El Columnista.net

"El columnismo es la universidad oficiosa del español."

Mes: agosto, 2013

Arconada y el fútbol

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

El fútbol. El fútbol yo no sé lo que es. Nunca lo he sabido, ni siquiera cuando, a mis doce años,  Arconada llegaba a cenar a casa de un amigo.

Seguía sin saber lo que era, por mucho que se acercara la hora de que él viniera a verme. Me fui a reunir secretamente con la campa que nos servía de campo y la campa no me dijo nada. El campo de fútbol no dice nunca nada. Es sólo hierba. A veces es seca y entonces dice todavía menos.

Y eso es porque el fútbol es demasiado abstracto. Y yo no sé cómo definirlo. Ni siquiera ahora que cae el viejo San Mamés, víctima de las excavadoras, sabría decir lo que es, qué es eso que cae.

Más allá del placer de aprender a dominar algo con los pies y no con las manos, que es una psicología del fútbol, no sabría cómo afrontar una “filosofía del fútbol”. El fútbol es aprender a hacer las cosas con los pies. Sí, pero ¿eso qué es?

El deporte vasco es segar, remar, cosechar… Es trabajar. El fútbol es muy abstracto, es un deporte de equipo. El deporte vasco, en cambio, es muy concreto. Yo lo único que sé, desde que conocí al portero Arconada a los diez años, es que nadie malo se dedica en cuerpo y alma a un deporte.

Aquella reunión en casa de un amigo común me ha marcado de por vida. Arconada, lo primero que hizo fue darnos la llave del coche, para que se lo guardáramos, un bonito deportivo japonés que nos volvía locos. Encendimos tantas luces que para cuando se fue casi no podía arrancar. 

Cuando nos hartamos del coche y subimos a la casa, Arconada nos habló de ética en el deporte, de paz (en el País Vasco; era muy contrario a la E.T.A.), de que al final la ética se imponía siempre, en el deporte y fuera de él, y de que la Real Sociedad no admitía encargos para lesionar a otros jugadores. Y de que eso, hacer eso, no sólo era justo sino que se terminaría imponiendo. Y así fue.

Arconada me dio la sensación de ser un caballero del fútbol, harto de la corrupción de las apuestas y de los laterales sin ánima ni aliento que no corren, abandonando al portero a su suerte, desvanecido, entregado, a la muerte del gol. Entonces aprendí que los verdaderos deportistas, los que se esfuerzan de verdad, nunca son malos. No hay campeón que sea malo. Y quizá ése sea el sentido secreto del deporte e incluso del fútbol.

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El cachondeo

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

A España lo que le pasa -como le decía yo a algunos de la Fundación Gustavo Bueno– es que es un lugar demasiado culto y demasiado plácido. Y por eso tiene tan malos modos. Al español habría que trasladarlo a cuando los conquistadores andaban perdidos por las infinitas ciénagas de Sudamérica. Eso, ciénagas y más ciénagas, que en las ciénagas se hace la historia.

El español tiene alma de andaluz camastrón y así no puede ser. Los griegos vivían permanentemente angustiados por el agón (que era “la lucha por la vida”, y de ahí viene, por ejemplo, agonía) y el horroroso Hades y yo siempre he pensado que gran parte del carácter despierto de Estados Unidos viene de la posibilidad de despertarse en una habitación donde puede haber una serpiente cascabel. Estados Unidos es, así, trabajo duro y sueño ligero.

Y lo peor del español es el cachondeo, la broma fácil. La autonomía que se deshaga de el cachondeo, triunfará casi sin proponérselo. El cachondeo es el cajón de sastre español, su fosa común, su negligencia cobarde y encima canalla. Siempre he pensado que si un antropólogo se pusiera a estudiar el cachondeo llegaría a la tristísima conclusión de que el cachondeo se utiliza sobre todo para descartar el trabajo ajeno, aun siendo gratuito, y, encima, con cachondeo.

El cachondeo es el escondido instinto de tánatos del íbero. La carpeta donde va el trabajo ligero del oficinista, el dossier que no quiere revisar el médico o la noticia que al periodista no le conviene dar. Es la fosa común donde caen todos los escritores maltratados, en la que tenía miedo de caer Cela. Y en España sólo triunfa, sin proponérselo, el cachondo.

El cachondeo descarta todo lo original, todo lo novedoso, todo lo valiente. Es el sofá mullido en el que se tira el español, su disculpa para todo, sus novillos infantiles justo de la clase dura del catedrático. Los griegos no tenían disculpa ninguna. Ni los antiguos judíos. Ser yankee no es fácil. Para algunos, ser español es un cachondeo, un cachondeo continuo. Esta columna la he escrito un día tarde porque ayer estuve de cachondeo.

El amor latino

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Hace unos días se volvió a volver viral un cortometraje -apadrinado hasta por el guionista Campanella, que reina sobre los cursos del guión universal- acerca de una cinta de voz encontrada en el mercado de las pulgas de Buenos Aires que muestra el amor che entre dos argentinos, unos tales Maria Teresa y Enrique que se aman mucho pero no se sabe por qué.

A ver, se puede admirar a los argentinos, eso tan italiano y divertido que tienen o aquello del mismo idioma que nos divide. Por cierto, del idioma a mí siempre me ha hecho gracia que se hayan quedado el imperativo -mirá- como para que no les den órdenes en su propia lengua. Que las órdenes al menos no sean en su idioma es lo que nos divide.

Pero lo que no trago -ni en ellos ni en los italianos- es el amor por encima de todo, que es el amor por nada, el mal francés en el amor, que los franceses son los últimos del sur de Europa que lo controlan y ellos, los ches y los italianos, ya no. El tributo al amor por el amor es ridículo. Y reducir el amor a la nada es un error. El amor no siempre es estúpido.

No. El amor está lleno de sentido. De “El idiota” a “Doctor Zhivago” el amor ha de crecer hasta convertirse en algo enorme, algo que es político -por supuesto-, hasta convertirse en una Salvación, hasta convertirse en un todo. Y, si no, lo que tenemos no es amor sino “Pagliacci”, verismo y burla -almodovariana-, si se quiere, u operística.

El amor -decía Cela-, basta mirar a dos enamorados para darse cuenta de que es un desorden neurológico:

– Te quiero.

– Y yo a ti más.

– No, yo.

– Yo.

Pero el amor no siempre es así. E italianos y argentinos -que en el fondo son los mismos- exportan ese amor che, vacuo y enfermizo que va, coge e impide escribir Doctor Zhivago. Por eso es peligroso.

Es cierto, es un amor medio a veras medio a cachondeo, pero es cierto que no en las capas populares, y que estas nacionalidades lo exportan y tienen a bien sentirlo, como algo grande, cuando impide la mayor grandeza que es cuando el amor se convierte en filosofía y salvación, aún dentro de la más pura literatura.

Y el problema es que ese amor, o se deja bien claro lo que es -un desorden mental aún desubicado- o acaba con el Amor que, basta leer la novela desde sus comienzos, en las manos de un artista -exceptuando, claro, a Cervantes-, se convierte, literalmente, en “Todo”.

Bien por el corto, bien por la comedia verista, por supuesto que bien por el gran Pagliacci que se vuelve sobre sí mismo y ríe. Pero yo, antes que ese corto viral que es el amor argentino e italiano, prefiero el Todo.

De los “ayudados”

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Últimamente he estado leyendo a los que yo llamo “ayudados”; es decir, es gente que necesita que le ayuden -por dejadez o incapacidad- a la hora de escribir un libro. De Felicidad Blanc a Diana Vreeland

Son gente lo suficientemente interesante como para escribir un libro, o como para que se lo escriban, y lo suficientemente activos o fascinados por el poder y la vida real y por lo que llaman el “hacer cosas” como para no tener tiempo ni ganas de escribirlo. Ésa es la gracia. Que son más realistas, más ganadores, están más en la realidad que los que escriben los libros solos.

Los “ayudados”, por mucho que les guste el arte, tienen la gracia de dar ese paso atrás que en el fondo fascina a todos los artistas y así “vernichten” el arte, hacerlo nada, no hacerlo. Y dejarlo todo en el acto puro, eso tan propio del arte conceptual.

Son gente a medio camino de estar fuera del museo, pero luego resulta que están muy dentro del museo, que se han dedicado a ser muy poderosos y lo han conseguido (quizás lo que suele ocurrir es que son los actuales administradores del museo).

Yo creo que un criminal que escribe su autobiografía no entra en la categoría de los “ayudados”, máxime porque no tiene poder y el de “ayudado” es un concepto snob para describir a quien ha dado el paso al otro lado del espejo y mira desde el infierno cómo ha vendido su alma al diablo del poder y encima ha sido agraciado con una vida interesante pero sin tiempo ni ganas para escribirla, debido precisamente a que se ha vendido.

Nada que ver con un criminal que escribe su autobiografía. Ha de ser gente importante que prefiera el dinero al arte, o el poder al arte. Y que por ello te pone en la cruda realidad. Los “ayudados” son ganadores.

Y creo también que alguien como Andy Warhol, siempre ayudado por su “ayudante” Pat Hackett, que le escribía los libros, puede representar el gozne entre quienes caen fuera y dentro del concepto, sobre todo porque Warhol, aunque fuera pintor, se caracterizó por buscar el poder y dejar a cambio todo como estaba, una característica clara de los “ayudados”.

El ayudado da un paso atrás y deja que las cosas se caractericen por sí solas. Y por eso quizá siempre suele ser infinitamente más honesto que el “ayudante”, que es en el fondo alguien muy oscuro, a la sombra del ayudado. Vamos, que el “ayudado” es algo muy real; y tan necesario como una bocanada de aire fresco.

Los tuberculosos

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Esta semana se ha conocido la noticia más importante desde la catártica crisis y es la del aumento de la tuberculosis. Resulta que nuestra avanzada Europa esconde celosa en su pecho financiero y enfermo medio millón de tuberculosos, de los que mueren 44.000 cada año.

Y esto influye más en la sociedad, en el arte, digo yo, que la crisis misma, que ya sabemos que Chomsky nos prometió -gracias a la crisis- la vuelta “del arte de verdad” (y todavía no es que no hayamos visto nada, es que no nos hemos hecho una idea de a quién descartar). Chomsky -quien sobre todo es un filósofo pasivo y de crítica, no tanto uno alternativo, como se cree- promete mucho, pero yo lo único que veo es tuberculosos.

Que ya es algo. La tuberculosis equivale, por lo menos, a la vuelta de la lírica, que 44.000, desahuciados y viéndolo todo azul, como Bécquer en su celda de Veruela, entre que sólo escriben testamentos -como decía Cela que había que escribir- y lo de ver las cosas azules, yo digo que esa gente no sabe mentir. Y así es cómo el Santander y el BBVA y Caja Madrid nos trajeron la tuberculosis. Y con ella la lírica y “La montaña mágica” y su sustitución y traslado desde Davos por el aire hasta Guadarrama, que no es lo mismo, pero ya verán que también. Que los tuberculosos son todos cosmopolitas.

El hospital universitario de Schleswig-Holstein, que aunque no lo sea ya tiene nombre así como suizo o tirolés, alpino, dice que las cepas vienen de Rusia y centroeuropa. Y, habida cuenta de que los Alpes están sobre todo para curar la tuberculosis, y que los Alpes son ópera hecha paisaje, ya verán que tenemos el garito montado.

Se recomienda un año de hospitalización, que es lo que se tarda en escribir la novela o la ópera, que son las que realmente curan la tuberculosis deshaciendo un nudo que te había salido en el pecho y que es puro reduccionismo pensar que tenía nada que ver con un virus o una bacteria.

Eso si es verdad que la tienen, que yo creo que los sanatorios de los Alpes estaban llenos de suplantadores sanos que eran pura nostalgia por la tuberculosis, por los masivos Alpes y por el tiempo cuántico.

La tuberculosis es algo tan ínsito a la literatura que entre los escritores se distingue a los descreídos (Cela, Dostoyevski) de los inocentes (Mann, Bécquer) por cómo tratan la tuberculosis y a los tuberculosos, si como una enfermedad de farsantes, que no se acaban de morir nunca y que dejan una larguísima cuenta a pagar en el balneario, o como un destino prematuro y común con la señora muerte.

Yo, si les soy sincero, prefiero no cogérmela.

“Girls”

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Ya tenía yo ganas de encontrar un hueco en la actualidad para hablar de “Girls”, la serie de Canal plus y saltarme la prohibición umbraliana de hablar de televisión en las columnas, que tiene sentido, si no fuera porque estoy haciendo una excepción. Pero es una excepción muy culta y muy pedante, ojo.

Pero es que lo de Girls es muy cañero. Supongo que políticamente impresiona porque es post-post-post feminista, que diría Aarón Rodríguez. Pero eso es lo que ve todo el mundo. Lo que veo yo es que, desde hace ya unos buenos años, la industria de la cultura popular está tirando del difunto Ingmar Bergman, desde la serie Girls hasta Lady Gaga

Y te encuentras con unos planos que, claro, son una ceremonia bergmaniana, de ésas que Bergman coge de Dreyer y que se basan en la idea de que cuando no pasa nada es cuando más está pasando.

Quizá también porque lo más importante son las grietas por las que se escapa el tiempo, que son las que nos dan el sentido de los tiempos que corren. (El sentido de los tiempos es cómo perdemos el tiempo.) Y esa sacralidad del mero pasar del tiempo es algo que va, en mi opinión, del alcohólico Joseph Roth a las matemáticas y a la serie Girls.

Bergman hace, como Tarkovski, del cine una ceremonia, una ceremonia sagrada. Una puerta a otro lugar. En Joseph Roth el lugar de esa ceremonia lo toman las descripciones más inocentes del autor de “La leyenda del santo bebedor”. Y es que la ciencia cognitiva nos enseña que las matemáticas están en todas partes. Y si están las matemáticas, está lo sagrado.

Me explicaré. Roth escribe y describe cómo se abre una puerta, cómo se cierra una puerta. Sólo eso. Y de lo que me he dado cuenta yo es de que eso son matemáticas. Pues se abre el pestillo como condición para abrir la puerta, se sale y se cierra la puerta como condición para que alguien pueda echar el pestillo por dentro. Son todo condicionales. Una puerta es todo lógica o matemáticas (sin entrar ahora en lo que diferencia a ambas). Y esos procesos son los que mete el gran Joseph Roth aquí y allá en sus novelas. Y recordemos que esos procesos sencillos, si son matemáticos, es que son sagrados.

¿Y Girls? Girls hace lo mismo. Una pareja se encuentra en Central Park, se saluda, se habla y se despide. Y no ha pasado nada, salvo cuatro contestaciones de Warhol, que Warhola es lo que pasa en Central Park. ¡Qué espabilados son los yankees de Girls! Han descubierto un filón del cine para las series. El que no pase nada. Hasta ahora una buena película era una serie en la que pasaba mucho menos.

Pues resulta que la forma de Girls son procesos absurdos y llenos del spleen del momento como el de abrir una puerta, pasar y cerrar la puerta (voy en serio) y que la materia la da el absurdo de Warhol, que es lo que aparece en los póster y obras de arte de los personajes, que Warhol es por donde se mueven todos los estadounidenses hoy. Girls, o ese personaje suyo, Hanna, se pasea, habla, se vuelve  pasear y eso es todo.

Y esto, es decir, Girls, ha hecho elevarse a las series USA a la altura de Bergman. Partiendo de “La canción triste de Hill Street”. Casi nada.

Los perros

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Hace ya unos días que rescataron a cincuenta perros de un piso en San Sebastián de los Reyes, en las afueras de Madrid. Resultó ser de un hombre, dicen los psicólogos, que los recogía por sufrir el “síndrome de Noé“. Lo de siempre en estos casos es que el hombre esté peor que los perros. Pero no voy a ir por el lado de las patologías psicológicas, que además quizá el síndrome de Noé, según y cómo se dé, también lo tenga yo, pues me encantan los perros. 

A uno lo que le interesa de todo esto es que el perro va por delante del hombre y que eso no se acepta. Pero yo opino que no hay más que verlos andando por la calle. El perro siempre va por delante del hombre. El perro actúa por olfato, tiene la bondad de los que actúan sólo por olfato, como los artistas, y el hombre actual hace mucho que ha perdido el olfato y la nariz entera. El hombre ha perdido el olfato y por eso necesita al perro.

El hombre perdió el olfato al principio del siglo XX ya con Lenin y Stalin. Y lo volvió a perder, sólo un poco más tarde, con Hitler. Ésa sí que fue una carencia grave de olfato. Tan grave que, después de eso, cabe pensar que no lo hemos vuelto a recuperar.

Lo perdemos continuamente, el olfato. Lo llevamos perdiendo años en este país con un célebre filósofo que dice que es vasco y es afrancesado y lo volvemos a perder mucho con otro filósofo asturiano de adopción, últimamente.

El hombre ya no tiene olfato. Por eso necesitamos perros. No tenían olfato Lenin ni Stalin. Ni las viejas comunistas -de guardia en mi barrio, barrio al que vigilaban como un KGB sin sueldo- a las que dejé de admirar cuando me dijeron de niño que no debía haber perros como el mío mientras hubiera hombres que vivían peor que los perros. Yo las admiraba. Sobre todo por su carencia de sueldo, porque hacían las cosas gratis (aunque sabía que pretendían tener derecho a cobrar por estar ahí y vigilar a los pobres drogadictos del barrio).

Pero me gustaba esa forma de pensamiento: “No se puede… hasta que…” Me parecía el epítome de la justicia. Ya tenía una fórmula más para pensar el mundo. Y ésta era comunista.

Pero creía que los perros -dejados a la liberal libertad de cada uno, el tenerlos o no, pues la gente no era tan mala, al menos no en mi imaginación- sólo podían hacer un mundo mejor. Una idea que desde entonces yo creo que sólo ha exagerado este hombre de San Sebastián de los Reyes con el síndrome ése de nombre famoso.

Yo sabía que un mundo sin perros era un mundo peor. Pero no sabía qué nos daban los perros. Ahora lo sé. Nos dan el olfato que ya no tenemos.

¿Un mundo sin perros? Ésa fue la primera mentira en que le cogí a una comunista. Desde entonces, ¡ay!, les he cogido en muchas. Sobre todo a ese tal Fidel. Fidel suelta mentiras muy serias, muy sesudas. Y no se las huele porque, por ser comunista, no tiene perro.

El Pirelli

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Ya ha salido la foto de grupo con las modelos todas juntas, lesbianas y felices y eso es señal de que ya están repartiendo el Pirelli, el calendario de 2014, pero no a mí, sino a cuatro “privilegiados”, que en España yo creo que son el Rey y cuatro pelotas más. Vamos, que uno se propuso el último día de colegio cuatro cosas, trabajar en lo que más me gusta, construirme una casa, hacerme con el Pirelli y conseguir un beso de ya sabes quién, y, debido a la crisis inmobiliaria –y se ve que porque había otras crisis similares en los otros deseos-, uno no ha conseguido nada. Rien de rien. Esto parece el final de “La senda del perdedor”, de Bukowski. Esto, diría Bukowski, no es sino la demostración de que el mundo gira alrededor de un eje podrido.

El Pirelli. El Pirelli es lo que decía Auguste Renoir -que tiene película ahora; y bastante irrelevante, por cierto-, de que el dolor pasa y la belleza permanece. El Pirelli mola. Es que la libertad masculina se refugia en un calendario. Y eso, ese refugio, me gusta.

Y eso que el peor año del Pirelli fue cuando se hizo con él Karl Lagerfeld (ése sí que es “maricón de fusta y mordisco de domador” -lo dice Lorca, no yo- o al menos tiene pinta). Hasta el Pirelli nos lo tuvieron que tocar y poner en crisis. Y del primer al último mes. El Lagerfeld metió a doce andróginos y andróginas y nadie dijo nada.

¡Que al hombre hay que dejarlo en paz con su calendario! Que la mujer eso lo respeta: “Es que el calendario lo mira él; yo no, yo tengo el de la agenda, el pequeño, que es más útil”, dicen ellas, que lo tienen todo más pequeño. Y es que el tiempo y la muerte son cosas muy masculinas y muy de Bergman, que es quien las estudió más de cerca. Aunque ellas mueran muy bien, la verdad.

Pero el primer gran error de Lagerfeld no fue meter a un tío, sino meter a todas las modelos en un estudio y vestirlas de algo, cuando el Pirelli es pura animalidad y la animalidad no entiende de estudios de fotografía. Lo mejor es lo que se hace siempre: mezclar a las supermoldels con jirafas, elefantes y, sobre todo, muchas, muchas leonas, que se llevan muy bien con ellas.

En el estudio, en cambio, se las llena de atrezo, de petos, disfraces y correas. En el estudio se hace el ridículo de siempre, el cultural. El Pirelli yo no sé qué es lo que será, pero no es cultura. Ésa es la gracia del Pirelli, que no es cultura. Es una salvajada.

Los de Pirelli son unos italianos que se las saben todas. Con el calendario les perdonamos todo lo de las ruedas y tanto es así que yo creo que su negocio ya es otro; ya es el calendario y no las ruedas. Y lo que yo quiero es recibir uno. Y a las ruedas que les den por el culo. Como corresponde.

Umbral, Cervantes y el Peñón

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

He estado cacharreando con Google para darme cuenta de lo que ya intuía. Que a Umbral lo del Peñón -o más bien lo del peñazo- se la traía más bien floja. Porque los escritores somos intuitivos. Pero el español, en cambio, no es nada intuitivo.

El español es, por culpa del cruel Quijote, lo menos intuitivo que hay por Europa. El Quijote sólo es sentimental e intuitivo al final, claro, y en el incidente de Marcela, la pastora de cabras (que yo me imagino siempre bella como una cabra, como las mujeres delgadas cuando parecen cabras), cuando el Quijote da el discurso de que Marcela no tenía la culpa de ser tan bella ni de que otros pastores se suicidaran por ella. Eso es intuitivo. Ahí el Quijote no piensa solo ni Cervantes le corrige o regaña el pensamiento. Se deja llevar por la estética, por la intuición. Pero todo lo demás del libro está vuelto del revés.

Y como el español es animal creado por Cervantes, el español está vuelto del revés: Para él lo bueno es malo y lo evidente, oscuro y lo oscuro, evidente.

Estamos más vueltos del revés que los franceses, que lo de los franceses es otra cosa; los franceses dicen las cosas del revés hasta que le ven una verdad al extrañamiento. Pero el español no dice lo contrario. Está él mismo del revés. Dado la vuelta.

Vivimos en un país que es una “Umstülpung” y eso el español no sabe lo que es, pero es un país al que Cervantes ha vuelto del revés como a un calcetín. Lo de arriba está abajo y lo de abajo, arriba. Y a veces lo de la derecha está a la izquierda y lo de la izquierda, a la derecha. 

O sea: Que el español es un pueblo muy poco intuitivo. Prefiere pensar las cosas, a poder ser, dos veces, con o sin calma.

Pero a veces el español huele el fraude y el español se acerca al resto de los pueblos europeos, como un “normal” intuitivo más. Aunque de súbita comunión europea, nada, por supuesto. Que el ecumenismo europeo -y yo soy muy favorable al “ecumenismo europeo”, empezando por la religión- se muestra más como un horizonte que como una meta, que “horizonte” es como los políticos llaman prudentemente a lo que no puede ni debe hacerse, pero queda ahí puesto como ideal.

Pero el español, decía, ahora se está dando cuenta -intuitivamente, cosa que casi nunca hace- de que lo de Gibraltar es una maniobra más de un partido acorralado. Y esto no es sólo la ceguera de no darse cuenta de que Gibraltar es un activo más de España. Y uno de los más valiosos. (Gibraltar es la joya de nuestra Corona llena de joyas embargadas. Lo que pasa es que nos la han embargado los ingleses por algún impago.) Es darse cuenta de que lo que “parece” es, además de parecer, verdad. Y que el PP nos la está jugando. Ya volverá pronto el español a su anti-intuición fecunda.

Sin embargo, a mí me tiene preocupado esto de Gibraltar. Porque puede que, aunque no se dé una guerra, se dé el efecto de una guerra, que no es sino la violencia de no poder ya ser como el atacante. (Las bombas llevan todas ellas ínsito el pacífico mensaje de no ser como el que las tira.) Y aunque, como dicen algunos, los ingleses tengan más fuerza que los españoles porque están más cerca de la fecha de su decadencia y nosotros más lejos, pero caer, acabarán cayendo (como nosotros caímos en el 39-39), yo no quiero que me prohiban ser como el que tira las bombas. Yo es que no quiero que me prohiban ser inglés.

Pegar gais

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Resulta que en Rusia se ha extendido la moda de localizar gais (por cierto, mejor “gai” que “gay”, que es otra cosa), quedar con ellos y, una vez en la red, igual que la pálida y débil angula, darles una buena somanta de palos. O hacerles confesar que son gais llamando a su jefe o a su familia, etc. Todo muy entretenido. Y todo con el atenuante de que es en Rusia y que ahora encima hay que demostrar que los rusos no se hacen estas cosas unos a otros sean gais o no, lo que es muy probable. Pero a lo que iba: Uno ya no está con nosotros. Lo han matado. Ya decía el gran Paulovski que en Rusia también había locas; congeladas pero locas. Y por cierto: ¿Quién había dicho que Rusia es el país más culto del mundo?

Parafraseando lo dijo Cela cuando lo de Chiapas -“a mí esto de no dar de comer a la gente me parece una barbaridad”-, podemos decir que “esto pegar palizas de muerte a la gente (porque sea bujarrona) nos parece una barbaridad”. 

Y lo peor es que Internet se ha llenado de llamamientos a la acción, soflamas y otros manifiestos. Pero yo de estas cosas no hago nunca caso; por principio. Primero porque -seamos sinceros- no me lo ha pedido nadie, luego porque eso de los manifiestos me parece de una seriedad, literalmente, mortal. Tanto como las palizas. Y finalmente porque empiezas con los sarasates y acabas con los de la hepatitis C, que también es terrible, y las enfermedades raras, que están a la vuelta de la esquina. Por eso yo nunca hago nada, nunca. Por principio. Mis principios y mis finales empiezan y terminan siendo mi trabajo (eso y pagar a Hacienda). Que ya decía Norman Mailer en los sesenta -que fueron una era de manifiestos- que la moral es una escalera muy descansada de la que luego no sabes cómo bajarte. 

La verdad es que es una pena lo de Rusia, también porque uno lo que aspira es a generar un diálogo entre los sexos. Pero voy creyendo que los que no lo quieren, los que están a la defensiva, son ellos. (Dejando de lado la intervención de esos adanes nazis rusos que decía Umbral (y disculpen tanta cita, pero uno es así y los admirados son los admirados). Algunos tenemos la suerte de que nuestro acto sexual no genera ningún dolor y otros tienen el vicio como algo ínsito y plantado en medio de “todo el tema” (y por ahí entra el vicio, por el dolor de otro que es tu gozo). “Carne para fusta, bota o mordisco de los domadores”, que decía Lorca.

Y que no me vengan con Grecia ahora. Los griegos no lo hacían como lo hacen aquí y ahora por las estaciones de tren de toda España. No se hable más. Que no hay más que conocer la seriedad de los griegos acerca del dolor para darse cuenta. Lo que pasa es que han querido tomarnos el pelo. Investiguen, investiguen…