El Columnista.net

"El columnismo es la universidad oficiosa del español."

Mes: julio, 2013

Luis Buñuel

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Escribe hoy Javier Martín-Domínguez en El Correo que “desde que a aquel chico de Calanda, metido en la Residencia de Estudiantes, se le ocurriera pasar la fina cuchilla de la navaja por el cristalino del ojo, ni el cine ni las artes visuales en general han sido lo mismo”. Y dice bien. Nada ha vuelto a ser lo mismo. Ni los libros de a duro de la revolución del libro de bolsillo en los 50-60, ni Internet ni nada ha conseguido levantar lo que levantó a la vista de todos aquella juventud entre salvaje e ilustrada. Lo de siempre, vamos. Que lo hicieron cuatro y que la tecnología no nos ayudará a hacerlo mejor.

Y para ver de cerca de lo que era capaz esa juventud salvaje e ilustrada, mejor dicho, para ver lo que es toda ilustración y toda generación, lo mejor es otro cuadro surrealista, “Las etapas de la vida de la juventud ilustrada”. Muy irónico. Se ve un camino alrededor de un páramo desolado y un sillón grande, una bici, una jaula, un trombón, un león, un busto griego de mujer y una barrica. Era mi juventud, vamos, lo digo sobre todo por lo de la barrica. Y era una serie. ¡Las series tan de moda hoy! Y las series psicoanalíticas, que las series también las inventaron los surrealistas. Todas las asignaturas sin excepción se impartían en la universidad surrealista.

Fernando Arrabal reconoce -y ya es algo que tal resentido con la vida reconozca algo- que él todo lo aprendió en la “universidad surrealista de París”. Yo creía desde la ignorancia, cuando le oí decir eso al pequeño dramaturgo, de Ciudad Rodrigo o de Melilla, que los surrealistas daban clase y sentaban cátedra hasta de física o de derecho. El surrealismo lo cubrió todo, a golpe de genialidad.

De una exposición del Guggenheim de Bilbao, de ésas que se dedican al surrealismo porque es “divertente” y nada más,  me acuerdo -como si fueran auténticas joyas- de una chimenea con una cascada encima y de la carretilla-sofá, que era que nunca hemos estado tan cómodos como en la carretilla llena de paja de nuestra primera infancia, de la que tan inmisericordemente nos tiraron al duro suelo. Recuerdo que cuando salí de la exposición vi a unos guardias cerca del museo y me pareció que llevaban una enorme lata amarilla de bonito debajo de sus gorras y que no paraban de gesticular de formas incomprensibles para los automovilistas.

Con el surrealismo pasa lo que cuenta Anna Ajmátova que empezaba a pasarles en Rusia con el simbolismo: que daba miedo encender una cerilla porque no sabías lo que significaba. Después de ver una exposición surrealista da miedo ponerse a freír un huevo. Será que los huevos están para ponerlos en el techo, a un centímetro del alero, como en el Museo-Teatro de Figueras, que los huevos, por naturaleza, no se caen jamás.

El ozono

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Con el verano y la contaminación llega a las ciudades la medición del “ozono”, que es algo así como el gas que ejemplifica la frase de Woody Allen que dice que “antes que al Papa, prefiero el aire acondicionado”. (Es decir, que Allen prefiere la ciencia a la religión.) ¡Pues, por elegir, toma ciencia, toma ozono!

Que el ozono es malo lo saben todos los que haya olido su fragancia sin fragancia. El ozono es el ciclón B de la ciencia contemporánea, del campo de concentración en el que ahora estamos metidos todos; todos salvo los judíos, que no en vano han hecho todos estos últimos esfuerzos para escaparse y ahora son de los pocos que están fuera. (Se lo merecen; y también es lógico, que los judíos sólo se limitan a vivir las cosas un poco antes que los demás. ¿Qué se habían creído que eran? ¿Mártires vocacionales?)

Vivimos en un inmenso campo de concentración. Todas las ciudades están sitiadas por armas nucleares invisibles pero realísimas. Y huele al frío ozono por todas partes. Hasta los artistas, más que imitar a la naturaleza muerta, imitan a la química, que la química cubre todas las posibilidades sin dejarse ninguna y los artistas hoy también.

Hoy, la mera descripción de lo que producimos es un escándalo. El escándalo ha llegado al catálogo del comercial, a la mera descripción de lo que hacemos. Y al catálogo del artista, que imita al del comercial y es también pura química, pura manufactura. Por eso nos gusta el arte postmoderno, porque describe el catálogo del comercial, que es La Barbaridad de la que nos queremos enterar como sea; y si es mediante el arte, mejor, que así no asusta.

Un día saldrá el aire de todos nuestros cuartos cerrados -de esos que espantaban a nuestras madres con su olor a tumba- y al abrirlos tendrán que salir corriendo todos los animales de la Tierra. Lo único que creo que va a quedar son los ingenuos jardines femeninos. Las rosas, etc.

Es cierto. No hay que exagerar la ecología. El mochuelo necesita su poste de teléfonos. Pero el indetectable ozono de las ciudades me crispa los nervios. Lo que más temo es la tecnología limpia, la suciedad oculta, los periódicos parques urbanos de las ciudades avanzadas, los setos recortados. Los árboles eficientísimos de raíces tan compactas que debajo no pueden vivir los topos. La oveja Dolly. El mar sólo aparentemente azul. Los panes con sabor a ropa y color a madera pálida y triste que dicen que son sanísimos. Lo silencioso. El “¿qué estarán haciendo?”. El ozono. 

La velocidad

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Como decía Umbral, el capitalismo anda hoy descarrilando por todas las esquinas. Y a mí me sorprende -una vez más, pero me sorprende- la hipocresía de los periodistas que no ven en la sociedad capitalista moderna, vamos, en la de ya, la de ahora mismo, la huella culpable de lo que ha pasado ayer en Santiago.

No hay nada más actual que el ir a toda hostia no se sabe de dónde y no se sabe a qué. Tanto es así que, como vemos, han metido velocidad hasta en la estática, burocrática y funcionarial Renfe, con sus relojes como estáticas hostias, blancos y sin manillas, como los relojes de las películas de Ingmar Bergman.

Se ve que hasta a Santiago han llegado ya la velocidad. Hasta a un paso de Iria Flavia y sus latines. Y a un paso de la tumba de Cela, que era hombre de ir a pié, con alpargatas, y evitar ciudades y aglomeraciones. (Y por ese rechazo rural los críticos de lo políticamente correcto le llaman antisemita, a él y a Baroja.)

Renfe, como decimos, ha basado su desarrollo de los últimos treinta años en ir a toda hostia no se sabe de dónde no se sabe a qué. El escándalo es mayúsculo. Ha desatendido todas las líneas rurales, municipales y comarcales para ir cada vez más rápido, como en Speed 2, de Sandra Bullock, que lo que nos quería decir la Bullock es que el capitalismo no puede ir cada vez más rápido. Es imposible.

A la Renfe es que nos la han cambiado. El funcionariado sigue siendo tan chulo y negligente como en los tiempos del general y las papeleras triádicas -papel, plástico y orgánico- dan todas a la misma bolsa.

Pero ya no es nuestra Renfe, la de las estaciones hechas como de papel recortable al otro lado del puente y del río con remolinos de recortable, todos siempre en el mismo sitio. Así eran todos los pueblos españoles.

Cada pueblo español tenía un río que fluía continuo como un milagro bajo el sol, un puente de ingeniería dificultosa y una estación de recortable, como los recortables de estaciones y castillos de España que mis padres me traían cuando estaba enfermo, para que hiciera algo mientras lo estaba (pero a mí la enfermedad me ocupaba en exclusiva). Era una estación perfecta, como son perfectos todos los recortables.

Pero Renfe ya no es eso. Ahora ya no conecta los baúles del veraneante con el taxi y con el pueblo en ese momento tan especial de todas las películas que es cuando el veraneante llega en el tren del progreso y le sueltan una fresca y éste se da cuenta de que ha pasado algo, que ya no está en la ciudad sino en el tiempo lento del pueblo, que ha llegado y que todos sus bolsillos llenos de dinero ya no sirven para nada, que lo que cuenta ahora es “la gente”. Que hay un solo taxi y se toma o se deja.

No. Renfe ha desatendido la lentitud. Renfe conecta ahora la basura nuclear que necesitan sus velocísimos trenes en vena con la más pura y vacua velocidad. Los trenes de Renfe son yonkis del dinero, del uranio, del reloj, de la velocidad. Que la velocidad rejuvenece al hombre y hace su vida intensa como la moda rejuvenece a las mujeres. Y así los trenes olvidan la lentitud, el pueblo, la sociedad y el reloj siempre quieto de la estación de recortable. Y luego pasa lo que pasa. ¡Y luego le echan la culpa a un pobre maquinista!

La camiseta

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Me “reincorporo” a la gimnasia sueca de la columna -como la gimnasia, lo que más cuesta es dejarlo y luego volver- con tres días y una columna de retraso debido a un curso de verano. Los cursos de verano suelen estar llenos de mesas redondas donde hablan cuarenta y entonces se convierten en concursos de chistes donde cada uno tiene dos minutos para contar el suyo. Pero se ve que el mío ha sido más que eso y se ha expandido injustificadamente más allá de lo debido.

Y se reincorpora uno a la autopista de las mil columnas comentando al español de pié, al español soliviantado y rebelde de las caceroladas delante de los bancos y los escraches. A ese espécimen que rememora a golpe de cacerola la mili y el recio compañerismo debajo de una burda tela… esta vez al lado de la sucursal.

A mí, de todo este fraude financiero -no dudo ni por un momento de que haya sido un fraude-, lo que me impresiona es el poco dinero que han entrampado al cauto inversor nacional. Pero éste no duda en enfundarse la camiseta de estafado, camiseta que es a lo que voy.

Los yankees inventaron la “T-shirt”, pero los españoles inventaron su uso rebelde. La camiseta es la armadura del estafado, el balcón con su pancarta, la foto desenfocada del desaparecido. Y eso a lo largo y ancho de toda la Hispanidad, también en Colombia, que los colombianos la utilizan mucho para sus desastres nacionales. Donde veranea o juega al golf un financiero hispano, donde enturbia la escena un tiburón bancario, surge, llena de ira, la camiseta del estafado.

Eso ellos, que la camiseta se la ponen ellos -y tienen permiso de ellas hasta para casarse con ella puesta en la boda-, mientras que ellas, igual de compungidas -por la pérdida de la pastizara, por la engañifa, por el error médico, por el desaparecido omnipresente- lucen el modelito y sus volantes, que los volantes quedan muy españoles, aunque ellas eso no lo saben, que, sorprendentemente, no se fijan en los múltiples y ambiguos significados de la moda.

Ellas no se ponen “la camiseta”. “Eso es cosa de él. Ahora, estamos de acuerdo. Como en todo… No vamos a estar de acuerdo, ¡con la cantidad de sinvergüenza que hay!” Lleva usted razón.

Y esto, ¿por qué? ¿A cuento de qué? Yo creo que el español vive en un desastre del noventa y ocho perpetuo, en un miedo de que le sisen las cuatro monedas que ya le han sisado y, sobre todo, dos cosas: Respeta muy poco los contratos (me engañaron, yo no firmé y, sobre todo, no me informaron) y es de natural sadomasoquista o muy consciente de ello, de… la cosa, de “cómo es la vida”.

Ya decía Michel Foucault que el sadomasoquismo movía a la sociedad y, si no, ya lo digo yo, que para decir eso no hace falta ser Foucault. (Lo que pasa es que él, además, lo practicaba con fruición, y así le fue.)

Y, así, al español lo que le jode no son las cuatro perras que no le han robado, perras que se deja en cualquier propina. No. El español, como Foucault, es muy consciente desde niño de ese elemento “sadomaso” del contrato, de la sociedad, de todo. Y lo que lo llena de ira, lo que le desata una pasión fuerte, muy fuerte, en el pecho debajo de la camiseta es que le den por el culo.

¡ATENCIÓN!

¡¡¡SE SUSPENDE “LA MENTE HIPSTER” POR VACACIONES Y CURSOS DE VERANO HASTA EL 19 DE JULIO DE 2013 !!!

Bretón gigoló

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Ahora que ya ha sido condenado el “psico” (y para mí eso, empezar a escribir luego, después, era muy importante) me gustaría tratar un tema que, yo según, ha sido el más interesante del juicio, además del psico en sí, que ya hemos visto que el hombre es una especie que guarda dos especies en su seno: los bretones y el resto. Y lo que más me ha interesado es que Bretón es un gigoló, que no le falta una mujer, vamos.

La llamada de Bretón a su antigua novia, después de los asesinatos infantiles, convenientemente filtrada por el juzgado antes del juicio, es canónica. Debería estudiarse en las facultades de psicología. Que si quiere el beso que la otra no le dio por un flemón, seguro, inexistente. El beso-flemón de Bretón es tan importante para mí como el caso del hombre de los lobos para Freud

Bretón-gigoló-flemón se echaba el farol de ir a por el beso de una antigua novia que un traicionero flemón le robó. Y todo esto me da que pensar acerca de la inteligencia de muchas que se creen tan listas no en lo otro, en eso no, pero sí, claro que sí, “en lo emocional”. Y tampoco. Lo del flemón es de no haber leído ni a Bécquer.

Si los mundos fueran de la seriedad, las chutis dominarían la galaxia. Pero parece que no es así. Que hay que hacer algo más que dar el pego mirando fijamente en clase. En clase, por lo que recuerdo, los chicos pensábamos y las chicas cuidaban de que el profesor no se contradijera. Y a mí me quedó muy claro. Me fui a la primera fila y dije algo así como que las titis tenían que espabilar. Juro que fue con la mejor de las intenciones, aunque ninguna me creyó.

Y mariconadas las justas, queridas chais. No digáis que nosotros también tenemos que salir de nuestro despiste así como vital; eso es obvio. Pero eso me interesa menos que vosotras. Y -como decía- mariconadas las justas. Que últimamente lleváis una década -o dos, o tres- bastante quejicosas.

Os escribo esto precisamente porque creo que somos exactamente iguales en inteligencia y, casi, en todo lo demás (salvo una cosa; ellas son más valientes). Somos diversamente iguales. Pero hay algo que nos diferencia. La atención: Que hay que estar a lo que hay que estar y no puede ser que haya tanto poeta romántico despeñándose por el viaducto y tanto hijo de puta que os hace poesía con flemones y la cosa cuela.

Queda dicho, pues. Sin resentimientos. Que digan que soy un carca de la época de los carcas, que además quizá es verdad, no me importa, pero que les tengo malas intenciones o me han hecho ellas mala sangre cuando lo único que he hecho toda mi vida, absurdos ligues aparte, es avisarlas, eso, que no lo digan. Avisarlas es, para mí, lo único que tiene sentido. Así que no empezaré con la eterna queja del Gustavo Adolfo Bécquer solo en su celda. Yo aviso. Como avisan los ángeles. Como avisé yo aquél día. Lo que pasa es que el que avisa, no suele follar. Cosas de las pochas.

La letra

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Ya ha salido la letra de las estudiantes españolas -mala, torcida y suspendida para septiembre- en los papeles de Bárcenas

He aquí mi teoría, improvisada, como siempre: Bárcenas no ha escrito sus “papeles”, que además no son papeles, como los papeles de Son Armadans: Son listas. Listas de la compra del político español que todo político español responsable lleva en el bolsillo de la chaqueta para comprar a un ídem. político parlamentario español. Y esas listas las ha escrito una chai.

Bueno pues estas listas dicen, a través de la letra, muchas cosas. Yo, ya lo he dicho, creo que en Madrid hay una secretaria feminista más que opina eso tan manido de “¡lo que me ha hecho hacer!” Eso sí, por la letra se puede ver no sólo que la srta. en cuestión lo sabía, sino que le importaba un rábano y lo mismo apuntaba decididamente el nombre de un presidente que el de un ministro. ¿La diferencia? Entonces, ¿cuál es la diferencia, como dicen los americanos y tenemos que empezar a decir nosotros? Probablemente que la srta. creía, estaba convencida, de que todo iba a salir bien mientras le farfullaba a Bárcenas, el galán, al galán de Bárcenas, que iba a salir mal. Por si acaso…

Ya ha salido, pues, el boli bic azul-mediterráneo, español y sucio. Ya está la letra de colegio de monjas de la secretaria, que España no es sino una bronca entre órdenes religiosas y una mala amistad entre secretarias. Los de agustinos contra los de jesuitas y todos contra los franceses maricones ésos del babero. (Lo de maricones se piensa pero no se dice que son curas.) Ya está, decía, la letra de la copiona de la clase, ejemplificada para todos.

Con esta letra de delegada odiada de clase, la trabajadora española no va a ningún sitio por Europa. Los alemanes y otros cultivadores de la caligrafía la van a ver venir de lejos. Los japoneses sabrán por la letra de su mal, de su pésimo karma.

La de las listas de Bárcenas es una letra como de poema de Anne Sexton. La letra misma dice eso de la Sexton de: “Doceañera larguirucha, tómame.” Algo así. Las órdenes españolas. En lo que quedan. Luego. Un poco más tarde de primaria.

El problema de España es que los niños ya no escriben con tinta indeleble sino con los bolígrafos que ha ido repartiendo Bárcenas, sin que nos demos cuenta, por todo el mundo. Y los niños y las niñas ya no saben hacer los números y tampoco una “o” con un canuto. Y así salen los nueves y los sietes, los números de la mala, de la maldita y merecidísima suerte que tenemos desde hace cinco años.

Ésta es la grafía de España. Si hubiera un grafólogo honesto en este país, lo hubiera dicho él.

El problema, decía otra vez, es que ya no se escribe a pluma. Y a escribir no se aprende; se olvida, se desaprende. Que el boli tiene eso que gusta tanto y que dice la publicidad siempre de que escribe en todas las direcciones. Ése es el problema del boli, ése es el problema de España, ése es el problema del tacto al coger o tomar el boli: que en este país se escribe en todas las direcciones. Y esa grafía “muestra mucho”, como dicen los grafólogos. A saber: que con un boli no se puede escribir recto. Es imposible. Y que el boli es traidor por naturaleza.

¿La reforma educativa? Hay que repartir plumas a todos los escolares. Urgentemente. Que ya nos han colocado los bolis. Por todas partes.

Yo veo que España toda es un ofrecerme de bolis a mi alrededor. El que he robado del Inem, el las preferentes, el de la hipoteca…

Jenófanes contra Supermán

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Dice el gran Karl Popper en “El mundo de Parménides” que Jenófanes, quien dijo lo de que todo no era sino “una maraña de sospechas”, fue el primer crítico literario y el primer teólogo filosófico. Y además, digo yo, relacionó las dos cosas, o las tres, pues quiso hacer mortales a dioses, a escritores y héroes y a filósofos (que es lo que aún no le perdonan los del gremio).

Esto, como siempre en esta columna, viene a cuento de algo. Como siempre. Que uno no dice las cosas así sin más, para que se las lleve el aire de Internet. Y viene a cuento de que han estrenado la nueva basura en forma de rollo de película que es “Supermán”. Un supermán postmoderno y con infancia traumática que nos ha demostrado lo lejos que estamos incluso de los ochenta. Estamos peor a cada paso que damos y nos alejamos de los cincuenta y sesenta. Se diría que la postmodernidad nos ha dejado sin argumentos y sólo ha quedado el trauma-disculpa y la inevitable y posterior violencia.

En España seguimos haciendo cola en el cine. Estamos en la cola de una película de George Lucas. El español, en plena crisis -una crisis culpable, además- sigue en la cola de una película de George Lucas. No ha mejorado nada. (Y ya sé que “Supermán” esta vez no es de Lucas.)

Estamos en la misma cola en la que vi salir a una norteamericana -gorda de palomitas- en televisión diciendo: “George Lucas es nuestro Homero. Y la guerra de las galaxias, nuestra Odisea.”

Y a mí me costó darle la razón, que los norteamericanos siempre tienen la razón para desgracia de todos los demás. Y aún no sabemos que el mal gusto de los estadounidenses es universal. Será mal gusto, sí, pero es universal.

Los “americanos” -cuesta hasta ponerles un nombre menos universal de el que tienen- de lo que tiran es de las religiones universales más Homero. Y es que, como decía Umbral, qué mal lo hicieron los que escribieron la Biblia. Cualquiera lo puede hacer mejor. Los de la Biblia simplemente influyeron, sin más. Pero no influyeron en los que tenían que influir. Y con Homero vale tres cuartos de la même chose. Influyó mucho y nada más.

Lo único que tuvieron -Homero y la Biblia- fue éxito. Y es ahí donde entra Jenófanes, que criticaba a Homero porque sus héroes eran todos inmorales y sus acciones todas fantásticas (y es peor lo segundo que lo primero). Jenófanes venía a protestar porque Homero llenaba las cabezas de los griegos de palomitas.

El problema de este mundo es que la peña quiere ser Zeus o Supermán. Y no puede ser. Lo que hay que ser -lo saben todos los niños, que fantasean mucho con inmortalidad y omnipotencia y las descartan ambas- es mortales, en todos los sentidos (también en el moral). Y sobre todo, en arte. El arte es de los “humanos demasiado humanos” y no de “los inmortales” de “corazón pequeño”.

Yo estoy con Jenófanes. Homero es de pésimo gusto. Es plano como todos los personajes de éxito o todas las familias felices, que diría Tolstoi. A mí que me den la mortalidad que me es debida, que me den a los mortales Lampedusa, Nabokov, Ginsberg, Eliot, Cervantes… Que la inmortalidad, la omnipotencia, es Nietzsche en el laboratorio de biología. Que es de lo que están haciendo propaganda los ameri-nazis. Y de ahí ellos mismos ya saben que no puede salir nada bueno. 

Yo me quedo con Kafka, con Lorca, con Erofeiev… Yo los quiero bien mortales. O bien muertos. “Sin ellos -como decía Bukowski– yo hubiera sido motorista de la policía”. Que es lo que la peña quiere ser. Zeus, Dios y Homero para mí no fueron más que motoristas de la policía. Malos ejemplos, vamos.

Las cuatro reinas de Sudamérica

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

En una foto reciente han aparecido Maduro, Evo, la Kirchner y Correa engalanados con sus mejores chándals y con collares de flores al cuello.

Eso es en lo que creo que han convertido ese paraíso macho que es Sudamérica: En cuatro sinvergüenzas con un collar de flores al cuello. Con oro y plata robadas a la naturaleza.

Ésa no es la Sudamérica, o Centroamérica, o Iberoamérica o como quieran que se le llame (es bonito eso de no encontrar una palabra para definirlos sin dejarse algo importante fuera, es bonito y muy sudamericano) que he conocido yo. Esos cuatro no te dan los consejos machos y como de torero americano (¡y tan necesarios siempre, tan psicológicos!) que me daban a mí cuando estuve por Cuba. A esos cuatro les basta su voz para no creerles nada.

Que son “los gobernantes de Sudamérica”, son la mentira que empieza en México y acaba en Tierra de fuego. No tienen nada que ver con el pueblo. La mentira empieza trágica con los zetas -made in USA- y acaba con la bronca como de ilusionistas que hacen aparecer y desaparecer cosas que tienen entre Chile y Argentina, allá abajo.

Y eso que Sudamérica, vista de arriba a abajo, es una casa de pisos con gente diferente pero en un mismo país. Esto son sólo cuatro trileros típicos de allí.

Es la Sudamérica de los intelectuales fraudulentos que hablan de la “verdadera felicidad” a los iniciados en el bolero intelectual, como si no nos diera suficientes problemas la felicidad a secas. ¿Hay forma de enmendarlos? Difícilmente. Del todo, no. Los alemanes ven realidad en la magia y los sudamericanos ven magia en la realidad. No tiene remedio. Pero en realidad no hay que enderezarlos a todos.

La Kirchner tiene pinta de ser de esas mujeres que sólo dice “yo, mío, mi” golpeándose el pecho hasta que le suenan los pendientes. Entonces para. Maduro es esa Sudamérica a oscuras, que no genera ni luz propia, que la coge prestada y no la agradece al Norte rubio, de donde viene por aquellas tierras con la oscuridad natural, endémica, de la selva. Correa es un galán de los que no saben ni sienten cómo palpita la noche, cómo tiembla cada hoja, cómo respira el globo con cada palma allá por sus países. Evo es un indio negro y listo que hace muy bien en defender la coca. Quizá, donde hay hambre hay sentido común y ha sido el que peor lo ha pasado de los cuatro. El cocalero. Aunque me dicen mis amigos sudamericanos que no, que tampoco.

En conclusión, estos cuatro confunden la política con el infame bolero y el infame bolero con la bondad, la amistad y todo lo demás, pura verborrea. Habría que matarles al cantante y destrozarles el piano. Pero no se puede, que en Sudamérica la música no está puesta y quieta en su lugar. No está fija en las orquestas. Con tanto negro está esparcida por todas partes…

División de poderes

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Parece que los grandes estadistas de hoy en día se han pasado el día jugando al juego de los baúles de Porcia en el avión de Evo Morales y en el aeropuerto de Gran Canaria. A los políticos les gustan mucho los juegos shakespeareanos y alguno hasta se hacía pasar por experto en Shakespeare y en Cela. (Ese político-literato dijo que a ninguno de los dos le interesaba la justicia: el inglés era “poder” y al español le daba todo igual, sin más. Vamos, que “fuese y no hubo nada”: No los había leído o, si lo había hecho, no se había enterado de nada. Y luego se cayó un avión lleno de militares y se demostró que el personaje shakespeareano era él.)

Los políticos son Shakespeares sin alma. Lectores de Shakespeare que en vez de con los gritos pelados de Shakespeare en defensa de la justicia se han quedado con “el gusanillo de la política”, como dicen ellos, tan poéticos que se ponen.

Bueno, pues a jugar. Lo que realmente ocurra, quién tenga la razón, eso es secundario. Hay que jugar. Hagan juego, señores. ¿Dónde, en qué caja se esconde Snowden?

Tenemos un espía norteamericano, Snowden, que se ha cansado de espiar a los demás y ha espiado a la CIA. Tenemos cuatro mequetrefes populistas y sudacas jugando al escondite con ese espía que ha cambiado súbitamente de opinión. Tenemos a unos estadounidenses que han fundado toda las mafias habidas y por haber (los zetas, la mexican mafia, la dieciocho, la salvatrucha) y todos los distintos cárteles al sur del Río Grande. Los estadounidenses es que utilizan Sudamérica y Centroamérica para llenarlas de basura, como un hermano mayor hipócrita y camastrón cuando intercambia objetos con el hermano pequeño. Y sobre todo tenemos que, seguramente, nada de lo que ha hecho el tal Snowden es ilegal.

Chomsky dixit -me encanta concederle el argumento de autoridad porque no me creo que lo odie tanto cuando se trata de sí mismo; sería el primero-, Chomsky dixit, que se puede descarrilar un tren lleno de armas destinadas a una guerra ilegal y que nadie te puede condenar por ello. Y resulta que lo que denuncia Snowden era todo ilegal. ¿Entonces?

Hay una belleza hegeliana del derecho que te hace preguntarte quién coño legisla en este mundo lleno de estos políticos que tenemos para que se legisle tan bien y se juzgue tan mal. Pero es que no legislan ellos, la politiquería: Legisla la Historia (la Historia y sólo cuando la Historia se porta bien). Pero dejemos esto de lado.

Snowden, con sus gafas de G.I. Joe del ejército de Estados Unidos, tiene pinta de no haber roto un vaso. Pero el día ha sido un bullir, un ir y venir, un maremagnum de cancillerías, de amenazas y de mercedes-benz yendo de embajada en embajada, que los mercedes-benz llevan una mira telescópica en el frontal y por eso los llevan los diplomáticos.

Ha sido un día que ha dejado cual Ofelia, shakesperianamente violada, la inmunidad diplomática de varios países y, quizá, ya veremos, la de Repsol. Y ya sabemos de cuáles países hablamos.

Y, encima, todo, absolutamente todo, habrá sido legal: Snowden no ha hecho absolutamente nada. ¿Entonces? Entonces los jueces, que, malgré Antonio García-Trevijano, se inventan los cargos, que para eso están. Que, cuando los políticos dan un poco de tregua, empiezan ellos con sus togas negras y el alma a juego.

Lo que realmente está detrás de todo esto es la división de poderes, querido Antonio. Que no hay. Que no existe. Y que no ha existido nunca. Ni en Estados Unidos ni en ningún otro lugar. Que, en todo caso, se llama honradez ciudadana, patriotismo administrativo o lo que toque. Y que, como todo lo que merece la pena, es una ficción. Una ficción, una idea. Que no es poco. Pero que a veces no es nada.