Los conservadores

por elcolumnista.net

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

En España no hay liberales desde 1812. Por eso, cuando se leen las crónicas de los liberales oficiales es como si se te cayeran toneladas de la cosa rancia encima. Ante todo, los liberales españoles son rancios y, como dijo un diputado inglés –tienen que venir los ingleses a cantarnos las verdades- “¿por qué demonios llaman ustedes liberales a los conservadores?” Los ingleses. O los gaditanos, con esa cosa inglesa que tienen.

Y así las cosas, los “liberales” te echan encima todo el carcamen que llevan encima. Entre otras cosas te echan todo el peso neto, toda la mercancía de las misteriosas fechas de la destrucción de España, tan próximas, tan necesarias y terribles, tan telúricas y fatales como una erupción, como un terremoto. Seguimos sin saber que esa erupción, ese terremoto que amenaza lo más valioso que tenemos, nuestra lengua, lo hemos hecho nosotros y nadie más. Y lo seguimos haciendo. Porque para mí bombardear Barcelona nunca ha sido una opción.

Pero hay un problema. Que España se va a destruir precisamente por no arriesgar su destrucción, por no tener la grandeza de poner su destino en la cálida mano de los españoles. España se destruye por nadar contra corriente, como hace siempre, contra corriente en el último momento, cuando Inglaterra ya ha puesto valientemente a Escocia en el fiel de la balanza (y ganará).

Y es que además a un liberal de verdad le quedan pocos argumentos en contra de la consulta en Cataluña y el País Vasco. Más bien ninguno.

Pero España ha despertado, como siempre, tarde y cuando debiera estar dormida o, mejor aún, muy despierta y con sangre circulando por las venas.

España es un cuenco de leche tibia –como definía Ingmar Bergman la amistad en otra película fatalista, “El séptimo sello”- que unos y otros se pasan de mano en mano. Y si España ha hecho las cosas bien, si la leche está realmente tibia, si los amigos lo son de verdad, no habrá nada que temer. Y si es que no, habrá que ponerse manos a la obra. Ya. ¡En cualquier caso, qué lejos le caen a todo esto los vientos de Cádiz!

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