sin poder juzgar sino siendo juzgada ella. Pero lo recupera.

Conozco bien a algunos musulmanes y, salvo en el momento terrible de degollar a la cabra -hereje y anárquica como todas las cabras-, son todos niños huyendo de las niñas. Tanto que a este tal Omar de abdominales de criminal y culo de roca le han hecho poner pies en polvorosa antes de que le vean las chicas, que son muy malas y además de verdad.

El Islam es un cúmulo de hombres y mujeres que huyen de sí mismos. Hasta el extremo que a esta belleza macho, a este Adán del desierto le toca pasar otra noche en solitario, cosa que nunca hubiera hecho Rodolfo Valentino haciendo de árabe. Un Rodolfo Valentino que había sido -y este detalle es importante- un boxeador infalible y defensor de su honor a golpes en cuanto le llamaban homosexual.

La imagen más bella que las mujeres han creado es la del entierro de Rodolfo Valentino: Esas imágenes en blanco y negro nos muestran a masas de mujeres conscientes de su fuerza, desbordando a un sheriff esta vez sonriente e inconsciente de lo que estaba pasando; ni una cadena de policías norteamericanos -que ya es decir- podía hacer nada ante la fuerza de su amor, ahora ya, por fin, sexual. Ninguna policía puede hacer nada sobre la verdad. Esas imágenes habría que mandarlas como carta de presentación nuestra al espacio exterior.

El entierro de Rodolfo Valentino fue la primera vez que la mujer -que es histórica, más que el hombre, y acumulativa- fue consciente de su sexualidad y le rindió culto. ¡Por fin la mujer conocía su fuerza en el mismo momento en que reconocía que le gustaba la fuerza del pequeño y rocoso italiano! El conocer siempre va ligado al reconocer. No hay conocer valioso sin reconocimiento y por eso las mujeres se reconocen cosas continuamente unas a otras. Ése es su lema: “reconocer para conocer”.

Y en el entierro de Rodolfo Valentino no iban a permitir que dos guardias les separaran de la fuerza de su ídolo. Qué diferencia la imagen del entierro de Valentino con las de las fans de los Beatles, que eran cuatro niños recién salidos del peluquero y con el flequillo gracioso al viento. Éste es más bien el modelo de galán del Islam: el niño con la estética centralizada y controlada y si se pasa, expulsamos a nuestro buen Omar por ser fuerte y tener la tripa a prueba de balas y de culos de mujer.

El fenómeno de las fans de los Beatles era, en cambio, impermeable. No puedes entrar en él. Yo, una vez que salieron en la tele, me puse a gritar con las fans para susto de mi abuela y a la de dos segundos tuve que parar. ¡Qué gilipollada! Aquello no significaba nada. Sólo que eran imbéciles. Todo lo contrario de lo que había pasado con el antiguo gigoló de gays de California. Aquello eran mujeres descontroladas, fuertes, y mucho, conscientes, el humus de un protofeminismo u orgullo femenino e inteligente. Que le hubiera encantado a Nietzsche, vamos, ese eterno explorador de la mujer.

Pero el Islam no permite estas cosas, estos entierros nada sacros, y manda al Rodolfo Valentino que es Omar Borkan de vuelta a Dubai, si no quiere asistir a su propio entierro. Le expulsan en un triste puente aéreo secreto de todas las mujeres. Yo no puedo estar menos de acuerdo. Y no es que me guste Valentino. Es que hace imposible la terrible belleza del entierro de Rodolfo Valentino.

Las Femen

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Está mal citarse, pero ya dejé dicho aquí que las Femen entendían que este mundo no va de tomarse las cosas en serio ni de sacarse el MIR, sino que va de despelotarse. Y ellas no paran.

La mujer hace de su cuerpo una denuncia permanente. Los senos son una queja, el pelo corto, un reproche. Y así todo lo demás. La mujer no puede dejar de quejarse cinco minutos para desconectar de la queja y la denuncia cinco minutos después, como si nada hubiera pasado, y ponerse a hablar del tiempo, que eso es importante. Las tías son geniales, eso es lo que son. Y por ahí andan cuarteles enteros de homosexuales desesperados intentando imitarlas y no les sale más que algo raro, como teatro. Cuando la mujer desconecta, como seguro que desconectan las Femen, desconecta de verdad. Ya pueden estar matando al vecino, ella estaba con la teleserie. Y eso a los homosexuales sólo les sale como farsa, claro. Como farsa y, además -y quizá por eso mismo- violenta.

Las Femen protestan contra todo, pero yo creo que, entremedios, desconectan. La mujer es amnésica al mal masculino. Lo olvida para protegerse. Para olvidar a tanto cabrón como hay, para olvidar a Putin. Y no se entera de nada. Ellas se portan bien y si las cosas no salen, pues no salen. Tampoco vas a estar pegándote toda la vida cerrando un sistema, que además, si eres sincero en el espejo, sabes que nunca llega.

Las Femen acaban ahora de regar con agua santa a un cardenal o similar que ha dicho que “sus amigas las lesbianas” son anoréxicas o algo así. Y a mí me gusta cómo lo plantean las Femen: sus amigas las lesbianas. Eso es algo que les pasa “a sus amigas”, sus amigas homosexuales. Que por algo se dice “gineceo” y no hay palabra similar para los hombres. Esto es, las tías, todas juntas, al menos “en caso de crisis”. Los tíos todos por separado.

¿Existe un esquema de la vida de la mujer? ¿Puede ser su vida, ya que no su cuerpo, destino y trazo? Todavía no he abierto el libro de Cansinos Assens del mismo título, pero no creo que la “mujer transformada”, la mujer que corre San Fermín entre en muchos más esquemas que los de las amigas, la teleserie del Fary y las mechas californianas (esto es, rubias) o similares. La mujer se ha emancipado y eso va de verdad.

La mujer es una araña que coge veneno cada vez que se arregla para nosotros. Pero lo suelta mayormente por la boca o en el trabajo. Las Femen, lo sé bien porque he tenido una novia ucraniana que las conocía, son sólo mujeres que tienen que soltar el veneno que han cogido antes, arreglándose frente al espejo. Ah, y que tienen las tetas pequeñas y similares. A las de tetas grandes no las dejan entrar.

El aceite

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Parece que la lejana, alienada y alienante Bruselas acaba de armarse de estupidez y, para evitar el fraude aceitero, ha prohibido las aceiteras como podía haber prohibido todo lo demás: la langosta, el pan y el huevo frito.

A mí lo del aceite, que además es de donde saco la fuerza yo, siempre me ha parecido lo que decía José Agustín Goytisolo: “¿quién llevará aceite a mi lámpara?” El aceite es la despensa, pero no la despensa llena de lípidos, sino la despensa de tus propias fuerzas, las reservas de escritura, de todo y, quizá, también, de luz.

Pero un tal Felipe nos metió en la Comunidad económica europea con un trueque de pan de pueblo, aceite y todas las glorias alimenticias nacionales a cambio de su fugaz luz y gloria políticas. Felipe alumbró como una bengala, como una pipa de crack, que dicen los estadounidenses. Y el aceite, nuestro oro verde, comenzó a sufrir.

Yo ya sabía, ya allá por los noventa, de las desventuras nacionales del aceite. Fue un caso típico de capitalismo semi-mafioso. De ésas conversaciones tan amenas entre los capitalistas de verdad y no las capitalistas de mercería, entre “hombres de verdad”, en las que todo el mundo se declara lo peor y jura ser de la mafia. Los italianos vinieron a España a robarnos el aceite, a presionar la venta, a entrar en la plácida Andalucía como un tiburón blanco, financiero y latino. Las grandes familias andaluzas estaban en el Rocío y orgullosas de sus flores, de sus caballos enjaezados y de salir en los poemas de Lorca, en eso de “los Osborne y todos los sultanes de Persia”. Y así no se puede. No se enteraban de lo que era la C.E.E., que eso eran siglas feas y no poemas. Y se fueron al Rocío, a ver a la virgen, mientras los italianos sacaban la calculadora y la metralleta, las dos, que así todo funciona mejor.

Vamos, que lo que dominaban los italianos era la distribución. Una de esas maravillosas discusiones entre capitalistas de verdad, decía, en las que todos, italianos o no, se declaran de la mafia. (Lo digo dos veces y entre paréntesis cobardes y de protección para que se sepa, que lo hacen casi siempre.) Entonces fue cuando a nuestro aceite le empezaron a salir burbujitas en la botella. Sí, el aceite estaba en la despensa, segura y nuestra como todas las despensas, pero esas burbujas delataban que estaba viejo, quizá -¿quién lo sabe?- en proceso de descomposición. Esas burbujas no eran normales; las había puesto la mafia, celosa del aceite español.

¿Y ahora? Ahora han prohibido la aceitera -gruesa y cómoda señora- para que no rellenen y dentro de poco prohibirán la vinagrera, que mata glóbulos rojos y se nota y eso hay que penarlo. La vinagrera, altiva y despótica, hay que reducirla, como la aceitera, a cristales rotos.

Lo que uno opina de todo esto es que me parece que los jienenses han aprendido la lección. Ahora la mafia son ellos. ¿Y los “tal y cual y veinte sultanes de Persia”? Eso mejor lo dejamos para Lorca. ¿O no?

Noche de pánico en el MIT

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Noche de pánico en el MIT, titulan los periódicos. Noche de pánico en quien nos está metiendo en una eterna noche de pánico. Sea como sea, acabe como acabe esta última sucesión de eternos asaltos dentro de la infinita serie. Cítenme a alguien que crea que la Ciencia -con mayúsculas- nos libera y métanlo luego en un manicomio.

Ya sabemos lo que nos cuentan los periódicos. A ver lo que nos cuenta luego Chomsky.

La ciencia. Y con chechenos por medio. O yugoslavos por otro, que es lo mismo. Éste es el signo de los tiempos. “Éste”, ya aquí y ahora y no “ése” o “aquél”, como decimos siempre. Ciencia. Y musulmanes. Y yugoslavos. Todos.

¿Cómo entender todo esto? ¿Debemos incluso entenderlo? Pues cojamos a una loca a lo Plath, que son lo mejor para entender cómo la sangre del menstruo nubla la ciencia y el conocer y cómo la ciencia nubla la sangre aún más. Y veamos cómo Sylvia huía de la ejecución a los Rosenberg, Julius y Ethel. Por cierto, ¿fueron héroes? La Universidad aún no sabe.

Cojamos a Anne Sexton. Que al fin y al cabo la loca escribió eso de “Tómame doceañera larguricha” y nos hace dudar si la poesía no es de ellas y de los homosexuales, de gente que convive con sangre. Sí, nos puede valer, pues escribió: “las manos de Yugoslavia,/el campesino, eslavo y decidido,/¿el superviviente, repleto de vida?” Tan repleto de vida que mata. Y todo ello con ciencia. Musulmanes por un lado y yugoslavos por otro. Y ciencia por todos lados. Y disculpen la larga cita.

El poema se llama “menstruation at forty”, que no se me olvide. Y termina con “¿y puede ser todo eso posible con los ojos de Susan?” Pero esto era previsible, casi sin importancia. Al fin y al cabo son mujeres. ¿Y cómo quería la Sexton que acabara todo? ¿Cómo quería que fuera el campesino eslavo? Con los ojos de Susan, por supuesto.

Pero “esto” no va a ser así. La Sexton ya lo sabe. Como sabe que no se puede mezclar sexo prohibido y sangre y ciencia. Como sabe que va a acabar todo en una noche de pánico. Todo, también las universidades por las que -seguro- mendigaba.

Consolémonos -¿con la Sexton?- con que la injusticia es bella, y la injusticia absoluta absolutamente bella, porque la injusticia al menos muestra La Justicia. (Otros no muestran ni una cosa ni la otra.) Aunque ésta Injusticia, la que viene mezclando sangre y ciencia en los laboratorios transparentes contra los que ya nos advirtió Luis Martín-Santos (que no olvidemos que también escribió “Tiempo de destrucción”, que es en el que estamos nosotros ahora) parece ser la definitiva ganadora.

Dentro de poco lo sabrá todo el mundo. Pero hace unos cincuenta años lo sabían locas estériles como las poetisas (o poetas, pues tenían algo masculino y macho) Plath y Sexton. Y todos los homosexuales. Lo diré una vez más y ya acabo. Lo saben los que mezclan sangre y ciencia. Estas locas y “putas de Academias” estadounidenses. Y lo sabremos todos. Poco antes de que todo acabe. Y empiece la noche de pánico que hoy ha comenzado en el MIT. La que mezcla sexo y sangre y nacionalismo y ciencia en esa “Gran Madriguera de Putas” que es la universidad (el ecologista Jose Allende dixit).

El cine

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Éste que escribe adora el cine. Tanto, aunque quizá con no tan buenas razones, como Guillermo Cabrera Infante. Lo que pasa es que sus razones, las razones de Cabrera Infante, son mejores porque él es un perseguido y yo -demos gracias a la Fundación Gustavo Bueno y otros estalinistas- aún no.

Del cine me gusta todo. Y cuando lo veo puesto entre los laureles de los festivales, por fin ganador de algo, arte tan importante y por ello mismo tan vigilado por el poder, me emociono, pues sé que se lo merece. No se puede escribir hoy sin tener en cuenta el cine. Si lo hacemos, si no lo tenemos en cuenta, no haremos nunca nada nuevo, será como si patináramos en una cinta sin fin muy cinematográfica, por otro lado.

Sus elipsis son maravillosas, no hay nada más elegante que una elipsis de cine. Son ligeras como la luz (que por algo se dice “light” en inglés cuántico), ninguna novela puede hacer eso tan rápido y tan bien. Pero del cine todo me fas-cina.

Me importa mucho, por poner un ejemplo, el papel que el cine tiene reservado a las otras tecnologías en el propio cine. El teléfono es el ejemplo ideal de ese misterio, sobre todo porque no es visual. En el cine puede pasar cualquier cosa. Lo más misterioso puede ser un coche que desaparece marcha atrás. ¿Por qué? ¿Quién desaparece marcha atrás? ¿No es acaso fascinante todo lo que desaparece, sobre todo y ante todo, por la forma en que desaparece, por la forma que tiene de desaparecer? ¿Acaso no hay familiares enfadados que salen de tu vida y de tu casa con una violenta marcha atrás? ¿Y cómo mueren las imágenes con un peso inferior a un gramo? Siempre me lo pregunto al salir: ¿Van al cielo?

¿Y cómo trata el cine a las otras artes? Es bien conocida la teoría (teoría “holandesa” porque ocurrió en Holanda con la pintura y un idioma minoritario que a mí siempre se me ha antojado precioso, listo y extraño como todo lo liberal u holandés). La teoría dice que un arte expulsa a otro. Y a nosotros eso casi nos pasa con el auge de Almodóvar en los setenta-ochenta. Duró poco, pero, como escribía bien (Umbral dixit), se nos pasó a muchos jóvenes por la cabeza llena de odio y envidia hacia el manchego. Que estaba expulsando a la novela y a la poesía de Panero en los setenta. A eso llegó Pedro Almodóvar antes de aburguesarse.

Pero a lo que iba. El cine trata bien a la poesía, a la novela y especialmente bien a otras artes muy visuales, como el teatro y, ante todo, la ópera. No debe haber cosa más impresionante que una ópera con antorchas vista en el cine por un espectador gemelo hecho de carne y luz. Y a eso le ha sacado partido ya varias veces Woody Allen. Que el cine a veces es el espectador dentro del espectador, como la televisión es ante todo un espejo que refleja el salón de tu casa o de todas las “casas medias” del país.

El cine, decía yo en “Pantalla de plata”, mi blog sobre cine, bascula entre la filosofía de la ciencia y el amor. Puede tratar cualquier cosa. Pero, en cualquier caso, es la mejor medida de la cultura de un pueblo. Una película es algo propio de la época del Kino Pravda, algo individual, pero -volvemos a Stalin– muy comunitario o al menos colectivo. Una película la piensa uno, pero la hacen miles. Un film es un acto de generosidad de miles hacia uno, el director y un acto de autoridad de uno hacia miles. ¡Suerte, Aarón!

Ana, los nazis y Justin Bieber

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Veo en el Wyoming, que ya va siendo hora de que se entere de sus propios chistes, que a veces parece que no se entera de nada -eso es lo que le pasa a veces a la izquierda, que se cree muy ingeniosa y no calcula el amplísimo alcance de sus chistes ni de sus políticas-, que un experto judío en “Pedagogía del Holocausto” (estos nombres son geniales, parece siempre que te van a explicar cómo hacerlo) ha “condenado” a Cospedal por decir eso tan exagerado de que los escraches son “puro nazismo”.

Lo que quiere decir el judío éste especialista en matanzas de judíos (ojo al medioevo español, que está lleno de pogromos sin zares ni nada y nuestros historiadores escurriendo el bulto) es que la palabra “nazismo” le corresponde en justa herencia y a callar todos. Y eso es con lo que no estoy de acuerdo. Vale que lo de Cospedal haya sido una tontería más, sobre todo lo de “puro”, pero lo primero por lo que habría que ponerle un sobresueldo más (de los legales, please) a la Cospedal es por utilizar palabra tan terrible e importante.

Yo, a los pedagogos del Holocausto es que ya me los conozco. Son unos pedagogos más. De ésos que enseñan a pensar a los niños. De los que les enseñan los números (cuando lo único que se enseña son los nombres de los números). Y estos pedagogos, como siempre, como si los únicos que pensaran fueran ellos, se han quedado el término como si los únicos nazis que hubiera que contabilizar fueran los del pasado. (Lean sino a Norman Finkelstein o véanlo en un documental con el brazo en alto -en un gag casi a lo Buster Keaton– para reírse de ellos.) Que se han quedado con el término, claro, como todos los “políticamente correct” y casi todos los historiadores.

Los historiadores, cuando les gusta algo y ese algo les da dinero -como si sus máquinas de escribir fueran máquinas acuñadoras de moneda (similares a la famosa Olivetti de Umbral)- se quedan con los términos. Y eso es lo que han hecho los judíos alargando, estirando, la “unicidad del Holocausto” hacia el más optimista e irresponsable futuro, en vez de, a lo sumo, dejarla para el pasado y eso sin entrar en debates acerca de los esquivos conceptos de unicidad, novedad, creación, historicismo, historia, pasado y futuro. Etc, etc, etc.

Y es que hasta al cantante y adolescente Justin Bieber le han amonestado -como al rocoso defensa que no es- por decir que “ojalá Ana Frank fuera una believer” (que significa “fan” suya y no creyente cristiana), cuando además eso le pega mucho a Ana, que la seria y estudiosa era la otra, la hermana mayor. Y es que Ana Frank fue la primera adquisición -comprando sus diarios baratos en el rastro- de estos historiadores que limitan el nazismo al futuro (no a las armas nucleares, no al amado Kim Jong-un, no a ciertas políticas, sí, imperialistas y judías (algo bien raro), no al próximo genocidio, que viene lleno de armas biológicas y de las otras, de las viejas, de las anteriores o a las distintas políticas ecológicas demasiado tibias, laxas o abiertamente equivocadas y más falsas que Judas

No, la culpa la tiene Justin Bieber, o la Cospedal, por sacarse de la manga una palabra del armario cerrado y polvoriento de todos los historiadores. Una palabra ya sin sentido de puro no utilizarla. O de utilizarla con tanto miedo, que las palabras notan el miedo y algunas hasta parece que lo sienten.

Sí, Justin (o Justino), ojalá fuera Ana una believer, que parece que la quieren encerrar en las puertas de madera podrida de la vieja Amsterdam. Del quai de Amsterdam de Jacques Brel. Como todos los canallas, que encierran a los niños entre la puerta y la pared, para darles mejor con la mano y finalmente con el pie. Ojalá fuera una believer, que tiene un musical y montan mucho número puritano con la actriz de credenciales ario-judías que la tiene que interpretar (y así qué papelón, más bien qué atraganto tan poco del gusto de nadie, interpretar a la Frank).

Sí, Justin, yo creo que Ana era una believer avant le nazisme y avant Bieber, que diría un francés culto como todos los franceses, como son unas “believer” todas las chicas de Amsterdam sin excepción ninguna y que Ana bailaba muy bien cerca del Dam o en el Rembrandtplein.

Que se hunde el Dam, que se hunde Amsterdam, que se hunde todo, que todo se llena de nazis, pero aún no, aún no… ¿Verdad, Ana? Dime que sí. Y baila. Sobre todo baila. Con Justin.

Los escraches

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN 

Ahora llega a España, después de la despreocupación, la especulación y el desencanto nacional (en España siempre acabamos en un desencanto, pero nadie quiere ser o tiene el talento para ser los Panero), el escrache (terrible de etimología, ¿to scracth?). La cosa no va más allá de que los países católicos siempre tienen la cultura paralela de su salvajismo, de la que no se habla, se la supone, y a la que no renuncian jamás.

O sí se habla de ello. Al comienzo de los congresos de filosofía, de la Fundación Gustavo Bueno, por poner por caso, que es donde siempre te da la sensación que se reparte todo para que coincida con la filosofía salvaje nacional. “¿Pero no sabías eso? ¡Si eso lo sabe todo el mundo!” Y así se hace que el congreso de filosofía sea de pueblo. (Y hasta los hay algunos en pueblos en los que los filósofos, sin saberlo, son los más pueblerinos de todos por lo que han aceptado en la puerta de forma filosóficamente canalla.)

Y ahora ha llegado el momento de echar mano de esa filosofía salvaje de la que siempre se echa mano porque los filósofos y economistas nacionales no se han querido enterar de nada durante diez años (o casi veinte).

En el escrache parece que el español se cae del guindo, tanto que puede resultar doloroso. “¿Cómo van a caerse del guindo y además delante de una ministra?” Pero es erróneo pensar que eso resulta doloroso. Porque el español nunca se ha subido a ningún guindo del que haya que bajarse súbitamente. Alguno todavía sigue en el guindo por pura chulería.

El español es como Jon Juaristi, que nos explicó (y le atendimos, aplicados) que en los setenta fue comunista, en los ochenta de ETA, luego del Psoe (nunca he sabido por qué ETA se pone con mayúsculas, quizá para que hiera más a la vista, y Psoe con mayúsculas y como si fuera una palabra) y en los noventa del PP (¿de nuevo mayúsculas?) y que no había nadie más congruente que él porque era España la que había cambiado y nunca él nunca jamás.

– Sí, España había cambiado desde el no existir al existir, sin ir más lejos.

El español es como Juaristi, pero con hipoteca, que Juaristi ya se la ha debido quitar contándonos tales milongas. En cambio, el español de los escraches (invento argentino y, como tal católico, es decir, comunisto-fascistoide) ha pasado de especulador a mercancía de especulación y eso le duele. Pero no por haberse caído del guindo, que además siempre calma mucho eso de echar mano de la cultura paralela y no falsable del escrache. Ni por no ser congruente. Sino por el dinero: lo único que es capaz de llevarles a rastras al heroico escrache. Que este país -y nunca una ministra- se merecía un escrache desde los ochenta.

Yo sólo espero que el escrache lo espíe un niño político -el único con derecho a espiar- y saque una conclusión distinta de la mía, de la que he sacado yo. Que yo no puedo.

El bisfenol A

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Hoy, además de llorar la pérdida de Ramón Sampedro – que era todo lo que yo no he querido nunca ser: escritor y economista-, parece que el gobierno francés desea llorar de una vez, y antes de que se lleve más gente por delante, la pérdida del bisfenol A, una sustancia química que, como da dinero, no está sujeta a la legislación propia del chivo expiatorio químico, inmediata, súbita, de las drogas “recreativas”.

Esta vez es otra cosa. Y yo ya me voy temiendo lo que es. Y no es malo. A saber: Que el gobierno francés, por su tamaño intermedio es cierto que lleva contaminando de forma nuclear ya cuarenta años la Bretaña de los simpáticos y libres bretones, pero también -ya que no está sujeto al bingo de las regiones para captar multinacionales ni a la peligrosa compañía de las multinacionales al nivel del parlamento de Europa, que es algo así como eso de sentir simpatía al ver que alguien es de tu mismo tamaño -cosa que es muy frecuente en política, la simpatía por igualdad de tamaño- tiene detalles como éste de declarar tóxicos todos los tickets de compra y todos los recibos bancarios; eso son dos cojones. Que siempre hay ejemplos políticos para todos y que los ejemplos son de quien los coge.

Y aquí es donde entra este bisfenol A que a mí ya me estaba resultando sospechoso pues desaparecía con el mismo sol, como si las deudas bancarias desaparecieran por un buen día de primavera, cuando no es así. Era que el banco, con su alma de chupatintas, ahorra hasta en tinta. El alma del banco es de pura tinta. La de los chupatintas de antaño que se equivocaban siempre a favor del banco.

El bisfenol A, lo primero, no tiene pinta de tener después un bisfenol B, así que es sospechoso desde el nombre. Por lo que yo aconsejo a los químicos del gobierno que empiecen por el nombre y por la filología, que es por donde, obligadamente, tenemos que empezar todos.

El bisfenol A tiene un filólogo médico que asistió a su nacimiento, como hay medicinas que se llaman secree, decentán o invega, ninguna de ellas demasiado lejos de la “haylírica” que imaginó Almodóvar en “La piel que habito”.

Las cosas se han de investigar partiendo no de un comisario jefe realista y rocoso sino de un detective lírico que además trabaja a pie de calle. En el colegio no nos sirvió de nada, pero entendíamos al malo antes que nadie analizando cómo hablaba. Lo que pasa es que luego nos pegaba o nos hacía una emboscada india, con la ayuda de todos los profesores y demás autoridades (a los que también se les cogía por el lenguaje y de nuevo no servía para nada).

El bisfenol muy probablemente no tiene nada que ver con el bello fenol, que es un alcohol que se muerde la cola en el sueño de un químico inspirado. El bisfenol no es una doble serpiente que se muerde la cola. Todo es mentira y lo ha descubierto un gobierno antiguo y de tamaño medio (el mismo que ha contaminado Bretaña de la forma más canalla, eso ya lo he dicho).

El bisfenol es un engaño que seguro que ha matado a Ramón Sampedro. De tantos recibos bancarios tóxicos que pasaron por sus manos.