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"El columnismo es la universidad oficiosa del español."

Categoría: Aarón Rodríguez Serrano

El plebiscito

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Pontificando el otro día acerca de Herri Batasuna y el “proceso de paz”, me entró la duda de sino debía ser yo mismo herribatasunero, que hasta eso se plantea uno con el potente planteamiento democrático de la citada formación abertzale.

Lo que pasa es que los de H.B. son unos pobres y para pensar hace falta mucha calma y mucho dinero. Pero más allá de eso, ¿lo soy? ¿Me hago el “peinado vasco-frailuno” de el que habla siempre Javier Marías? ¿O no me lo hago?

Y es que lo del País Vasco y Cataluña se parece a la ciudad-estado y las ciudades-estado son las que lo han hecho todo en la Historia. Atenas, Alejandría, Florencia, el Bremen en el que no se atrevió a aterrizar Hitler… Tanto es así que se diría que las Repúblicas más grandes lo han olvidado todo, que Roma no hace sino olvidar y recuperar luego lo que ha hecho Atenas y el Cristianismo y el Islam, quemar la biblioteca de Alejandría. Los eslabones de la Historia no son sino ciudades-estado, ¡mucho ojo!, y cada una recupera tan sólo lo que han hecho las demás.

Lo que pasa es que yo tengo una idea unitaria o me conviene tenerla –por lo menos por ahora- acerca de la unidad de España. Y esa idea unitaria está basada en lo que yo llamo la “nación periodística o umbraliana”: Está fundada en el periódico.

Yo creo que a las naciones (y a España como ejemplo señero entre ellas) las unen los periódicos. Y que lo que ni los periodistas han logrado desunir, no vaya y lo desuna el hombre. Cuando no hay periódico, no hay nación. Y lo más preocupante para España es el Gara y el Avui.

Nosotros somos españoles porque llegado el momento, todos leíamos a Umbral. Sólo por eso. Y el periodismo es el “plebiscito cotidiano” de el que hablaba Renan y que muchos aún andan buscando y sin encontrar o diciendo, simples ellos, que no existe porque no lo han encontrado. El periódico es un plebiscito que ahora se ha globalizado con Internet y donde hoy cabe, como hizo James Joyce, decir que en el fondo habitamos el universo.

Todo lo que nace de un plebiscito existe y es bueno además. Sólo hay que saber encontrarlo, porque está ahí siempre. Y todo lo que nace de la libertad es, llegado su momento, interesante y algo así como digno de estudio.

Y yo no soy de Herri Batasuna porque hasta ellos leían a escondidas y como de reojo a Umbral. Que lo sé yo. Y porque para pensar hace falta mucha tela, eso también. Y uno la anda buscando; ahora mismo. Se lo aseguro.

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AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

CARTAS DESDE MAHAGONNY

Ayer, una alumna italiana e inteligente, con aura de bibliotecaria incómoda y modales exquisitos, me disparó a bocajarro: “Pero la crisis ideológica de ahora… la nuestra… ¿cuándo empieza?”. Yo me quedé con cara de besugo y dándole vueltas a una respuesta que no terminaba de hilar. Le pedí más detalles y resultó que por “crisis ideológica” entendía una suerte de apocalipsis del que había escuchado hablar pero que sólo se había manifestado con total virulencia en la renuncia de Benedicto XVI. El Papa y su adiós funcionaban como un barómetro bien temperado de los movimientos sísmicos occidentales allí donde Bauman, Baudrillard & Asociados parecían haber fracasado. Es decir, en inquietar a personal.

Ayer Iban, en una columna que no termino de compartir del todo, hablaba del miedo del Papa o del miedo de la Iglesia, y yo, que ni soy especialmente católico pero tampoco ateo de postureo, no termino de verlo claro. Quizá hay que tener cuidado, porque el verdadero miedo, el miedo con mayúsculas, negrita y subrayado, lo habían tenido los sociólogos y los filósofos mucho antes. El problema, por supuesto, es que nadie les había hecho caso. Bauman me parece un ejemplo de manual. Hemos tenido que darle un Príncipe de Asturias para entender, de golpe y porrazo, que Bauman no es sino un fascista que se caga de miedo delante del espejo, pero maquillado bajo la categoría de lo líquido, categoría que –manda huevos deconstruídos- no encierra sino el pánico directo hacia el cambio y hacia la libertad del sujeto. Porque lo importante no es que el sistema económico sea líquido, o que el sistema de la transmisión de saber sea líquida, ni siquiera que los destinos sentimentales sean líquidos. Lo radicalmente importante, lo que nos salvará del apocalipsis, es que el sujeto pueda ser líquido de una puñetera vez en la vida. Es decir, que pueda ser máscara y carnaval, y celebración y fantoche, y simulacro y lo que le venga en gana. La autenticidad, esa lacra filosófica y académica, Dios nos libre.

Benedicto es más Afterpop que los progres que dominan las universidades desde su poltrona onanista y llena de costras. Es más valiente y tiene más furia, una suerte de Sigfrido católico que se ha conquistado a sí mismo tras matar al dragón, y reconozco que me provoca un excitante pálpito de admiración. Papa Punk, en el mejor sentido de la palabra, que afirma “retirarse del mundo”, esto es, hacer lo que le viene en gana y ser tan libre como los sujetos que le adoran o que no le adoran. Benedicto XVI se ha ganado mi admiración no tanto por discutir con las mejores mentes de su generación –que también-, sino sobre todo, por recordarnos que su Santa voluntad es, ante todo, voluntad de ser sujeto. Y olé.

Mi alumna italiana está confusa mirando el mapa Afterpop y líquido, acariciando los nombres de las calles y buscando, desesperada, una simple etiqueta con su nombre y las tres sencillas palabras que antes lo arreglaban todo: “USTED ESTA AQUÍ”.

Álex Rigola

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

Ayer por la tarde compré una de las últimas entradas disponibles para “Maridos y mujeres”, la adaptación que el dramaturgo Álex Rigola está proponiendo sobre el texto original de Woody Allen en el Teatro Abadía. Todavía quedan dos semanas para mi función, y ando entre tontiloco, inquieto y feliz como cuando esperábamos ver a la salida del metro a las primeras novias de la adolescencia. La sensación de la espera de la mujer y de aquel sexo torpe y casi fantaseado se ha desplazado hacia la representación escénica, hacia el acto de ser espectador. Lo que, dicho sea de paso, casi me tranquiliza un poco.
Comencé a seguir a Alex Rigola hace ya casi una década, cuando me topé por puro azar con su montaje de Santa Juana de los Mataderos. No he visto un mejor Brecht en la vida, un Brecht pop que hacía chocar a Black Eyed Peas con Dreyer, un Brecht de tiburones y bicicletas, de breakdance y aullidos. Álex Rigola es la prueba viva y con gafas de pasta de que la postmodernidad puede tener conciencia social y ser al mismo tiempo comprometida con el dolor de su tiempo, violenta, lúdica, y de una hermosura desarmante. Creo que aquel Brecht me empujó a hacer teatro, y recuerdo la sensación de salir de la sala bajo una lluvia primaveral y valenciana, dar vueltas por las calles agarrado al brazo de la mujer que más tarde sería mi mujer con la cabeza en otra parte, llegar al hostal pobre, hacer el amor y mientras ella dormía, quedarme con los ojos clavados en el techo pensando en aquella obra, en aquel gesto, con el Where is the love? atronando en mi cabeza. La culpa de que yo resucitara a esa mujer que dormía a mi lado en mis escritos bajo el nombre de Santa Juana de los Mataderos es de Alex Rigola, supongo que hoy puedo confesarlo. Uno siempre se imagina a la mujer amada al trasluz de la literatura, y aquel personaje femenino que moría de frío junto a los trenes era un poco como la niña madura a la que esperé en el altar.
Desde entonces, he visto casi todos los montajes de Rigola. Y absolutamente cada uno de sus textos me ha parecido emocionante, perfecto, en lo íntimo o en lo desmesurado. Su adaptación de Bolaño, su Hamlet sin palabras, el invierno de nuestro descontento, sus coleccionistas de vinilos, los perros de plástico, todo, todo, todo. Alex Rigola, dramaturgo y maestro, nunca me ha decepcionado. Y de qué pocos hombres, de qué pocos creadores se puede decir una cosa semejante.
Quedan apenas dos semanas para la próxima representación, la primera que contemplaré como un hombre casado con una mujer a la que convirtió en tinta con la excusa de una obra de teatro de Alex Rigola. Empecé a hacer teatro porque pensé que podía hacer bailar a Radiohead con Ingmar Bergman y lo dejé cuando las apuestas subieron demasiado y descubrí que prefería la Paz Perpetua Del Domicilio Conyugal (Marca Registrada). Nunca he presumido de ser especialmente valiente. Si acaso, de ser capaz de sobrevivir sin abusar de los antidepresivos cuando me ha tocado una mala mano. Lo que no quiere decir, por otro lado, que algunas noches me despierte en el dormitorio compartido empapado en sudor, pensando en aquella noche de primavera valenciana en la que una obra de Alex Rigola, irremediablemente, me cambió la vida.

El nuevoviejo pop de Foxygen

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

CARTAS DESDE MAHAGONNY

No estaba en las quinielas ni viene precedido por ninguna campaña de éxito arrollador, no lo patrocina ninguna marca de refrescos ni será fagocitado por las radiofórmulas de la cosa, pero el primer disco de Foxygen huele a éxito y a tendencia, y a esas cosas con las que hay que tener cuidado y mesura, so pena de acabar convertido en Apostol del Hype. Con un título bravucón y una portada a medio camino entre el constructivismo ruso y la metáfora masónica, We are the 21st century ambassadors of peace & magic es un disco que hace buena la máxima de Charles Peguy: “Hacer la revolución es volver a colocar en su lugar cosas muy antiguas, pero olvidadas”. No hay, en esencia, nada realmente nuevo ni innovador en la propuesta de Foxygen -¿por qué debería haberlo?- sino que cada corte parece pararse cómodamente en algún lugar del pop, una tumba más o menos reciente, para quitarle el polvo con elegancia y buen hacer. Así, por ejemplo, In the darkness suena como un descarte del Sgt. Peppers que hubiera estado coleccionando telarañas en esa trastienda interminablemente imaginada de los Estudios Apple. Del mismo modo podríamos detectar referencias más o menos explicitas a ciertos sonidos de la Velvet Underground, a ciertos gestos de showman directamente fotocopiados de Mick Jagger, guiños vocales a los penúltimos Franz Ferdinand, cabarets tardíos y tugurios de mala muerte iluminados por un irreverente espíritu teen. Foxygen son la enésima túrmix de la cultura popular que nos gustará precisamente por su facilidad de consumo, su espíritu pausado, su concepción descaradamente brumosa y su falta de grandes pretensiones.

En cierto sentido, la buena acogida que probablemente tendrá We are the 21th… entre la chavalada del indie español señala una suerte de afortunado cambio generacional que no hubiéramos podido predecir hace una década ni con la mejor de nuestras intenciones. Concretamente, el hecho de que Foxygen puedan situarse cómodamente en el imaginario pop al lado de otras propuestas como Vampire Weekend (que tienen su nuevo largo en el horno, según se rumorea) o los magníficos y energéticos Two Door Cinema Club habla de una reescritura de los paisajes pop realmente estimulante. Si tomamos, por ejemplo, el estribillo del tema San Francisco veremos cómo hay una suerte de hibridación dulcísima entre ciertos vicios naïf, un sonido perdido en un pliegue de la segunda mitad del siglo XX y la frágil impostura de lo ingenuo. Un oyente que puede apreciar –o simplemente, disfrutar- ese tipo de estructuras supone un reto para la presente industria de la música y la hegemonía del estiércol sonoro. No habrá un cambio de pensamiento, pero puede haber un cambio de paradigma musical –las distorsiones psicodélicas de Bowling Trophies algo de eso parecen sugerir- que nos pueda llevar a un territorio estético ignoto, postmoderno, fresco y contemporáneo.
Collage de ecos beats, circo y pandereta indie, Foxygen se ha marcado un discazo de pianos grabados con ecos y baterías discretas.

La primera vez que escuché su trabajo con cierta atención, en esa cabina de audición motorizada que conduzco de un lado a otro de la geografía española, me quedé deslumbrado con el final de Oh, no y pensé: “Por favor, que culminen aquí el disco, que sean inteligentes y coherentes y no quieran estirar el chicle”. Y precisamente, en un triunfo total del buen gusto, los últimos acordes se apagan y lo que queda es, quizá lo más hermoso, el recuerdo del buen pop.

Pistoleros, adolescentes tristes y callejones sin salida

“En el fondo, la política me importa una mierda”, me dijo el tipo acabado al filo de la tercera copa de la noche. “Quiero decir… claro que me preocupa, pero ahora hay otras cosas… todos tenemos otras cosas… la muy imbécil me escribió un mensaje a las tres de la mañana diciendo que no podía dormir por lo de Rajoy, y me despertó, y yo me levanté, me topé un par de ansiolíticos y me quedé mirando al espejo pensando joder Raúl cómo has podido ser tan idiota…”

Raúl era el apóstol, el Agnus Dei del español honesto que sabe que la armonía de corazón, entrepierna y antidepresivo es la verdadera trinidad ante la que nos arrodillamos en lo íntimo y en lo verdadero. Raúl, en el filo de la tercera copa de la noche haciendo la única ars politica que nos permitimos los hombres, los verdaderos hombres, cuando no tenemos que fingirnos emocionalmente comprometidos con los dogmas del feminismo aplicado y la emancipación del colectivo de turno. Hablar de la mujer, hablar una y otra y otra vez de la mujer hasta dejarnos los labios, porque todas las mujeres son la misma mujer con el mismo alma –lo decía Unamuno por algún lado, creo recordar- lo que quiere decir con brújula lacaniana que el deseo por la mujer es siempre el mismo, mismo fantasma, misma fórmula del fantasma, y a todo esto habría que sumarle que yo en la tercera copa siempre acabo citando a Lacan y después, un poco después, regreso a casa dando bandazos y me desplomo en una cama sucia y clavo las uñas en las esquinas del colchón que tengo hipotecadas a tu nombre.

El español, que ya se sabe robado, toreado y crucificado de antemano como un Cristo cañí con los dientes rotos chapoteando en el arcén del neocapitalismo bajo la lluvia. El español, que como yo mismo, sólo sueña con la revolución triste pero honesta del polvo con la mujer siempre cambiante del deseo y máscara lacaniano, y en la confesión profunda, no sólo el polvo sino también el gesto y la pregunta y la historia y el acto mismo de escuchar una voz.

Ando –deberías perdonarme quizá- desenganchándome del psicoanálisis, y el síndrome de abstinencia es lo que tiene. Que me da por pensar en todos esos cuerpos ansiosos de deseo que se masturban silenciosamente entre lágrimas pensando en pistoleros, adolescentes tristes y callejones sin salida. Mis hermanos. Mis cómplices. Mis trajes arrugados en el armario. Mis tardes grisáceas manifestándome en el centro de las ciudades, mis noches mohosas parapetado en moteles de mala muerte comiendo comida basura en calzoncillos esperando el momento de la actuación en el congreso académico de turno pensando cómo sería que la mujer de turno –cualquier mujer, en realidad- entrara en mi cubículo de pobreza y sabiduría de profesor de tercera con el pelo rojo como Natalie Portman en la primera escena de Closer y dijera qué se yo. Cualquier cosa. Pero la pobreza del profesor ayudante del ayudante que no tiene plaza ni la espera es la pobreza del acostarse pronto mirando al techo, la tristeza de Raúl en el mismo bar al filo de la tercera copa diciéndome, ya está bien, que no podremos impedir jamás que nos roben, que nos jodan la vida, que nos hagan trabajar más horas.

Lo que nunca nos robarán, lo que no pueden robarnos, es el sueño lujurioso con la mujer deseada. Y yo confieso, ante los mártires, ante los santos, y ante vosotros hermanos que he pecado mucho de obra, palabra, pensamiento y omisión. Pero, como ya te he dicho, ando quitándome del psicoanálisis y de la política y, simplemente, tengo la intuición de que al español cada vez le quedan menos cosas a las que aferrarse.

Matemática del cuerpo

CARTAS DESDE MAHAGONNY

AARÓN RODRÍGUEZ SERRANO

                Todo era la sensación matemática del cuerpo –el cuerpo es algo apasionantemente destructivo, químico, sobre todo el tuyo, sobre todo la primavera pasada, sobre todo ahora que al caer la noche tengo extrañas fantasías de un erotismo barroco y salvífico con otras mujeres a las que les convalido créditos como el tipo acabado mete dólares en el escote de su stripper favorita-, la sensación misma del au revoir definitivo y llegar a casa con el corazón en guardia y la mala leche de saberte extrañamente feliz, o moderadamente feliz, porque yo hubiera querido –como todos- que no hubieras podido escapar de la precisa y preciosa telaraña de mentiras que ordené con extremo cuidado en la trastienda de la palabra, telaraña matemática que nunca entendiste porque pensabas que la vida era vida y no literatura, y en la literatura hubiéramos podido prenderle fuego a las tardes por debajo de las costuras de la intimidad, pero en la vida tú me querías de presentación oficial y tarde de domingo, novio extranjero de sí mismo y hombre para pasear por saraos, acontecimientos, y finalmente, la prueba de fuego de la mesa familiar, y así recuerdo por ejemplo que en la primera cita me disparaste a bocajarro Yo no podría presentarte a mis padres y la frase se quedó flotando entre los dos en un rincón de la tetería oscura en la que sonaba de fondo una canción de Sylvie Vartan, y entonces sentí miedo de que todas las mujeres al final quisieran presentarme a sus padres, todas las mujeres que me querían pasear por saraos, acontecimientos, y finalmente, la prueba de fuego de la mesa familiar, y puedes llamarlo Síndrome de Peter Pan o puedes llamarlo instinto de supervivencia, o puedes llamarlo, como hizo Sarah Kane antes de colgarse de desesperación pura, proteger mi espacio psicológico, puedes llamarlo sigues siendo un puto crío o puedes llamarlo nadie me ha defraudado tanto en la vida, pero justo hoy he salido a fumar un cigarrillo al callejón de detrás de detrás del basurero y he pensado que todo era la sensación matemática del cuerpo, y he pensado en el número exacto de segundos que estuvimos abrazados y luego he pensado en esa escena de Edipo Re de Pasolini en la que una hermosísima mujer se muestra desnuda en el final de un laberinto, esto es, en la sensación matemática del cuerpo –Sófocles sabía que el cuerpo era una matemática mítica, esto es, el número preciso, exacto, medible de segundos que estuvimos abrazados antes de que yo escapara a toda velocidad para arrancarme los ojos, arrancarme los ojos, arrancarme los ojos-, y luego he terminado el cigarrillo y he mirado las pequeñas letras impresas en la boquilla Marlboro Gold, y he pensado que tenía que entregar un proyecto importante antes del jueves, y

deespués

no he pensado gran cosa en ti.