El Columnista.net

"El columnismo es la universidad oficiosa del español."

Mes: junio, 2013

La guerra

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Libertad digital publica hoy viernes un enlace que te lleva a una página de fotografías acerca de las ruinas de guerra que hay repartidas por el mundo.

Lo primero que impresiona de la guerra contemporánea es su naturaleza extraña, su carácter técnico, casi alienígena. La guerra es un gran extrañamiento. Es un sapo en la anatomía del hombre. Pero la guerra, a pesar del negativo, es humana, está pensada, eso es lo que asusta de ella.

La guerra ha sido siempre el negativo del cuerpo, desde las primeras espadas y cuchillos, que estaban hechos para hacernos sangrar y que no se frenara la hemorragia.

Pero la guerra actual añade a esa fotografía en negativo del cuerpo (que no de la ética, pues las armas pueden ser y son utilizadas muchas veces éticamente) su estampa alienígena, de metal que duele la mano al tocarlo, vamos.

La guerra ya sabemos que, en principio, y salvo las de Bush, es algo que nos ocurre o que hacemos por ser demasiado listos, no demasiado tontos. Somos tan complicados que guerreamos. Y guerreamos porque nada está puesto y colocado en nuestro mundo sino de forma provisional. Hay guerra porque somos hegelianos, dinámicos y asimétricos, adelantados y atrasados, distintos, y creamos dinámicas hasta en la forma de tratarnos o de separarnos. Hasta el protocolo según el que nos tratamos es histórico. Si hay algo que cambia es el protocolo. Y eso hace de la paz algo difícil, reservado a los más inteligentes de nuestra especie.

La muestra de fotografías asociadas a Libertad digital nos enseña un atolón paradisíaco rodeado de coral convertido en geométrico y fantasmal aeropuerto de guerra, un tanque como frenado y atrapado por la hierba, un avión derrotado que aterrizó en el mar y se metió debajo de la arena como un niño al que pegan y se mete debajo de la cama.

Impresiona sobre todo el tanque, que los tanques vienen a ser nuestra forma de imponer fronteras. Nuestro tanque llega hasta donde se le acaba la gasolina. Y ésa es la frontera. No hay más. No hay secreto, por ahora.

Y los historiadores que lo niegan se embarcan un intento desesperado de cambiar la historia, un cambio con el que estoy plenamente de acuerdo, pero primero tiene que cambiar la historia y luego tienen que apuntarlo los historiadores. Por decirlo en términos guerreros: Primero se apunta y luego se dispara. Y no al revés.

Los historiadores nunca me han dado mucha pena, primero por la sangre, y, segundo, porque lo han tenido muy sencillo. Que hubieran dicho: “Así no se puede seguir. Pero ha vuelto a ocurrir esto y lo otro.”

Uno cree que en todo esto de la guerra nos tenemos que dar cuenta de dos cosas. Una, que la guerra debe ser vista como un escenario político natural, digno de ser pensado, como los ingleses, que mezclan ornitología y militaria en sus enormes librerías. Dos, que ya no nos podemos permitir la guerra. Por eso hay precisamente que estudiarla. Para conseguir lo único que nos ha dejado el provenir: paz.

Basta de postmodernidad

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

La postmodernidad es odiosa. Y uno se harta de ir al cine a ver si las cosas han cambiado y de volver más triste de lo que salió. El cine es el termómetro enfermo de la postmodernidad; el resto ya ni existe.

La postmodernidad puede haber triunfado en arquitectura (sigo prefiriendo los edificios diseñados por ingenieros, con ventanas en cada sala y amplias escaleras que piensan en la evacuación) pero ha dejado todo lo demás como el famoso desierto de lo real.

La postmodernidad es el teatro vacío. Son los actores vueltos hacia el espectador y haciendo todo de forma que se vea, arterioesclerótica y teatral. Es los actores vueltos hacia el espectador, he dicho: La postmodernidad nos trata como a niños. 

La postmodernidad es la auténtica muerte de la novela que no dice nada y pasan las hojas, es el símbolo y sólo el símbolo puesto a la venta, sin referente. Es el viento que se lleva al libro. Es la indiferencia del criminal.

Es la ausencia de la lengua del pueblo, es la ausencia del pueblo, con su lengua. La postmodernidad está vacía, sola. Nadie va a verla. No visita a nadie.

La postmodernidad es la niña que no tiene amigas. La postmodernidad dice que no conoce a nadie. Luego ves que vive en la crónica de sociedad.

La postmodernidad es escepticismo pero del dogmático, que dice siempre “no sé”. Pase lo que pase: “No sé.” Es la terquedad. Es la mentira.

Es el final de todas las narrativas, que al menos estaban ahí para entretenernos, para trabajarnos el alma. La postmodernidad no tiene pasado y no quiere futuro. Ni personajes. Ni símbolos enteros y completos. Ni sueño. Ni descanso. Ni alma. La postmodernidad no quiere alma.

La postmodernidad coloniza los países. Uno tras otro caen, como fichas de un dominó no -nada- matemático. La postmodernidad no hace matemáticas. Ni física ni química. La postmodernidad no hace ciencias. Está aún en la edad de la alquimia. Y de la piedra filosofal. Convierte el óxido en oro. En música el ruido. Pero se pone la bata blanca del médico, o del científico.

La postmodernidad no cura el cáncer. Ni lo intenta. La postmodernidad es el cáncer. Es la hidra de muchas cabezas, que ninguna piensa.

La postmodernidad va en serio. Muy en serio. Ya basta de postmodernidad. A la postmodernidad se la mata. O si no, al paso que vamos, nos va a matar ella a todos.

Passion/De Palma/El programa de casas de la sexta

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

1.
En uno de los momentos de En Passion, la película rodada por Ingmar Bergman en 1969, Max von Sydow descubre el cuerpo de un cachorrillo ahogándose horriblemente al ser colgado de la rama de un arbol cualquiera de la isla de Farö.

2.
La fascinación de la empresa. La fascinación de la fotografía en clave alta con espacios gélidos -pero no demasiado- y cuerpos gélidos -pero no demasiado- y salas de reuniones y botellas y ordenadores Mac y gestos de maldad pura -pero no demasiada. Los parias de la tierra andan fascinados lamiendo las puertas de las grandes corporaciones, se enchufan los putos programas en los que familias convencionales con tres hijos enseñan sus tres plantas y sus habitaciones con espacios gélidos, y Macs, y gestos de maldad pura -pero no demasiada. La peli de De Palma a veces parece una versión sardónica de ¿Quién vive ahí? y otras una versión así como light y digerible de La cuestión humana.

El problema de la empresa y el cine se repite sistemáticamente, con El capital, con El método, con Passion, pero a veces uno tiene la intuición de que algo no termina de cuadrar, de encajar, como si Costa-Gavras o De Palma no hubieran estado nunca once horas delante de un ordenador realizando una tarea mecánica, monótona y desesperante, y en su lugar filmaran la postalita empresarial de denuncia, la pancarta de la manifestación, en un falso encuadre de sabor publicitario que lo mismo podría vender perfumes que crímenes.

Y no quiero decir que Passion no me parezca una cinta notable. De Palma parece uno de los pocos directores que se molesta en mirar por el combo mientras dirige para pensar y levantar un plano. También parece lo suficientemente lúcido como para autocitarse una y otra vez, sistemáticamente, haciendo de todo el metraje un apabullante espectáculo onanista en el que la cita y la construcción del encuadre están por encima de todo discurso.

De Palma ha sublimado hasta lo genial el discurso fílmico del encefalograma plano, jugando con mujeres hermosísimas de anuncio de Lancôme, un guión erosionado, fláccido, tramposo y remotamente divertido -el mismo guión de siempre, con las trampas de siempre y los personajes de siempre-, en el que de pronto la intuición de un Acontecimiento destella y nos recuerda lo lejos que estamos de la TV Movie, y a su vez, lo lejos que puede llegar De Palma.

3.
Passion debería haberse titulado, a la contra del programa de las casas, ¿Quién muere ahí?

También ¿Quién folla ahí? o ¿Quién mata ahí?

4.

Noomi Rapace.

Creo que estoy enamorado de Noomi Rapace, o de la huella que Noomi Rapace deja en la pantalla. Hace años, escribiendo un artículo sobre la primera parte de la Trilogía Millenium, recuerdo estar horas deletreando las escenas, sin sentir ningún tipo de interés por ella. Ahora entiendo que su mímesis con Lisbeth Salander era tan brutal que ella estaba apenas agazapada tras el magma de costra, piercings, y postureo cybergótico aburrido.

Cuando la Rapace emergió de la ducha, se dejó flequillo y se convirtió en la nínfula de un cuento empresarial perverso, allá por el minuto diez de metraje, comprendí que estaba enamorado de ella. O de la huella que deja en la pantalla.

5.

No he olvidado al cachorro de Bergman agonizando en Farö. El gesto de von Sydow durante todo el metraje, que es un gesto de ternura en la desesperación, porque Bergman necesitaba aferrarse al corazón del Otro, suplicar el cuidado del Otro, y por eso murió en paz. Porque su cine necesita del amor, se alimenta del amor desquiciado en el límite de la autodestrucción. Por eso, además, su cine es inmortal.

En De Palma el amor resulta incomprensible –Blowout– o épico –Los intocables-, pero en general esquiva con paciencia esa peligrosa idea de que exista un Otro al que amar. Passion sabe algo de un amor caníbal y homicida, con esa bellísima excepción que encapsula en la media pantalla dividida del Preludio a la Siesta de un Fauno de Debussy. Sin embargo, esa delicada construcción sólo se mantiene por su superposición con el homicidio. Ese es el pánico. Cuando la imagen pretende acariciar, su mano se convierte en una cuchilla afilada.

6.

Lo mejor de Passion, sin duda, es esa posibilidad de que una mujer –Rachel McAdams– pueda autofornicarse con un Otro plástico de máscara y dildo. Ahí es donde De Palma clava el dardo en el centro mismo de la diana y se lleva el Premio Gordo de la Puta Verdad Postmoderna. El cortocircuito del deseo del sujeto se convierte en algo hermético, algo que está incluso más allá del peor delirio que puede fantasear un aspirante a lacaniano: utilizar el cuerpo del otro para que sea un yo, que a su vez, me folle. Es, por lo demás, una cifra escandalosamente brillante de la reescritura de la máxima de la psicósis –Yo no soy Yo: Yo soy Otro-, que ahora se convierte en la máxima del ser postmoderno –Yo necesito ser Yo necesito ser Yo necesito ser Yo, ya que en mi universo no cabe nadie más.

Sólo por ese gesto, por esa máscara, por esa sugerencia, Passion está por encima del noventa por ciento de lo que se estrena. Claro que igual Passion en España, ni se estrena. Se estrenará tarde. O mal. O en pocas salas. Y tampoco resulta extraño.

La gente está viendo ¿Quién vive ahí? , pero nadie parece darse cuenta de que en todas esas casas maravillosas, en todos esos jardines maravillosos, en todas esas ramas maravillosas, hay una legión de cachorros asfixiándose siempre, a todas horas, sin límite, sin esperanza, en una agonía total que no terminará nunca.

Nunca.

No pensar demasiado

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Mil tonterías arman un burullo en mi mente hipster y joyceana. Por ejemplo, Belén Gopegui. Belén dijo hace ya años que ella escribe para avisar de una carretera sinuosa, de una curva peligrosa… y yo lo recuerdo justo ahora.

Belén escribe para Tráfico. La novela no es una curva peligrosa, querida Belén, sino la suma de todas las curvas peligrosas teniendo en cuenta que el todo es más que la suma de las partes. Y Belén seguro que tampoco sabe que los derechos humanos son los accidentes y que la ideología es la suma (no aritmética) de todos los accidentes. Belén tiene que estar desesperada e inocentemente a favor de los derechos humanos, si dice estas cosas. Como si dice una cosa se le ocurre la otra…

Belén seguro que juzga los sistemas por el número de accidentes de tráfico. Y las ideologías no son un accidente, que es lo que pasa cuando se birla un derecho humano. Las ideologías, Belén, son la suma de todos los derechos humanos, la suma no aritmética de todos los derechos humanos de un sistema social.

Y no son los derechos humanos quienes juzgan a las ideologías, son las ideologías las que juzgan a los derechos humanos. Qué le vamos a hacer. Somos así de complicados, Belén. No somos simples como tú. Si fuéramos tan simples como tú o como un neanderthal todo estaría solucionado prohibiendo vulnerar los derechos humanos. Y ya estaba. Como cuando prohibes morderse a dos perros. Pero sólo las ideologías muy débiles como el islamismo fundamentalista -y ni eso- nos dan la sensación de ser juzgadas por los derechos humanos. Ésa es la tragedia. (Y esto no implica embarcarse en ningún proyecto militarista, que en eso yo -que soy un post-beatnik y un post-lost generation- le daría la razón a la inocente de Belén y a otras inocentes parecidas.)

Otra cosa que bulle en mi cráneo: En Francia, los franceses (que podían haber sido los moros) han hecho unas fotos ¡tous gays! de diversos famosos en actitud muy dulce los unos con los otros. La homosexualidad a mí me gustaría saber lo que es. De hecho, las noticias que me llegaban de las órdenes religiosas eran de que se les llamaba “viciosos” “por algo”.

– ¿Por ser homosexuales?, preguntaba yo, inocente de mí.

– No. Por ser viciosos.

Las mentes infantiles no entienden ni a los religiosos ni a los maricones. Y hacen bien.

En Francia esas fotos vienen a significar el haber prohibido decir que los maricones dan asco. Pero a muchos se lo dan. Y a mí esto me parece desembalsar litros de opinión que algún día deberán volver a ser embalsados. ¿Por qué? Porque lo creen. Y la cosa empieza a dar miedo. Se trata, de nuevo, de no pensar demasiado.

El miedo

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Los veinte años son una cifra mágica. En la memoria de la nostalgia los veinte años significan mucho, que veinte y veinte hacen cuarenta y ya tenemos la crisis de los cuarenta. Bueno, pues hace más de veinte años se paseaba Cela por España con una choferesa negra -que luego le salió rebelde y feminista y exacta a todas las mujeres, que las mujeres de otras razas sólo cambian de color- y yo lo veía todo aquello por televisión: Y entonces pasó algo que se me quedó grabado en la memoria.

Y no era lo de recaudar tantas arrobas de tinto o tantos garbanzos como kilos pesara la choferesa y ver cómo Cela era cebado con ellos como un Buda feliz y español, un rico al que al pueblo le gusta ver comer, a ver si explota o no, que eso era más bien el motivo del despistado reportaje televisivo. Fue otra cosa. Fue que vi que, fuera a donde fuera Cela, todo el mundo le aplaudía aunque no le conocieran ni a medias, aunque no le hubiera leído nadie.

Para los españoles, como muchas veces reconoció Cela, él era sólo un gallego de Padrón, un gallego de por donde los pimientos picantes. Y a mí, al ver el caluroso y, por otro lado, el frío, el gélido recibimiento al “gallego de Padrón” me entró un escalofrío por la espalda. Los rocosos padres de familia de clase media-baja se agolpaban más para ver su coche que para verle a él. O para ver su coche y, de un vistazo, ver ya de paso las dos cosas.

Allá por donde fuera se agolpaban, le aplaudían y le felicitaban y le daban golpes en la espalda y, de vez en cuando, alguien le ponía a prueba con una chanza obscena, que salía de la boca del padre de familia como un cohete de verbena y se apagaba un instante después de haber asomado por la boca, prohibido como un improperio brutal, cuando hubiera podido estar cerca de ser una pregunta. (Sobre todo impresionaba eso, la total ausencia de preguntas.)

Y Camilo sonreía como diciendo: “¡Valientes sinvergüenzas! ¡Cómo me agasajan! Pero en el fondo les doy exactamente igual. O quizá peor: Les importo, pero para que me rompan la crisma en su nombre.” 

Bueno, pues con el rey pasa lo mismo. Y con la infanta. Y con los filósofos. Y con Gustavo Bueno está pasando ahora mismo. Que Bueno lo reconoce y lo fomenta a sabiendas sin ninguna “crítica liberal” como la que podía haber venido de Cela, que eso es lo contradictorio y fascinante de Cela, que era más español que nadie pero era liberal además.

La cuestión es si criticar o no esta falta de autonomía, crítica que es lo primero que se le debería ocurrir a un liberal, si se tomara las cosas en serio. Pero los liberales quizá no debían hacerlo y deberían tomarse en cambio toda esta falta de autonomía de la gente de por aquí como un dato más.

El español es un ciudadano demediado, cobarde y lleno de artes de escolar siendo examinado. Es un pequeño escolar al que le imponen de las galletas del recreo al sitio y el compañero exacto en clase. Y lo último que quiere es que el profesor o las responsabilidades le amarguen la siesta o le visiten la alcoba de noche. Dormir para el español es sagrado. Y para eso lo que hace es siempre lo mismo: “Si le aplauden algún mérito tendrá. Así que yo también aplaudo para no parecer resentido o malo. Por otro lado, le voy a  poner a prueba con una broma a ver qué dice, que sobre las bromas tengo jurisdicción yo, que bien buenas las hago además.”

El español es el hijo mudo de un teólogo, por decirlo con la expresión más fea que puedo encontrar para expresar un fenómeno tan feo. Lo que tiene es miedo o dejadez para opinar, es el miedo a las sotanas, el miedo existencial a ser y sólo los vascos, como Unamuno o Sádaba, tienen mucha menos vergüenza a meter la pata. O los catalanes, en su caso porque los ambiciosos tienen que hablar, al menos para ratificar sus ambiciones y darse a conocer.

Todo esto es muy extraño y tardas años en comprenderlo: Los que mandan en las listas de libros y de ideas son los que nadie lee pero todo el mundo conoce. Y los que aprueban los exámenes por aquí siempre son los enterados. “Que Fulanito pensaba, se metió a discutir y suspendió.” Un país son sus escolares y nada más.

– ¡Hombre, Cela! Hombre, Bueno! ¡Caramba! ¡No les voy a conocer!

– ¿Y que dicen?

– Acaban de sacar un libro.

– ¿Cómo se llama?

– Se llama tal y cual.

Pero si le preguntas si lo ha leído se va a extrañar mucho. No tiene por qué hacerlo. Ya sabe quién es el otro, lo que dice, el recado. Lo que quiere también está claro. “Quiere esto y lo otro. Bueno, con lo primero ya ha dicho que le basta. Además, lo otro es lo mismo que lo primero.” (Lo ha entendido mejor que el propio autor.) Pero se sabe sólo lo último, que de las catastróficas ideas primeras de su héroe te quiere dejar bien claro que ya se ha olvidado.

– ¿Por qué?

Se sorprende de la pregunta:

– Estaban mal. O éstas están mejor, al menos. ¡Ah! ¿Pero no lo sabe usted?

¿Puede haber algo más contrario a Kant y a su definición de Ilustración? No busquen. No lo hay. (Y es tanto más ofensivo hacia Kant y la Ilustración cuando te das cuenta de que funciona.)

El español es un ilustrado de prestado, un filósofo que lee el periódico empezando por la primera página, pero sólo los titulares, y que luego aprovecha lo sabido para hacer el crucigrama y reírse cuando mezcla ideas verticales con horizontales.

– Esto está mal. No debería hacerse…

¿Y qué opino yo? Yo no le veo remedio. Y sólo aviso de que a ese rey, a esa infanta, a ese tal Bueno, a ese filósofo, intelectual o escritor, incluso a ese Cela, no le van a romper la cabeza en vez de a nosotros o ellos, por delegación. Más bien sucederá lo contrario.

Apuntes de cine y Hospital

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

1.
En Vals con Bashir -que es, sin duda, una de mis películas favoritas-, cuentan la historia de un sujeto que, en mitad del caos de las matanzas de Sabra y Chatila, siguió funcionando mecánicamente aferrándose a la idea de que su mente era una cámara fotográfica. Algo parecido volví a encontrarme, años después, en los testimonios de los soldados aliados que entraron por primera vez en Bergen Belsen. En mitad de la tragedia, el cerebro tiene una extraña función, una suerte de piloto automático, que protege ante lo descabellado que ocurre a tu alrededor.

Durante los últimos días he tenido que permanecer junto con un familiar ingresado en un Hospital público. No es nada especialmente grave, más allá de las implicaciones que la fragilidad y la presencia de la enfermedad imprimen sobre la vida. El hospital es, junto con el cementerio, la gran heterotopía. Vivir la experiencia de la enfermedad resulta cada vez más complicado, no tanto por sus implicaciones prácticas sino por el terrible “desenganche” simbólico que plantea con los flujos de la vida en Occidente.

Despierto a las seis y media. Conduzco setenta kilómetros. Me convierto en una herramienta de producción para mi empresa. Como en un pequeño restaurante. Sigo produciendo. Conduzco setenta kilómetros de vuelta al Hospital, me siento junto a una cama y observo cómo sufre un ser querido. Regreso a casa. Duermo. Despierto a las seis y media. Conduzco setenta kilómetros. Me convierto en una herramienta de producción para mi empresa.

Escucho las Variaciones Goldman y el Wish you were here. Pero no siento gran cosa.

2.

En los pocos ratos de soledad que tengo en la cafetería del Hospital he tenido tiempo para pensar obsesivamente en dos cosas, mis dos resquicios favoritos por los que mi mente bloqueada consigue filtrarse. El primero es el debate sobre la Nueva Crítica. El segundo es la situación de la Sanidad Pública.

Sobre la Nueva Crítica lo único que puedo decir es que tengo un cansancio reflexivo en los huesos en el que lo único que me interesa es hablar sobre cine, y no sobre la escritura de cine. Realizo un “Top 10” mental de cosas que he leído en los últimos meses y que realmente justifiquen la presencia de un nuevo corte generacional. Aunque les parezca una brutalidad, llevo en el bolsillo derecho trasero del pantalón la versión impresa de la crítica que Lolo Ortega escribió a propósito de Declaración de Guerra: Cuatrocientos mil millones de golpes. En estos días de tristeza, necesito leer una y otra vez ese texto. Dice la verdad, y dice cosas que yo siento entre estas paredes.

También pienso en Declaración de Guerra, claro, que es una película maravillosa pero que me mató de miedo. Sufrí demasiado durante la proyección, y por eso no me he atrevido a escribir nunca sobre ella, porque es un cuchillo clavado en el centro de todo lo que me aterra. Soy incapaz de construir nada sobre la cinta de la Donzelli porque hay algo ahí que está más allá de lo que yo puedo hacer con mi lenguaje. No puedo capturar pantallas ni hacer metáforas. Ahí no hay nada, además de mi pánico.

3.

 Cavada, secretario de la CEOE, comentó hace poco en una rueda de prensa que le parecía mal que se dieran cuatro días de baja por la muerte de un ser querido.

En una comida con unos amigos, uno de mis referentes intelectuales me dijo: “No debes despreciar al 15M, porque estamos viendo sus logros precisamente por el uso de la No Violencia”.

En el Hospital, nos atienden varias enfermeras y dos médicos ante los que habría que quitarse el sombrero. Tranquilizan a los familiares, se relacionan con los enfermos desde una Humanidad desarmante, sonríen con cariño precisamente allí donde el mundo se destroza. No es un tópico: cuerpos en peligro por las hendiduras del sistema, profesionales prestos para la extinción. En la cama de al lado hay una adolescente que llora en silencio. No tiene a nadie. Únicamente a una enfermera que le cambia el gotero. Cuando cae la noche en los Hospitales llega la hora de la Fiebre y los cuerpos se hacen más débiles.

Conduzco setenta kilómetros. Me convierto en una herramienta de producción para mi empresa. Escucho las Variaciones Goldberg pero no siento gran cosa.

En la hora de la Fiebre siento miedo por la adolescente de la cama de al lado y pienso, qué ostias, que en plena era de las redes sociales todavía hay gente que ocupa una cama de Hospital sin nadie que vele su sueño. Salvo la enfermera anónima. Podrán pensar que es un detalle novelesco que he inventado para dotar de mayor dramatismo a la entrada, pero lo voy a decir con claridad: en un Hospital uno no está para hacer literatura.

4.

Bowie escribió por algún lugar que la lección de los corazones inmundos siempre se interpreta delante de los sordos. Leo la biografía de Heidegger en mis tardes de Hospital y me cuesta contener las náuseas. Quiero bajarme un app que diga algo pero Itunes sólo quiere venderme cosas. La realidad funciona de manera extraña, distorsionada, al otro lado de la pantalla de protección mental. Lo único que funciona es la necesidad de la producción y la lógica empresarial.

El cuerpo del Otro duele.

El corazón del Otro duele.

Cuatro días de baja sin producir por la muerte de un ser querido, dice Cavada, es demasiado tiempo. Esa simple frase demuestra el delirio que nos rodea como ninguna otra. La muerte es improductiva.

El retorno a la barbarie, por otra parte, ya es inevitable.

El 14

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Cuando me preguntan si me parece bien la monarquía siempre pienso que la pregunta por la monarquía es como si a una persona que acaba de terminar la universidad le haces una pregunta de primaria. A veces hay quien te saca el puntero y la tabla del dos. Vamos, que me parece obvio que ahí, con la monarquía, pasa algo raro, algo no muy normal. ¿Qué iba a decir si no?

Otra cosa que no entiendo es que añadan siempre “española”, monarquía española. Yo no veía mucha diferencia con las demás.

Pero eso era hasta que he visto que llevan documentos de identidad de dos dígitos, y que la infanta tiene el 14, como  el Johan Cruyff de los buenos tiempos. (¿Puede que sea una nostalgia de su infancia culé?)

Y es que eso de pedirse los números del carnet de identidad es una horterada administrativa y a lo estadounidense (y por ello una miaja mafiosa) peor que pedirse los números del BMW. 

¡Y yo que pensaba que esto de la monarquía funcionaba como Il Gattopardo, que, según Lampedusa, se bebía una copa de champán por cada doscientas que servía! Lo que son los buenos novelistas ¡Hasta el número está bien calculado! Doscientas. Y ni una más. Los que cabían en los salones del gatopardo. Con Lampedusa recuerdo que era poesía hasta de la recapitulación brechtiana al principio de cada capítulo: “La ida a Donnafugata – El verano – Sorpresa antes de la cena…”

Pero lo último -eso es lo que nos enseña Il Gattopardo- es ser un resentido. Y eso nos enseña también la monarquía. Y yo no quiero ser un resentido o al menos no quiero serlo hoy, o aún. Aunque, ¿por qué no serlo? ¿Acaso no tenemos derecho?

Lo último que nos enseña El gatopardo es a ser inteligentes. Y lo último es ser como esos vascos de pueblo que dicen que el monte es entero del señor conde, cuando el señor conde ya hace años que no manda, está bien muerto y enterrado. Cuando el que manda es el señor alcalde -y de qué manera, y, por cierto, qué rápido se va notando- como en el Gatopardo, en donde el alcalde tiene más dinero que el dueño de Donnafugata. Lo que pasa es que todas las noticias llegan tarde al País Vasco. (Salvo la democracia, que no es noticia porque siempre ha estado allí.)

Pero volvamos al redil y la disciplina del tema columnístico: No creo que la vida de un monarca sea fácil. No lo es. Y no he entendido nunca qué es esa concepción del trabajo que tienen algunos que no ve que no descansan casi nunca.

Las relaciones con el servicio tampoco deben ser buenas. Pura hiel. Si trascendieran y alguna fuera extranjera, daría lugar a una guerra con el tercer mundo. Vamos, que yo no he visto el chollo hasta lo de los dos dígitos, a lo Johan Cruyff, de la infanta.

Y los monárquicos tampoco deben ayudar. Son gente o rematadamente mala y aburrida, bastante peor que los republicanos, o “gentes de escaleras”: Les encanta recordar las escaleras con las que hemos llegado hasta aquí: la escalera del cristianismo a la libertad y la democracia, la escalera de la monarquía al imperio, la última escalera de la monarquía a la democracia. O sea, que también son un coñazo. Además de que yo creo que todas esas escaleras están interrumpidas y faltan escalones por todas partes. (Y también se puede hacer a veces eso tan alegre de subir y tirar la escalera, como quería Wittgenstein.)

El rey mismo escribe o lee lo que le escriben como una escalera, recapitulando cada cinco frases todo lo que ha dicho previamente, que eso mismo es la monarquía, una recapitulación. Y a mí todo esto me parece muy aburrido. El mero hecho de haber escrito o leído miles de discursos como ésos ya faculta para haber trabajado un poco, digo yo.

Pero lo de los dos dígitos ya es arena de otro costal, que me parece que los dos dígitos son el pulgar y el corazón. Y alguien nos está haciendo la higa. 

Nos vamos de librerías

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

El suplemento cultural de El País -ya decía Cela, ese profeta íbero, que él creía que no era bueno que la literatura se refugiara en las páginas de los periódicos- el suplemento cultural, decía, ya no reseña libros. Pero los vende. Y por eso ha cogido y ha arrejuntado a cinco (son cinco como los dedos de la mano o como los productos que salen a la venta porque la peña con el Alzheimer ya no recuerda más o como Los cinco de Alfred Hitchcock, esas novelitas de pandillas que leía yo de pequeño) para que hablen no de libros sino ahora de librerías, de las librerías en las que no se venden los libros sino ya sólo la propia librería. Librerías-restaurante, librerías-cafetería, librerías-café cantante. Pero yo creo que ya no quedan librerías-librerías. De ésas sólo hay ya en Londres.

Por algo odiaba yo el diseño de las estanterías, cualquiera, el que fuera, que ya me parecía a mí que las estanterías de las bibliotecas tenían algo de pecaminoso y eso que tienen de pecaminoso es que parecen estantes. Los libros están a la venta en estantes, a ver si los coge alguien, durante toda su vida. (Los libros que se queman son los únicos que no salen a la venta ni te guiñan el ojo como putas desde las estanterías.)

Bueno, pues El ex-Cultural entrevista a unos cinco, pero me he podido dejar alguno porque todos son intercambiables.

Los 5 que hablan de las librerías en El Cultural -como quien habla del grano, de la pera o del chorizo-  son de esa gente que pone la profesión detrás del nombre y entre dos paréntesis, como si se presentara siempre con una tarjeta de visita oral o como si les presentara un chambelán que curiosamente se ha ido a la hora del bocata y se tienen que presentar ellos solos en esta Versalles continua, eterna, que es esta hoguera de las vanidades de la literatura en donde mejor es no meter abogados ni quemarse porque si lo haces te quedas solo.

Éstos que opinan sobre las librerías son de esos pesados que te dan la tarjeta de visita sin pedirla. Llevan la tarjeta de visita en los labios. Comparen con Panero, que escribía “Todo mi nombre está en los labios de quien lo dice”. Pero ya iremos a donde merodea esa bestia que es Panero más tarde.

Ahora basta decir que esa forma de presentarse o de presentarlos El cultureta te hace dar las gracias porque los dos paréntesis -“Fulanita (puta)”- son como los guantes profilácticos de la lectura (como también las comillas) y te permiten ver el negocio de “estos sujetos” sin tocarlo mediante la lectura. Está bien pensada esta manera de presentarlos. No tocas su profesión o negocio con los ojos. Te paras en los paréntesis. Además, la profesión de todos ellos es algo así como “sus labores”: inconfesable. (Uno del que me acuerdo es cantante de Lesbian love o de Love of lesbian, da lo mismo.)

Esto que hace El ex-cultural es como coger a un maldito como Panero y preguntarle por la editorial. ¿Cuál es su editorial preferida, señor Panero? Y esto es lo que quería decir de Panero.

Cela diría que qué importa su librería preferida y que si un librero se le resiste “le meto una hostia y lo visto de revisor”, como dijo cuando le preguntaron qué haría si se le resistía un personaje. Y yo opino que lo mejor que se puede hacer el día del libro -que en realidad es el de los libreros- es salir a comprarse algo así como espuma y una cuchilla de afeitar.

Bueno, pues “Los cinco” de El cultural hablan de sus librerías preferidas: Quim Gutiérrez (actor) confiesa que “goglea librerías de diseño”. Santi Balmes es cantante de Love of lesbian y yo ya no me fijo en más. Kirmen Uribe, desde Bilbao, se declara fan de Cámara, que allí todo el mundo sabe que es una librería homosexual. Isabel Muñoz (fotógrafa) nos dice “dónde compra”, como si fuera al Carrefour. Guillermo Galván (de Vetusta Morla) (¿?!) cita, ya puestos, el cachondo de él, a un bar “mítico” (¡!) de Lavapiés. ¡Bien hecho! Por lo menos ésos sirven cervezas frías. Y los amigos de El cultureta pasan gratis.

¿De qué va esto?

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Ya es hora de decir de qué va esto, esto de el 15M, esto de la rebelión periodística constante, esto de Bárcenas y compañía. Y esto va de democracia.

Lo que pasa es que aún no se ha apropiado alguien del movimiento, que es lo que tendría que ocurrir pronto. Que se lo apropie alguien y le dé cuerpo humano. Que aún esto no tiene cuerpo, no tiene rostro.

Que todo parece que va de democracia, pero ocurre como en las tiendas: que las cosas no funcionan hasta que alguien se hace responsable. Una cosa -la democracia- no quita la otra -el hombre. Al revés. Y el hombre ha de hacerse responsable en los años por venir.

Y eso que nuestros grandes filósofos andan como Gustavo Bueno, que no quiere la democracia directa como por vulgares prejuicios de clase. Ni se lo plantean. Que eso de la democracia directa es trampa, es como echar los pies por lo alto por una menudencia, el acabose para los comunistas, que los comunistas también son muy burgueses. Todos somos hoy burgueses. 

Pero de lo que va todo esto es de que muere poco a poco una era: la de los representantes. Y algunos aún no se han enterado. Y todo se resume en que a partir de ahora los representantes ya no tendrán el poder en exclusiva. Ni en la política ni, mucho menos, en la economía.

Y esto es peligroso, sí. Como es peligroso todo, como quedarse quieto también es peligroso. Lo más peligroso de todo. Porque los ciudadanos de las democracias mejores tienen esa idea tan falsa y tan desagradable de que las cosas funcionan solas y autónomamente, como por milagro, sin hacerse cargo nadie. Que el hombre no es necesario. Y eso son ideas de rentista aburrido. Ortega estaría de acuerdo.

Y ésa es precisamente la parte de la antítesis hegeliana que tenemos que mantener en la síntesis: El hombre singular es cada vez más importante y no menos. Y es que si se piensa un momento, Churchill es pura democracia y es más importante y más individuo que cualquier tirano que haya habido en la historia. El hombre no mengua, como en la novela de Wells, todo lo contrario. El hombre, si la tecnología lo permite, va a ser más y no menos.

Simplemente lo que ocurre es que el hombre pasa del escaño al debate, al agón continuo. Pero ¡ojo!, el debate no son los libros de la colección “Debate”. Eso no es un debate. El debate es lo que se saca a la calle, lo que se lucha hasta las cenizas, simbolizándolo y dándole cuerpo. Lo que eriza el vello porque te ha ido a buscar a ti al bar, con toda su humanidad y toda su violencia. Lo que conoce tu nombre y tus apellidos y tú los suyos. Eso es un debate.

A las cosas va a haber que seguir prestándoles cuerpo humano. Y eso no lo van a hacer los demócratas asamblearios y grises; eso lo van a seguir haciendo los iluminados, los raros, los distintos, los esforzados, los que se van a Madagascar, a la misión de la Cruz Roja, los voluntarios.

Para que todo, absolutamente todo, se vuelva a resumir en un ágora, en unas conchas, para que todo se vuelva a hacer un anfiteatro romano.

La felicidad (es cosa judía)

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Zygmunt Bauman  ha dicho que, por estar contra el consumismo, nos hemos olvidado de ser felices y creemos que la felicidad está mal. Y que, según el sociólogo judío, hay que recuperarla. Hay que darle el relevo al consumismo, vamos.

Bueno, pues yo creo que la felicidad es algo que se encuentra cuando no se busca. Es una especie de función matemática que parte de algún sitio o dominio matemático, pero no va a ninguna parte y no hace que surja nada, pero que cuando es causada por el trabajo y el sentido de la labor no hay por qué rechazarla (a no ser que el rechazo de la misma forme parte del trabajo, cosa que, por desgracia, al que escribe, ¡ay!, le ocurre frecuentemente).

Pero a mí lo que me interesa de todo esto es que Bauman es judío. Y los judíos, a pesar de ser unos famélicos vendedores de periódicos que al final nadie compra, poseen el don, el arte de la felicidad. Los judíos, como en el poema de Attila József, son vendedores de noticias de Dios, los primeros en conocer las novedades del hombre y de todo y en Auschwitz se comían los periódicos como fibra para sobrevivir.

¿Por qué sabían ser felices todos los judíos que he conocido? Pudiera ser que se hicieran con el arte de la felicidad simplemente declarando la infelicidad pecado, como en una más de sus bromas talmúdicas.

¿O puede quizá ser que lo que hace felices a los judíos sea la ausencia de un profeta? Los judíos no son un pueblo de profetas, como decía León Felipe en su poema de homenaje a Israel. Son un pueblo sin profeta.

Y así los niños judíos pueden soñar con serlo ellos, que es lo mínimo que se puede pedir si te encierran en eso que las madres llaman un “centro educativo”. Un centro educativo, un centro re-educativo, un campo de concentración, ¿qué más da para la imaginación que siempre acierta del judío?

Sí. El judío es feliz porque no tiene un profeta que adorar. Su misma estrella es un diálogo. La estrella de David que veo son dos triángulos que hacen de flechas, una hacia abajo -la comunicación de Dios con el hombre- y otra hacia arriba, que es la Megista gené, la más importante -la comunicación del hombre con Dios-.

Por eso, cuando la pinto, siempre creo que hay que remarcar la flecha que va de abajo a arriba, porque Dios, según los judíos, escucha al hombre, pero a él puede que no le escuche el hombre. Y entonces es cuando el Dios judío “se retira” o se hace pequeño. Mete tripa, que decía Alain Finkielkraut explicando a Levinas.

Compárese con la estrella árabe, que es un adoquín, un cuadrado, y por lo tanto inmóvil, que se expande en las cuatro direcciones de la rosa de los vientos.

Los judíos están por encima de estos imperialismos árabes. Y es que tienen -ellos, los judíos, y no el Israel del 48- bien pensado esto del rechazo al imperialismo, que el imperialismo, como toda superioridad que sea automática, nos hurta al otro, que es el judío, ellos mismos, y de paso nos hace infelices.

La felicidad es cosa de mujeres, de niños y de judíos.

O de premios Nobel y otros ganadores natos. Que para algunos premios Nobel judíos habría que inventar un premio Nobel que estuviera por encima de los Nobel.

Por encima de los judíos, yo sólo pongo a hippies y poetas. Por todo esto me da pena que se vayan a su tierra, que es -o, mejor dicho, debería ser- Israel. Los judíos son profetas porque están siempre fuera de su tierra. Quizá allí, en Israel, que es, nos guste o no, puro mediterráneo, se vuelvan algo así como playboys italianos o heladeros valencianos.