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"El columnismo es la universidad oficiosa del español."

Mes: septiembre, 2013

Las pensiones

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Se perdieron las pensiones. De hecho, estaba prohibido salvarlas, terminantemente prohibido. “Métase usted en sus asuntos. Son cuestiones complejas. Las pensiones están garantizadas”, decían, mientras despeñaban al país entero por la cuesta del consumo y la deuda impagable.

El español es un enterado que escribe comentarios en las noticias de coches. No hay nada que más le guste al español que saber algo. El español acierta hasta el final, es hombre de detalles, pero no de grandes tendencias o de corrientes evidentes. Por eso va despeñando países, porque te pone los puntos sobre las íes en cuanto a la ley de garantía de las pensiones, pero luego despeña al país en cinco minutos y la citada ley se queda sin parné. El español aún cree que una cosa no tiene nada que ver con la otra.

El español no sabe eso que decía Bertolt Brecht de que estamos aquí para no cometer graves errores, no para acertar en todo. No. El español está para plantarse, ponerse en jarras y acertar en todo. Y luego embarranca el país, que eso es otra cosa, que eso no es su problema, que no lo preveía nadie, no que él conociera y además era imprevisible, o que uno no es maricón para prever esas cosas, etc., etc., etc.

En este país no somos sino alumnos de colegio de curas. Eso es todo lo que somos. Monaguillos. Y por acá todo es un “teólogos tiene la iglesia” de ese católico vocacional y empedernido que es el español. El español sí se entera de la misa la media, se sabe el credo de carrerilla y suelta sus latinajos profundos aquí y allá. Pero no tiene ni puta idea de lo que le va a pasar mañana, que eso ya cae en el índex y además no es cosa suya.

Y, de puro no acertar el español, de puro callar y no opinar, se perdieron las pensiones. Que el español sigue dejando los comentarios más sesudos para la sección de coches. De eso sí sabe.

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La hora

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Yo, cuando zagal, no sabía por qué la gente de la calle ponía tan mala cara cuando le pedía mi hora de zagal desubicado y resulta que era porque cuando me daban la hora -siempre con un suspiro-, quien en realidad  le estaba dando la hora a la señora a la que yo se la pedía, era Franco. Y a Franco la hora se la estaba dando Hitler, que fue en 1942 cuando Franco decidió -casualmente- tomar la hora de Berlín y dar por imposibles a los cuatro Lords astrónomos y caballeros inofensivos que quedaban aislados por el Führer en el observatorio de Greenwich. Menuda machada nacional, la del caudillo.

¡Ya sabía yo que eso de dar la hora tenía algo misterioso y, como todo lo convencional, en absoluto dejado al azar! ¡La paciencia que tiene el pueblo español, que siempre que suspira, es que los políticos le han hecho algo! ¡En España no se daba la hora, se firmaba un manifiesto político fascista!

¡Vaya por Dios! ¡Ahora justo que todos los historiadores USA nos habían dejado claro que Franco nunca cambió, que fue siempre el mismo, desde el primer día al último, no importa qué, no importa cuándo, no importa para qué, de la “baraca” -que no era la posterior gracia de Dios, no, qué va- al “lo dejo todo atado y bien atado” -que en el fondo no sería sino entusiasmo demócrata-, ahora, cogen los periódicos y sacan que en 1942 -casualmente- adoptamos la hora de Berlín!

Yo hago como las señoras que me daban la hora de pequeño, no se sabía bien si porque nos salió mal lo de la democracia a la inglesa o porque salió mal lo de Hitler: Primero suspiro y luego doy la hora, aún coordinada con la de los campos de concentración, ¡vaya por Dios! Que Franco quería la hora de Auschwitz.

En este país es tal la ironía, la chufla y el cachondeo que lo más normal es enterarte de las cosas veinte años más tarde. Y ahora entiendo yo la bronca que nos echaron, en 1989, los cuatro astrónomos aislados del observatorio de Greenwich, cuando nos dijeron a los españoles que debíamos tener su hora y no la teníamos.

Yo quería tenerla, la hora democrática y puntualísima del Big Ben, la hora de los inventores, si no del reloj, de la puntualidad, ¡cómo no!, la hora de la línea bordada en oro y azul celeste que marcaba el meridiano cero de aquel verde y sabio pueblo inglés. Pero Franco no había querido. Y, entre los estudiantes españoles y los astrónomos despistados pero muy en la pista, se armó la gorda. Por todo esto es que en España no marcan las horas sino que marcan suspiros. Por fin me entero.

Vientos recios

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Corren vientos recios por Estados Unidos y se ven hasta en el cine. Y cuando las ideas llegan al cine de Hollywood, que suele ser un arte tardío, es que ya están por todas partes.

Parece que la izquierda estadounidense nos va a calentar el invierno. Lo que tiene la izquierda norteamericana, o estadounidense, mejor dicho, es que gasta de lo suyo y no cree en milagros del Estado o de la UGT. Lo que tiene es que es anarquista y no tiene la mano metida en el bolsillo de el de al lado, como decía Cela que nos pasaba a los españoles con el Estado del bienestar, que no funcionaba porque todos teníamos la cartera ajena en la mano culpable.

Lo que tienen los izquierdistas estadounidenses es que gastan de lo suyo. Por decirlo con otras palabras, que le van a dar esquinazo al negro Obama. Que Obama, negro y todo, no está por encima del picket line. Que nadie, ni el sheriff, está por encima del picket line y que es Obama el que tiene que ponerse el último y a la cola en esto de ser de izquierdas por allí.

El estadounidense es un pueblo al que yo no le veo, izquierdista y todo, esperando su turno en el seguro o llorando la muerte de un presidente. Lloraron la muerte de Roosevelt, ¡ay!, pero eso fueron cuatro lágrimas de primerizo que corrigieron en seguida con más trabajo y más libertad, más libertad y mucho más trabajo.

Corren vientos de una izquierda que no está exenta del trabajo, como nuestros gloriosos sindicatos, explotadores de los pobres, sino que corta su propia leña de secuoya –como decía una inscripción en la chimenea de la casa de Henry Ford– porque si la cortas tú, te calentará dos veces. Yo no veo a los izquierdistas estadounidenses haciendo cola en el seguro. Eso ya lo he dicho.

Corren vientos huelguistas y yo por si acaso me he puestos mis zapatos marrones de trabajador americano. Como decía Carl Sandburg, los huelguistas, en día de huelga general, sacarán el hielo de los refrigeradores industriales y lo dejaran tirado en la calle, para ver cómo se deshace, poco a poco.

Andy Warhol

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Me estoy terminando la “Filosofía de Andy Warhol” y, vuelta la vista desde ella hacia el mundo del arte, da vergüenza en lo que se ha convertido y sólo un ingenuo puede creer que no es porque algunos se lo llevan crudo, crudísimo.

Andy Warhol tiene gracia. El “sorprendente candor” que le asigna Truman Capote -otro que tal baila- en la cita de la solapa no es sino el estrambote cruel con el que Warhola remata los diálogos ficticios que tiene con sus subordinados y empleados, que el empleador y empresario era él y los que hacían su obra eran ellos. 

Lo que es un escándalo es que se haya expuesto una sola obra de Warhol con lo que el mismo Warhol dice de ellas. Warhol es un genio de la hipocresía y los que admiran su obra no saben que, prácticamente, su única motivación era la risa. “La loca de las latas de tomate”, le llamaba Umbral. Pues a Warhol hay que leerle y tirar las latas a la basura. Que no se merecen ni media mirada.

Ya me di cuenta yo en una exposición en el frío Düsseldorf de la que salí, a pesar del frío, lleno de una risa entre infantil y amarga. (Habían puesto citas de sus libros debajo de las latas de Campbell´s y de los paquetes de Brillo.)

Pero es que el mundo se ha llenado de unas comisarias de exposición oportunistas y aprovechadas que aún están buscando el urinario de Duchamp, que el original se perdió. No saben que yo lo encuentro cada vez que voy al cuarto de baño y que eso es lo que hubiera querido Duchamp. 

Y lo demás son negocios canallas como el de Joseph Beuys, que demandó al Moma por sustituir un jabón Lagarto por otro en una de sus exposiciones. Eso a Duchamp no le hubiera gustado. Y ésa no es la filosofía de Andy Warhol. Es la de Pedro Solbes.

Pérez-Reverte

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Últimamente he estado pensando acerca de qué es lo que hay con lo de Pérez-Reverte y sus “artículos cachondos” acerca de la historia de España (Historia de España IX, Historia de España X, etc, etc.) en el dominical del Grupo Correo. Qué es lo que le pasa para que diga cosas como que los reyes medievales “españoles” se llamaban “primos”, “como los gitanos”.

En puridad, el pesimismo español de Reverte sólo se justifica en el siglo XIX, un siglo auténticamente desesperante de la historia española, y ni siquiera. O en el XX.

En nuestra opinión, lo que está haciendo Pérez- Reverte en “El Dominical”, es utilizar el tono de Cela al describir la posguerra española y teñir luego toda la Historia de España con mayúsculas de ese mismo color, el negro.

En parte es algo disculpable: Teñir todo del mismo color es lo que hacen los escritores, lo que hacen los artistas siempre, pues las obras de arte y no sólo, La Obra Completa de un artista, está siempre teñida de un solo color. Por eso es arte y por eso el arte hace tan mala Historia.

Se diría que Reverte carece de ideas interesantes y originales, como que lo peor y más significativo de la última historia de España es el fracaso que supuso intentar entender lo que se esperaba de nosotros en el siglo XIX (que no en vano es el siglo de la economía), pero que lo que tiene es muy fresco a Cela. Reverte lo que hace es coger y exportar lo peor de la posguerra hasta los Reyes Católicos y, lo que es más grave, al Imperio, cuando España era “la más feliz de las naciones”. Y la cosa, claro, chirría por todas partes.

Por supuesto, no se puede utilizar a Cela así. Primero, porque Cela, aunque leía historia y era muy amigo de Américo Castro, no era un historiador. Y, lo que es más importante, porque Cela describe, por así decir, los piojos de la tropa republicana y de la tropa fascista, que, como decía él, eran los mismos, en una ominosa guerra civil, el punto más bajo de España y origen del -además injustificado- cachondeo muy posterior con la historia de España.

A Reverte se le aplica demasiado bien lo que se dijo aquí sobre el cachondeo. Que el cachondeo es, muy probablemente, lo más salvaje y canalla que tenemos. Y que además nace de algo tan terrible como una guerra civil. La “Historia cachonda” de Reverte no es cachonda. Es de un salvajismo medido, es ordinaria y es toreo de salón. Y no tiene ninguna gracia.

El Banco central

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

El Banco central, la Reserva Federal o lo que toque o lo que sea es el corazón hueco -hay que darse cuenta al fin de que el corazón, todo corazón, es un músculo hueco, yo me di cuenta en la consulta de un cardiólogo, Dios me guarde la salud-, el corazón, decía, de la corrupta economía que se despeñó con la crisis.

El Banco central es la pieza polémica que no encaja en el capitalismo, que el capitalismo exige pureza en todas sus piezas y si no cruje por todas partes, se parte y entra en crisis.

Dicen que el Banco central (no el Central Hispanoamericano, no ése, el otro) sobra, que no debería existir para que la dinámica de los precios sea verdaderamente dinámica y pura. Y dicen -dice Milton Friedman– que tenemos ciencia, la ciencia de la inflación, de sobra para dominar los precios. Y que el capitalismo -esto es preocupante- demanda pureza, toda la posible.

Yo lo dudo, lo de la ciencia pura de los flujos económicos. Y no sólo porque puede haber shocks -que dicen los economistas- exteriores, como el del petróleo en los setenta, sino porque dudo que haya nada en la economía que no esté teñido de ciencia social.

Y nunca todo en economía son simples flujos. Detrás de los flujos hay deseos y personas, activas o inactivas, deseosas de dinero o más bien mansas y pánfilas.

La economía es un conjunto de tres motores -las empresas, el estado y las familias- que opera con información y con motores económicos, que ponen a los tres motores en contacto, como son la bolsa o los anuncios de compra-venta. Los motores económicos trasladan el flujo del dinero (un flujo que si se hace muy grueso (poco líquido) no avanza y que si crece demasiado genera remolinos e inflación) de las familias al estado, del estado a las empresas, de las empresas a las familias, etc.

Lo que a mí no me cabe en la cabeza es que eso se haga “científicamente”, sin tener en cuenta a las personas. No. Hasta el Banco central, hasta el corazón hueco de la economía se va a ver obligado a tener en cuenta a las personas, al factor humano. Eso es lo que creo.

La alternativa

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Ahora, con el comienzo del fin del año y la supuesta salida de la crisis se ve bastante bien y claro lo poco que nos queda del día y cómo es la alternativa en que vivimos: socialismo con democracia o liberalismo sin ella. No hay otra. 

O vamos al modelo suizo -y entonces vamos a ser socialistas- o renunciamos a tamaña aventura y cada uno se gana la vida como puede y se hace una barricada privada desde la que resistir al poder. Y el poder es el Palacio de la Moncloa, no nos engañemos.

De ser demócratas de verdad el socialismo vendría de suyo, como una primera votación no votada. De ser liberales sólo nos podremos librar del yugo de los políticos dejándoles a sus juegos e impidiéndoles el poder porque cada uno gasta “de los suyo”. Todo lo que no sea esta alternativa, todo lo que no está en ella, es tiranía. El socialismo sin democracia directa o la democracia representativa, dejada a lo suyo, sin el oportuno liberalismo.

Pero yo no veo a los españoles organizándose a lo suizo y aún les veo menos organizándose “a la americana” y pagando la sanidad de sus ahorros. El español es carne de seguro. Tiene la tez del color de los fluorescentes del ambulatorio de Alicante, que pasa más tiempo de las vacaciones “mirándose” en el ambulatorio que bañándose en la playa. El español se cree la palabra “gratis”, y tanto cree que las cosas son gratis que llegas dudar y a concederle que lo son.

No. El español no va a arriesgar ni el seguro con los liberales ni la democracia que ya tiene con los demócratas de verdad. Y se libra porque el tirano que tiene enfrente, de tan español que es, ni arriesga ni se lanza a la dictadura.

La felicidad

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

No hay cosa más despreciada por los intelectuales que la felicidad.  Ya se sabe, los intelectuales glorifican la guerra, se muestran imperturbables ante la muerte (eso puede ser bueno, pero no es obligatorio) y desprecian la felicidad.

Los intelectuales no dicen más que gilipolladas. Como Montaigne, comparando la muerte con el sueño, que a veces no es sino nuestro mejor momento del día (y de la noche).

Esto viene a cuenta de que últimamente he caído en que tengo casi la misma noción de felicidad que Sara Carbonero. Una buena casa, un buen coche e Iker a mi lado. Busco esa misma sensación de completitud, de saciedad, que, como todo lo saciado, puede resultar vomitiva, pero que tanto les gusta a las mujeres. (¿Será porque ellas no vomitan?)

Que me perdonen los filósofos que hablan contra la felicidad -que son los que mejor viven- y a los que no es que si les quitas el abono ópera te la montan, es que para que te la monten basta que la ópera haya sido mala. Los intelectuales viven como dioses pero desorientan a la gente para que no vivan como ellos, que luego se les amontonan en la apertura de la temporada de la ópera y eso ya no…

Y que no nos engañen; la búsqueda de la felicidad es un tema esencial en las constituciones o leyes fundamentales y en la música de todos los imperios. La felicidad suena y se mueve como una serpiente hipnotizada en la alegre música de los árabes y reaparece en el jazz de Nueva Orleans, al que no por casualidad le llaman “Big Easy”.

Y eso demuestra que los grandes imperios han sido lugares felices o, si no lo han sido, han convivido con la felicidad, que es lo que hay que hacer, convivir con la felicidad. Hipnotizarla, para que no nos pique. Porque todo esto -lo que hacemos-, además, ha de ser divertido. A mí, mientras las alternativas al capitalismo no sean divertidas, mientras no sean tan excitantes como esta atracción de feria llena de bombillas y neones que es la vida en el capitalismo, no me preocupa. Todo quedará en las típicas tristes quejas de empleados infelices, que eso ha resultado ser el comunismo, la triste queja de un empleado gris.

Con la felicidad, como con la tolerancia, hay que convivir. Tiene que ser nuestra compañera de desventuras, que hasta Beethoven, con su infelicidad para ser feliz, vivió bien y fue feliz. No creo que Beethoven viviera mal. Y al final, quizá, se dio cuenta y le hizo un himno a la alegría.

Se nos mueren los cines

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Se nos mueren los cines y tan poco a poco ha sido que no nos hemos dado cuenta. Se nos mueren las salas, una a una, con esa cosa tan extraña, tan inconcebible, de que donde había un cine pudiera haber luego otra cosa: un restaurante, un hotel, una oficina. Se nos mueren las señoras que se ponían detrás para poder hablarle a la película, como hacen las señoras, indignadas con el malo y, sobre todo, con la ingenua de la trama, que era ellas.

Da lástima entrar en los enormes cuartos de baño para veinticinco o cincuenta y ver con una mezcla de alegría por la holgura y tristeza por la soledad que no hay nadie dentro. Llenar los cines ahora es una lucha titánica. Algo imposible para el mismo Hollywood.

Los cines son hoy una sinfonía de halls vacíos, de amigos ausentes, cuando todo el mundo se encontraba o desencontraba en el cine. ¿Quién no ha tenido miedo de ir al cine por encontrarse a su antiguo amor marchito elevado de nuevo por el aura de la película y del cine, quién no ha evitado tal o cual cine por no verse con el abusón de clase o con un amigo de amistad tan abrasadora que te hacía ceder y elegía siempre la película por ti? Eran los problemas del cine. Pero ahora no queremos tener problemas. El hombre ha decidido estar solo, quizá sea mejor así. Y librarse del cine, que es una experiencia social.

Los cines eran las colas interminables, con esa cosa vergonzosa de ponerse unos detrás de otros, el evitar el exitazo por ordinario, desclasado y agobiado, el glamour que el film le daba a todo; hasta el cuarto de baño del cine era un cuarto de baño especial, del cine y limpio, que en las películas no se citan los cuartos de baño, no existen.

Después de ver la película te contagiabas de ese glamour, y te movías como un actor de cine, sin solución de continuidad.

Se han ido muriendo, todos. El portero, el primero. Luego vino el acomodador con su linterna, que era como un cine pequeño y daba como mala suerte que se apagara. Y se apagó. Y ahora, con internet y los discos digitales muere el proyeccionista, el más profesional de todos. Hoy, por morir con clase, cinematográficamente, por saber morir, parecen todos los cines un desierto Radio city music hall. 

Madrid no es olímpico

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Madrid no es olímpico. ¿Y por qué iba a serlo? Madrid es bastante más complejo que todo este olimpismo de cartón piedra. Tiene demasiadas pinturas, demasiados museos, demasiadas rejas que quitan el hipo al COI con su belleza: Hacen algo imposible, te separan bellamente. Las rejas de Madrid te encauzan y te reconcilian con la propiedad privada con el tacto de un gentleman inglés. Madrid y sus rejas. Las rejas de Madrid me dejan siempre sin aliento, sin fuerzas, rendido; cumplen su función de rejas.

Sí, sí… No se puede salir de un museo con la mente llena de cuadros, de esos cuadros madrileños, de esos densos óleos y ver a alguien cronometrando a un señor sudado en calzoncillos y pretender que un cronómetro es objetivo. ¡O esos cuadros densos que niegan hasta la objetividad del ojo o los estúpidos relojes del COI!

Dice un tal Trías, alcalde de algo, que sólo Barcelona es olímpica. Barcelona es una ciudad de travestones, señor Trías. Barcelona -lo vió muy bien Almodóvar– sólo les gusta a las mujeres. Y ¡perdón! al señor Trías también.

Madrid no es olímpica porque es demasiado compleja, demasiado verdadera, demasiado sincerota, demasiado pueblo castellano que no vende nada, que sólo vende queso manchego, frente a los trapos sobrevalorados de Barcelona. Y porque Madrid tiene el fair play de la esponja mágica del utillero de un club canalla que yo me sé y que no se puede decir aquí.

Madrid no ha ganado porque hacer trampas es siempre más complicado que seguir las insípidas normas. Al tramposo hay que agradecerle que nos muestra la verdadera naturaleza de las normas, que no se sabe hasta que no se rompen en mil pedazos. 

Sí, es fácil reírse de Madrid. Que ha quedado detrás del moro. Que qué querían hacer, ¿relevos de putas corriendo por la casa de campo? ¿O competir con Tokyo? Lo del “relaxing café” de una señora que no sabe ni hacer un PPS. En definitiva, que es la capital y que ya les vale.

Vale. Pero Madrid -“pasa un coche fúnebre negro, pasa un coche fúnebre blanco”, que la describía Azorín, es el caos que mejor hemos organizado “sobre esta piedra, payo, que llaman España”, como decía Panero. Madrid nos pone en la realidad. Pero no puede ser olímpica porque sólo vende queso.