Los tapones de colores

por elcolumnista.net

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN         

Frente a los mil agraviados por la crisis, contra el lobby canalla de los médicos burócratas o el de los imprescindibles de la actuación y de la vida hecha teatro, uno siente auténtica vergüenza, la poca que le queda, cuando ve que muchos enfermemos de enfermedades extrañas tienen que andar recogiendo plástico por las humillantes esquinas para tratar sus enfermedades, que son tan únicas como su sufrimiento.

¿Qué es el Estado? Yo no sé qué es el Estado. Pero sé para lo que está, que es mejor. Y está para las enfermedades raras.

Nadie, ninguno de estos enfermos, debería pagar nada, ni un solo duro, ni de sus tratamientos ni de la investigación que sea necesaria para conseguir esos tratamientos. Salga de los autobuses urbanos, que eso ya lo han corrompido, y haya que ir a pié, salga de la salud de la mayoría o salga del agua de las fuentes de Madrid.

Para el Estado una minoría desagraciada es anatema. No debe, no puede, no tiene que soportar verlo. Ha de impedirlo, que el Estado se engrandece precisamente cuando se agacha a defender a una minoría transitando por los infinitos caminos y recovecos de la igualdad, que es lo suyo del estado, transitar la complicada igualdad.

El Estado está para lo que no sabe o no puede o no quiere hacer el mercado. Y una persona que está enferma en España en compañía con sólo unas quince más, no es negocio para las farmacéuticas ni para nadie.

En España hay niñas con huesos de cristal que te sobrecogen con su madurez y su desgracia también. Tienen los huesos del Licenciado Vidriera, que él también temía tener los huesos de cristal. Pero estos ángeles caídos e inteligentísimos, con toda la lección aprendida del dolor, los tienen en verdad quebradizos. 

Pero no lo hacen. Quiero decir: El Estado no hace lo que debe. Tiene apalabrada hasta la última de sus millones de monedas con un iracundo, un sindicalista, un ladrón o un chulo. Tiene mucho, ha crecido, no para de crecer, nunca para, pero para estas niñas no hay nada. Yo lo entiendo. Ya lo he dicho. Hay que dar de comer a un sindicalista, a un cabrón, a un chulo. Y entonces es cuando yo, casi sin querer, al agacharme a dejar el tapón, le pegó una patada medio subconsciente a la famosa cesta de los tapones.

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