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Etiqueta: Literatura

El gótico a plena luz del día

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Ha muerto, esta medianoche gótica, Leopoldo María Panero. No tenía amigos, muy pocos. Es difícil tenerlos cuando conviertes en cura a todo aquél con el que hablas. Tal era la libertad de Leopoldo, quien creía en la verdad y en el Apocalipsis, decía.

Yo le conocí. Era un niño. Fué un niño toda su vida. Le bajaba del manicomio de Mondragón al pueblo mientras él iba soltando poemas improvisados y saludaba a los otros locos por la ventanilla; a una tal “Oca” que creía ser un pájaro, lo que a Leopoldo le gustaba mucho.

Era un niño que decía la verdad. Un niño que se sentaba cabizbajo, hecho polvo, en el banco del “acabamiento” de la Herriko taberna, finiquitado, acabado como están acabados todos los niños.

Un niño que iba del bar de la ETA al bar de la Falange de Mondragón, que escribía en el Egin y en el Abc. Nadie me ha generado tanta ternura. La suya era una literatura gótica donde lo horrible era la psicología humana. Una literatura gótica que era tal y como hacía él las cosas, sin ocultarse, a plena luz del día. El horror estaba ahí para que todos lo viéramos, si queríamos. Estaba relacionado con la psicología lacaniana.

Despotricaba de curas y de políticos. Decía la verdad. Comía con las manos, que me parecía que comer con cubiertos es un detalle que le brindamos a nuestras madres y él ya no tenía madre. Me dijo que era homosexual, pero eso yo no lo veía claro. Luego se desdijo, más tarde. Ahora él ya no es nada.

Todos los que estaban en contacto con él parecían curas por comparación. Espero no parecerlo yo ahora. Ahora ya nadie dirá la verdad en España. Nadie, literalmente nadie, al que nosotros conozcamos. Ya no habrá un solo poeta. Sólo quedarán cuatro columnistas, con sus mentiras de columnista. Se acabó esa extraña sensación en el corazón de contemplar el gótico a plena luz del día.

Buenos lectores

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Primero fue el enigma, el enorme, el colosal misterio de Muñoz Molina “y compañía”. Un enigma que me azuzaba: el de la esfinge que no dice nada. El de la crueldad continuamente proyectada por una completa y patológica falta de crueldad junto como una gran desvergüenza pública junto con la ambigüedad de ideas de segunda mano que otros habrían –seguro- dicho ya antes y mejor…

¿Quiénes eran? ¿Por qué se empeñaban en tener lo que nadie, ni siquiera un loco, pensaba que merecían? Luego vinieron algunas afirmaciones, o ciertas “declaraciones”.

Unas, de A. Grandes, hablándoles a los sindicatos, diciendo que en España los políticos siempre habían estado moralmente por debajo de los españoles. Que era una frase de Cela. Lo decía, eso sí, sin sacar ninguna consecuencia política. Delante de los sindicatos.

Luego vinieron –algo hay que decir- otras, éstas de Muñoz Molina, sobre que el español se está convirtiendo en un dialecto del inglés. Que era otra preocupación de Cela. Por supuesto sin sacar ninguna consecuencia, ni literaria ni lingüística (Cela ofrecía sustituir unas palabras por otras, reforzar, por ejemplo, el “vale” frente a el “okey”, etc.).

Eso hizo que saltaran las alarmas, que siempre les bastan a las mentes dos ejemplos. Luego, ya, me di cuenta. Era evidente. 

Éstos dos le reprendían a Cela, pero con su mismo tono, con su misma voz. ¡Ay! “Deberían tener más cuidado en estos trances”, que diría el gallego y estaban a punto de decirnos ellos a nosotros. Es la locura.

Siempre las mismas expresiones, que eran las de Cela. Siempre el mismo español, que resulta que el castellano es propiedad del último que lo trató bien, que es Camilo José Cela y eso no hay cristiano que lo pueda negar, eso no se lo salta un gitano.

Y un día de éstos, éstos van a presentar a la Academia un discurso de entrada dedicado a la obra literaria de José Gutiérrez Solana. ¿Lo habrán hecho ya?

Entonces me di cuenta: Han elegido a Cela para meterse con Cela. Están atrapados, perdidos. Y la crueldad de la situación, ¡lástima!, asoma por todas partes. Son como esa señora que denunció a Cela de plagio y la que se parecía al estilo previo de Cela era ella. Hay que tener más cuidado.

¡Ay!, lo único que son es buenos lectores. Ése es su único mérito. Si no hubieran hecho lo que han hecho, les diría: “Pobres gentes…. Eso sí, son ustedes muy buenos lectores…”

La commedia

 LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

La commedia dell´arte es “la progre” de todas las disciplinas literarias. Y es “la progre” porque los que dicen amarla, la destruyen. Los progres destruyen las cosas humildes y geniales a golpe de homenaje.

Y uno ya está harto del penúltimo homenaje a la commedia. El de Goldoni, el de Darío Fo... cuando la mejor commedia dell´arte es la de Lope y para de contar.

Seamos serios. La commedia dell´arte es pura genialidad popular y napolitana, la commedia son sus personajes y máscaras, arlecchino y pulcinella. La commedia es la creación de algún buffon genial napolitano -como los retratados por Thomas Mann en “Muerte en Venecia” que dejaron el elitismo de las creaciones para otro momento, que cuando hay genialidad popular -en Nápoles como en Andalucía- queda en suspenso la norma que dice que la cultura es cosa de élites.

La commedia dell´arte es una pura bufonada. Y ni Darío Fo le hace justicia, que al salvajismo de los bufones medievales sólo se les hace justicia haciendo el animal tú también y dejando los homenajes para nunca.

La mejor commedia, la de Lopillo. Que sabía lo que se hacía. “La dama boba” no es commedia, pero se le parece y surge de ella, como toda comedia y cumple con la regla de que el Imperio es quien mejor hace las cosas, sobre todo las clásicas, las anteriores.

La commedia es, como dijo Thomas Mann, un bufón salvaje que cree que no hay nada más absurdo y ridículo y reprimido que el señor. Dejémonos de homenajes y plagios. Ese bufón no se calla por que le pasen dos monedas falsas, el halago y el éxito. Dejémonos pues de homenajes a los bufones que no volverán. No podemos matar siempre aquello que amamos.

Muñoz Molina

Madrid. 05-06-2013 --- El escritor Antonio Muñoz Molina, ganado

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Le han dado el premio príncipe de Asturias a la esfinge muda. Ahora sí que ese premio se ha cubierto del vil material, de la gloria de la que decía Camilo José Cela que se había cubierto allá por los, éstos sí, gloriosos años noventa del gallego.

A alguien con semejante inseguridad ontológica todo premio y toda ropa le queda grande. Miren si no su chaqueta. Y eso, lo de el premio y lo que digo de la ropa, es lo de menos que le pasa a Antonio Muñoz Molina.

Cela le llamaba “el doncel tontuelo”. M. M., por no saber, no sabe ni quién es. Y Cela sí lo sabía. Con eso, por de pronto, basta. Luego ya discutiremos de otras cuestiones, de las que, por cierto, Cela no tiene -manque le joda a él mismo- muchas de las que arrepentirse en esta vida o dar cuenta en la otra.

Al “doncel tontuelo” le dio por decir que el gallego despreciaba “todo lo nuevo” (es decir, a él). Pero la cosa no es esa. La cuestión es que una vez leído Cela no queda andando por el mundo nada nuevo. Ése es el asunto, éste es el punto, querido M. Y que, a la vez, todo lo que dices tú suena a viejo. Nace muerto, tan muerta está esa esfinge dubitativa que se me había olvidado el nombre de M M y no pasa nada. M. M. parece un finado.

Este ejemplo de intelectual hispano, como no escribe, se ha puesto la toga de moralista. Dice que ejerce “su responsabilidad de ciudadano”. Ciudadanos no somos. Y asunto ventilado. Y de serlo, por lo visto a él habría que caparlo civilmente por el bien del procomún.

M2, como le llamaba Cela, que Cela a estos especímenes ni carne ni pescado, ni chicha ni limoná, ni una cosa ni la otra, ni les nombraba, se cree un referente moral. Referente moral puede ser también mi portera y esto lo digo muy en serio. Pero ser referente ético o literario es cosa bien distinta.

Y así M2 va, se planta y “exige”. Y “exige” porque no sabe que “exigir” es tener la capacidad de exigir. Y exige, cómo no, que se acabe la corrupción. Se adivina que M. M. debe ser un referente moral porque no sabe ni lo que significa “exigir” ni que la corrupción es una forma de gobierno –bastante mejor que la honradez, por cierto, dado un estado de corrupción, por eso se adopta. Así que si M. M. pide que pare, yo pido que siga.

M. M. va y hace como que no sabe nada. Y es que no sabe nada. En su lugar escribe el procesador de textos. En la foto se ve que no sabe ni dónde sentarse. No sabe ni quién es él. No sabe ni dónde se sienta. Es la esfinge sin secretos. Que le den de sillón de la tecla de espacio.

Leopoldo María Panero

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

Rubalcaba dice que el PP lleva funcionando en B “muchos años”. Rajoy, que el Psoe lo hace en Andalucía y que hay sindicalistas que han robado miles de millones. Sindicalistas exentos de trabajar, que amenazan a la juez y que salen del juzgado gritando “¡libertad!” por gritar algo.

Política corrupta de estos años, política comprada desde el principio. Política corrupta desde la Transición, cuando los Panero decían desde Madrid que algunos “ya habían pasado”. Pero España y sus instituciones siguen sin valorar a Leopoldo María Panero.

Pero al final, con el pasar del tiempo, la única ética que queda es la ética del mal. Poe. Maupassant. Nietzsche. Y el poeta con la ética del mal de esta “democracia participativa” es Panero. Y con una ética de la cárcel como la que aprendemos en los documentales del National Geographic.

Hace poco le acusaba en una página web un canario sentimentaloide de no saber comportarse. Había orinado en la calle. Pero no es que Panero sí sepa comportarse, es que es el único que sabe.

La ética, con el andar del tiempo y de la historia, vas viendo que es toda ella ética del mal, la ética de la cárcel, la ética de Bárcenas, la ética de los grupos criminales, la ética del partido socialista. (Panero llamaba a los presos “las monjas que no lloran”. Y ninguno de ellos llora precisamente desde los titulares del periódico.)

El joven canario se escandalizaba porque alguien, Panero, orinara en la calle. De todo hay a esas edades. La crisis de los cuarenta es ante todo una crisis de moralidad. Una crisis que pide reconocimiento. Como sea. Es el último giro de timón que expulsa la poca moralidad que quedaba del barco de la juventud. Y ya luego el barco queda solo. Como el Arthur Gordon Pym.

“Te mataré mañana cuando la luna salga, te mataré mañana poco antes del alba, cuando el primer somormujo me diga su palabra, escribe Panero. Y se ve que Panero no desentona en absoluto con la ética media del español y sus asesinadas. Sin embargo, asombrosamente, el español le da la espalda porque se mira en un espejo iluso, que decía su padre, que era igual que el hijo. (En las casas, como la de Panero, la inmoralidad se aprende más rápido que la virtud.)

Lo que ocurre es que los españoles, como ese canario, no tienen la madurez para darse cuenta de algo que Panero ha dicho desde los diecinueve años y algo que decía Nietzsche. Y es que la ética que funciona no es ética, es otra cosa. Y eso es algo que se ve con el tiempo.

Por eso pido yo reconocimiento para Panero. Es mi último signo de moralidad.

Pérez-Reverte

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Últimamente he estado pensando acerca de qué es lo que hay con lo de Pérez-Reverte y sus “artículos cachondos” acerca de la historia de España (Historia de España IX, Historia de España X, etc, etc.) en el dominical del Grupo Correo. Qué es lo que le pasa para que diga cosas como que los reyes medievales “españoles” se llamaban “primos”, “como los gitanos”.

En puridad, el pesimismo español de Reverte sólo se justifica en el siglo XIX, un siglo auténticamente desesperante de la historia española, y ni siquiera. O en el XX.

En nuestra opinión, lo que está haciendo Pérez- Reverte en “El Dominical”, es utilizar el tono de Cela al describir la posguerra española y teñir luego toda la Historia de España con mayúsculas de ese mismo color, el negro.

En parte es algo disculpable: Teñir todo del mismo color es lo que hacen los escritores, lo que hacen los artistas siempre, pues las obras de arte y no sólo, La Obra Completa de un artista, está siempre teñida de un solo color. Por eso es arte y por eso el arte hace tan mala Historia.

Se diría que Reverte carece de ideas interesantes y originales, como que lo peor y más significativo de la última historia de España es el fracaso que supuso intentar entender lo que se esperaba de nosotros en el siglo XIX (que no en vano es el siglo de la economía), pero que lo que tiene es muy fresco a Cela. Reverte lo que hace es coger y exportar lo peor de la posguerra hasta los Reyes Católicos y, lo que es más grave, al Imperio, cuando España era “la más feliz de las naciones”. Y la cosa, claro, chirría por todas partes.

Por supuesto, no se puede utilizar a Cela así. Primero, porque Cela, aunque leía historia y era muy amigo de Américo Castro, no era un historiador. Y, lo que es más importante, porque Cela describe, por así decir, los piojos de la tropa republicana y de la tropa fascista, que, como decía él, eran los mismos, en una ominosa guerra civil, el punto más bajo de España y origen del -además injustificado- cachondeo muy posterior con la historia de España.

A Reverte se le aplica demasiado bien lo que se dijo aquí sobre el cachondeo. Que el cachondeo es, muy probablemente, lo más salvaje y canalla que tenemos. Y que además nace de algo tan terrible como una guerra civil. La “Historia cachonda” de Reverte no es cachonda. Es de un salvajismo medido, es ordinaria y es toreo de salón. Y no tiene ninguna gracia.

Stephen King

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Me hace gracia leer de vez en cuando un cuento de Stephen King para ver cómo reacciona el americano medio al Big Government, a la Big Science (que viene de los cuarenta) y al al Big Todo, cómo encaja -o, mejor dicho, no encaja- en todo ello.

Un francés, como Tati, reaccionaría según la escala, defendiendo una escala menor, más “humana”, pero el americano medio reacciona según la libertad, según la famosa lógica de la libertad de Popper.

King es, en nuestra opinión, un americano de los de verdad, de los de pueblo y no un urbanita ridículo de Nueva York que escucha a los Manhattan Transfer, que serán muy buenos, pero eso marca, y va a ver películas de Woody Allen. King no participa de eso tan ridículo que siempre repite el ridículo Paul Auster de que Nueva York, una especie de república de intelectuales, de las letras, debería separarse de Estados Unidos, cuando la esencia de Estados Unidos, como la de Francia, como la de todas las naciones, está en el pueblo, en los numerosos pueblos, en la provincia. En la Mancha o en Reims como en Ohio. A mí que me dejen el pueblo que la capital es como Madrid o París y ésas ya me las conozco. Por comparación son todas iguales.

Uno disfruta, decía, viendo cómo reaccionan y colaboran libremente entre ellos los personajes de los pueblos de King: Todos los que pertenecen a organizaciones únicas, al gobierno o a sus programas militares de la Big Science, o a la Iglesia católica, son prescindibles pues impiden el sacramento americano, que es la libre elección, y se debe desconfiar de ellos. Los amateur y los que van por su cuenta son los héroes de América. Y ahí es cuando King repasa -pasa lista- a todos los cerebros o fuerzas vivas del pueblo americano.

King muestra una ruptura, una fisura y yo creo que es el Big Gobernment. Los americanos nunca han soportado a Keynes. Lo raro es que, con un paro del veinticinco por ciento y con estado del cincuenta y llenos de deudas, lo estemos soportando nosotros.

Nos vamos de librerías

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN 

El suplemento cultural de El País -ya decía Cela, ese profeta íbero, que él creía que no era bueno que la literatura se refugiara en las páginas de los periódicos- el suplemento cultural, decía, ya no reseña libros. Pero los vende. Y por eso ha cogido y ha arrejuntado a cinco (son cinco como los dedos de la mano o como los productos que salen a la venta porque la peña con el Alzheimer ya no recuerda más o como Los cinco de Alfred Hitchcock, esas novelitas de pandillas que leía yo de pequeño) para que hablen no de libros sino ahora de librerías, de las librerías en las que no se venden los libros sino ya sólo la propia librería. Librerías-restaurante, librerías-cafetería, librerías-café cantante. Pero yo creo que ya no quedan librerías-librerías. De ésas sólo hay ya en Londres.

Por algo odiaba yo el diseño de las estanterías, cualquiera, el que fuera, que ya me parecía a mí que las estanterías de las bibliotecas tenían algo de pecaminoso y eso que tienen de pecaminoso es que parecen estantes. Los libros están a la venta en estantes, a ver si los coge alguien, durante toda su vida. (Los libros que se queman son los únicos que no salen a la venta ni te guiñan el ojo como putas desde las estanterías.)

Bueno, pues El ex-Cultural entrevista a unos cinco, pero me he podido dejar alguno porque todos son intercambiables.

Los 5 que hablan de las librerías en El Cultural -como quien habla del grano, de la pera o del chorizo-  son de esa gente que pone la profesión detrás del nombre y entre dos paréntesis, como si se presentara siempre con una tarjeta de visita oral o como si les presentara un chambelán que curiosamente se ha ido a la hora del bocata y se tienen que presentar ellos solos en esta Versalles continua, eterna, que es esta hoguera de las vanidades de la literatura en donde mejor es no meter abogados ni quemarse porque si lo haces te quedas solo.

Éstos que opinan sobre las librerías son de esos pesados que te dan la tarjeta de visita sin pedirla. Llevan la tarjeta de visita en los labios. Comparen con Panero, que escribía “Todo mi nombre está en los labios de quien lo dice”. Pero ya iremos a donde merodea esa bestia que es Panero más tarde.

Ahora basta decir que esa forma de presentarse o de presentarlos El cultureta te hace dar las gracias porque los dos paréntesis -“Fulanita (puta)”- son como los guantes profilácticos de la lectura (como también las comillas) y te permiten ver el negocio de “estos sujetos” sin tocarlo mediante la lectura. Está bien pensada esta manera de presentarlos. No tocas su profesión o negocio con los ojos. Te paras en los paréntesis. Además, la profesión de todos ellos es algo así como “sus labores”: inconfesable. (Uno del que me acuerdo es cantante de Lesbian love o de Love of lesbian, da lo mismo.)

Esto que hace El ex-cultural es como coger a un maldito como Panero y preguntarle por la editorial. ¿Cuál es su editorial preferida, señor Panero? Y esto es lo que quería decir de Panero.

Cela diría que qué importa su librería preferida y que si un librero se le resiste “le meto una hostia y lo visto de revisor”, como dijo cuando le preguntaron qué haría si se le resistía un personaje. Y yo opino que lo mejor que se puede hacer el día del libro -que en realidad es el de los libreros- es salir a comprarse algo así como espuma y una cuchilla de afeitar.

Bueno, pues “Los cinco” de El cultural hablan de sus librerías preferidas: Quim Gutiérrez (actor) confiesa que “goglea librerías de diseño”. Santi Balmes es cantante de Love of lesbian y yo ya no me fijo en más. Kirmen Uribe, desde Bilbao, se declara fan de Cámara, que allí todo el mundo sabe que es una librería homosexual. Isabel Muñoz (fotógrafa) nos dice “dónde compra”, como si fuera al Carrefour. Guillermo Galván (de Vetusta Morla) (¿?!) cita, ya puestos, el cachondo de él, a un bar “mítico” (¡!) de Lavapiés. ¡Bien hecho! Por lo menos ésos sirven cervezas frías. Y los amigos de El cultureta pasan gratis.

Leopoldo María Panero

LA MENTE HIPSTER

IBAN SILVÁN

Ayer cité a Leopoldo, ya, casi desde siempre, con su nombre maldito, de tela, de salón del dieciocho, Leopoldo; cité su genialidad que decía que el obrero español es un payaso alfredolandista, nada más que un ejemplo de su control casi total de la cultura popular, que no en vano se te ponía a cantar canciones de Bonnie M a la primera de cambio, en el manicomio de Mondragón. Con él, el manicomio de Mondragón era el punto más importante de la geografía vasca, una geografía que, de suyo, no discrimina nada; los vascos somos todos iguales, entre otros, a nosotros mismos.

Creo que fue en la Fundación Gustavo Bueno cuando me preguntaron por la poesía, que allí cometen el horrible error del esencialismo y van con todo, tienen obsesión por atacar como sea, a la española (el español es un nuevo rico de la racionalidad y se desboca de tanto no ejercerla, de sustituirla por la parroquia y, sobre todo, los parroquianos, que nunca le dejan en paz), con datos recogidos hasta de las papeleras, mientras que yo opino que cuando no se puede no se puede, uno ha estudiado demasiado, se va de vacaciones de verano y ya está. Para eso están las vacaciones. Ya volveremos, cargando a las espaldas con un buen viaje clásico, un poco más listos que el junio anterior. (Las vacaciones están para hacer viajes clásicos, sobre todo al principio, para, luego, en la vejez, terminar con los modernos.)

Bueno, pues los de la Fundación Bueno pretendían no irse de vacaciones nunca (dependiendo cómo entendamos vacaciones yo tampoco me voy de vacaciones nunca, en el verano estoy aún más reconcentrado, barroco y competitivo, mayormente porque estoy descansado y libre) y me preguntaron por la esencia de la poesía. Hasta eso te preguntan por la calle. “Un error que esconde una verdad de intención”, y, por tanto, “la demostración de la pureza de la experiencia”, les dije, no muy convencido de darles estas armas, estas definiciones, que para mí -además- las palabras toman sentido en la frase (y la frase en el texto), nunca por sí solas.

Y esta definición de poesía que les di estaba tomada de Leopoldo María Panero, pero ya la había dicho alguien antes. No les convenció, a ninguno, claro, que allí van todos juntos. Que los han definido esencialmente y a esa definición tienen que atenerse. No hay ni una contradicción lógica entre ellos. Es entre ellos y el mundo donde hay contradicciones a mansalva.

Si tuviera que definir esencialmente a Leopoldo, lo definiría poéticamente, con lo cual ya no sería una definición, sino una historia. Yo diría que Leopoldo es un error, un error de cálculo. Es como equivocarse al doblar sábanas. Son tan blancas que llega un momento en que no sabes si las has doblado o no. Ese craso error es Leopoldo. Sin embargo, la mujer puta con las que las has doblado, sí, siempre lleva bien la cuenta de ese doblar luminosidades. A pesar de tener ella las manos blancas y tú negras y oscuras. Y la mujer te deja con ese error matemático, solo y con la intimidad que te dan todos los errores matemáticos.

Leopoldo es esa situación en que no sabes ni contar por la bondad de haber mirado las sábanas limpias, la sensación de ese error garrafal que sienten todos los niños (sólo si son de los que se ponen a ayudar; los malos pasan con otro tipo de ceguera nada visual por el mundo). Porque la luz te extravía, la luz del amor (Pan-ero, dice él, es el que lo ama todo), la luz del mundo, también la tenue luz de la vida, que se ve sólo cuando nace, y luego desaparece.

Es no saber ni contar, no saber nada. Yo digo que Panero no sabe llevar la cuenta de este doblar de sábanas que debe ser el tiempo ni aún teniendo sus manos, como hojas, oscuras. Y alguien más frío que él sí lo sabe. Ellas lo recuerdan, como recuerdan todo, todo lo que te han hecho y tú has olvidado. Y encima tú te quedas con el pecho lleno de su mala conciencia y de matemáticas.

Yo me di cuenta de todo esto trabajando en una lavandería. ¿En cuál? Da lo mismo. Los que somos como yo siempre hemos trabajado en una lavandería.

Chéjov y Carver

MENTE ESPONTÁNEA

IBAN SILVÁN

Chéjov -quizá se debería pronunciar Chiéjov- no es, en mi opinión, el mejor contador de cuentos cortos. El mejor es Raymond Carver. ¿Y por qué? De eso va esta entrada.

Esther Vilar -la famosa antifeminista- salió una vez en televisión diciendo que Chéjov -o Chiéjof- era superior porque perdonaba. Pero resulta que Esther Vilar es médico psiquiatra y que, como todos los psiquiatras, está harta de sus pacientes. Y Chéjov perdona, pero para perdonar hay que estar por encima. Su perspectiva es la del médico. Los desgraciados llegan a su consulta rusa, él los diagnostica y los despacha. Una vez diagnosticados -todos los médicos tienen la necesidad de parecer superiores- el paciente es dejado solo y que haga lo que quiera, la revolución rusa. Y todos están enfermos de algo. Hasta los héroes tienen cierta hipocóndria o nostalgia enfermiza.

La perspectiva de Carver, en cambio, es la del enfermo. Carver, como narrador, parece ser más enfermo que todos los protagonistas de sus cuentos. Y eso es mucho más real. Pues los psiquiatras tienen razón -razón a nuestra manera, no a la suya- en lo de que todos estamos enfermos de algo.

El narrador de los cuentos de Carver es frío y ausente. Hace frecuentes listas, enumeraciones. Por ejemplo, de las cosas que se han podrido en una nevera a la que se le ha ido a luz y, otra, de las que aún se pueden aprovechar. Pero uno no ve a Dios o a ningún narrador omnisciente haciendo una lista de cosas podridas, una a una, y describiéndolas y describiendo cómo habían dejado la nevera. Luego eso debe ser el propio Carver, el alma del propio Carver.

Otra cosa es Bukowski, que es un autor-protagonista. Todos sabemos que el bebedor, el boxeador, el niño escondido debajo de la cama, es él mismo. Y así se les puede poner en un continuo: Carver es un narrador hecho personaje, Chéjov es un narrador-narrador, omnisciente y neutro, “normal”, y Bukowski es un personaje que es o será narrador.

Carver tiene empatía; Chéjov, no, carece de empatía. Carver siente pena por el ciego (Estados Unidos, América) que no conoce una catedral (Europa) porque nunca ha visto una. Chéjov hubiera diagnosticado sólo el origen de la ceguera y se hubiera quedado ahí. Carver, además, siente la ceguera del pretendiente ignorante de su novia, aún cuando preferiría que siguiera ciego para que no le quitara a la chica.

Carver se reconoce como uno de sus personajes, su narrador omnisciente, baja al suelo y se reconoce sólo, cercano al suicidio, necesitado de ayudar a los demás en la América de Reagan. Por eso coge el rastrillo y le quita las hojas al vecino.